‘La cultura del volcán’, de castigo divino a oportunidad
Cultura popular y patrimonio / Cuentos de andar por Timanfaya

«Cómo Timanfaya cambió la historia de Lanzarote», subtitula José de León el libro en el que aborda el patrimonio histórico de lo que en la actualidad es el Parque Nacional de Timanfaya. Con una amplia documentación estudiada, los testimonios orales tras muchas entrevistas ponen en contexto la cultura del volcán. [En PELLAGOFIO nº141 (2ª época, junio 2025)].

| ■ Higueras del volcán junto al Islotito de los Pérez La viticultora Lourdes Viera mira una higuera que asoma sobre el malpaís y, detrás, su pasero, al soco de una pared de piedra seca ● |

| ■ La Lanzarote que fue, cubierta de vegas cerealeras «Hay que imaginarse aquella Lanzarote llena de trigales donde hoy sólo hay lava», dice José de León en Pellagofio nº135 a propósito del libro ● |
Por YURI MILLARES
En el libro que tiene a José de León Hernández de gira por las Islas en los últimos meses (La cultura del volcán, 2024) encontramos un detallado y documentado relato de «la cultura que se llevó el volcán» y «la cultura que creó el volcán». De hecho, esas son las dos partes en que se divide el libro. En cuanto al volcán, con ese vocablo definen en Lanzarote al sobrecogedor paisaje creado por las erupciones volcánicas de 1730-1736 (con el Timanfaya como nombre de referencia) y el añadido menos conocido de 1824 (¿les suena Tinguatón?).
El libro incluye una apartado de «Leyendas y cuentos», el testimonio oral que reconstruye los recuerdos transmitidos a sus descendientes por quienes lo vivieron. «Convivir con un fenómeno tan impresionante como las erupciones volcánicas no sólo tuvo que provocar un enorme impacto psicológico en la población, sino que esta almacenó en su memoria muchos hechos sorprendentes, trágicos e incluso anecdóticos que, en forma de cuentos, leyendas, romances, cantos o plegarias, rememoraban momentos de aquellos interminables años de fuego, cenizas y ruidos infernales», escribe.
«Mi padre decía que todo eso fue castigo de Dios, no era más que comer y pasar fiestas, y divertirse»TERESA, INFORMANTE
Por supuesto, lo primero que transmitieron quienes se comunicaban desde los púlpitos a sus fieles era que aquello era un castigo divino. «Mi padre decía que todo eso fue castigo de Dios (…) [porque] de todas clases de ganados se criaban ahí y no era más que comer y pasar fiestas, y divertirse y comer y beber y pasarla bien y eso fue cuando le vino el castigo del volcán», le contaba Teresa a De León, una informante con 82 años en 2009.
Pueblos enteros sepultados
Con el miedo en el cuerpo y aun viendo desaparecer pueblos enteros sepultados bajo las cenizas y la lava, como Santa Catalina o San Juan —los del primero se fueron a Los Valles y los otros a Soo— todavía hubo quien no paró de bailar. En palabras de Tito, vecino de Tajaste: «Me decían cómo la gente no podía dormir por las noches, por el resplandor del fuego, las cenizas y los estruendos y hacían bailes por la noche bajo ese resplandor».
«La gente ponía a la virgen delante del volcán, para ver si lo paraba»MANUEL, INFORMANTE
Los animales, eso sí, estaban más asustados si cabe. «Los camellos, ahí por las Quemadas, salieron todos corriendo y llegaron a la mar, corriendo del volcán», le contó Agapito. Pero aquello no había quién lo parara, claro. Aunque hubo quiénes lo intentaron. «…Se sentía el estruenamiento cuando caía la lava al mar (…). La gente ponía a la virgen delante del volcán, para ver si lo paraba», recogió el testimonio de Manuel en 1986.
«La vida en una higuera», subraya De León un párrafo en el que señala cómo —en los malpaíses de aquella lava incandescente que se convirtió en un mar petrificado—, donde parecía que no había vida, ésta surgía en forma de higueras plantadas en sorprendentes y profundas oquedades (los chabocos) de donde asomaban, frondosas, sus ramas más altas. Hasta allí ha ido el conejero en busca de la fruta generación tras generación, como Inés. «Aquí en la higuera, cuando nos quedábamos, mi abuelo traía jareas, gofio (…) y por la mañana comíamos higos mojados en gofio en polvo. Al mediodía (…) asábamos las jareas que también las acompañábamos con higos mojados en mojo y por la noche volvíamos otra vez al higo con gofio».
Una hoja, un estruendo
Acampados en aquella higuera, Inés continúa: «Yo de aquí recuerdo una cosa tonta, el silencio. Se hacía de noche y se caía una hoja seca de la higuera y era un estruendo tremendo».
«La gente de la isla y los primeros turistas hacían sus comidas en la Montaña del Azufre, aprovechando la energía natural»JOSÉ DE LEÓN
Las expediciones de vecinos al corazón del volcán, años después de las erupciones, cuando los gases y las temperaturas lo permitieron, era a la Montaña del Azufre (también llamada Montaña del Fuego, en singular). «Hasta la década de los cincuenta del pasado siglo era en la cima de esta montaña donde la gente de la isla y los primeros turistas hacían sus comidas. (…) La gente de los pueblos cercanos hacían sus comidas, aprovechando la energía natural», relata el propio De León.
Cita también a una de las primeras personas que empezó a llevar turistas en 1956 a las Montañas del Fuego, Eusebio Bonilla. «Los de Lanzarote venían aquí como una excursión (…). Subían en camello (…) y allí asaban corderos, conejos, cabritos, lo que quisieran. Yo llegué a subir arriba. Y la gente venía y traía el garrafón de 16 litros de vino y tenían para todo el día… no veas cómo salían».
Tocan las campanas, ¡un volcán!
También recoge De León el testimonio de un vecino de Mancha Blanca que relata cómo un grupo de chicos «para hacer una broma» llevaron leña a la montaña de Los Rostros, le prendieron fuego y entraron corriendo al pueblo gritando «¡un volcán, un volcán!». Gente asustada «corrió a la iglesia y empezaron a tocar las campanas».



