Baúl del lector

A galope en mulo por el Far West de Gran Canaria

La realidad geológica de La Aldea la convirtió durante siglos en una isla interior, comunicada con el exterior a través del mar o en mulo por pistas que recorrían arrieros que guiaban animales de carga por caminos de herradura, también llamados de sangre, escribe Míchel Jorge Millares en esta entrega de la serie “Baúl del lector”. [En PELLAGOFIO nº125 (2ª época, enero 2024)].

Por MÍCHEL JORGE MILLARES
Periodista

Cumpliendo ya el primer cuarto del siglo XXI, todavía hay numerosas personas en la isla que nunca han pisado La Aldea, aterrados por la impresionante muralla natural que circunda la desembocadura del barranco de Tejeda, con topónimos tan destacados como Inagua, Tirma, Guguy. Una porción de casi la mitad de Gran Canaria originada por coladas del gran volcán que colapsó tras rápidas y sucesivas emisiones de lava.

Esta realidad geológica hizo de La Aldea una isla interior, una reserva natural que durante siglos tuvo comunicación exterior a través del mar. Y por pistas que recorrían arrieros que guiaban sus animales de carga por caminos de herradura, también llamados de sangre. Eran veredas naturales zigzagueantes por laderas, andenes y llanos. Por ellas se transportaban las mercancías que permitieron sobrevivir a los habitantes de esta comarca.

La finalización de las carreteras de Andén Verde y de Mogán impulsó el desarrollo agrícola de un pueblo que se resistía a ser abandonado

Con el tiempo, los caminos se convirtieron en pistas, con sus imponentes precipicios de vértigo. Una prueba que superaban los aldeanos, acostumbrados a sortear los caminos de Siberio, Las Arenas o Vigaroe con sus mulos o camellos (algunos los llaman bestias), que cargaban cajas, molinos de piedra o incluso campanas para las ermitas.

Pero fue la finalización de las carreteras de Andén Verde y de Mogán lo que impulsó el desarrollo agrícola de un pueblo que se resistía a ser abandonado. Hoy son unos 9.000 habitantes, pero su cultura es de resistencia, ante las plagas, la incomunicación o sequías que duraban lustros. Porque sus genes recuerdan la lucha para conseguir la titularidad de las tierras que pertenecieron a la familia Pérez Galdós, tras un largo pleito que finalizó durante la dictadura de Primo de Rivera.

La solución dio lugar a modelos originales de gestión de las tierras y el agua, siendo las presas de Caidero de Las Niñas, Siberio y Parralillo propiedad de los agricultores.

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