Baúl del lector

Alegoría de una isla de sombreras con alma de mujer

El sol y el viento gobiernan la isla de Lanzarote, sin reposo para las nubes. Sus habitantes han luchado contra la aridez del suelo ocultando la tierra y protegiendo sus rostros permanentemente, en el caso de las mujeres, con sombreras de empleita y gorras de tela. Entrega de la serie “Baúl del lector” que escribe Míchel Jorge Millares. [En PELLAGOFIO nº141 (2ª época, junio 2025)].

Por MÍCHEL JORGE MILLARES

El paisaje cotidiano no fue siempre un selfi fugaz en lugares de moda algorítmica. Durante siglos el pueblo conejero sobrevivió al ritmo de las cosechas y del pausado paso de los camellos. El sol y el viento gobiernan la isla de Lanzarote, sin reposo para las nubes. Sus habitantes luchaban contra la aridez del suelo ocultando la tierra con el enarenado volcánico, que resguarda la escasa humedad para engendrar frutos en forma de jugosas cebollas, dulces batatas y refrescantes sandías.

Esta era la estampa que reconocieron muchas generaciones. Acostumbradas a usar permanentemente las sombreras durante el trabajo en el campo y en el hogar, donde la faena no culminaba

Las mujeres también se cubrían del sol desde los pies descalzos hasta la cabeza. Y, a la vez, de una vida con sabor a salitre del alisio, que recorría los páramos entre la vuelta de abajo y la vuelta de arriba, divididas por El Jable, por donde la arena corre arrastrada por el dios Eolo. Las sombreras les ayudaron a protegerse, casi ocultarse, conservando la piel sin manchas, la vista protegida de la luz, y la mirada y expresiones a salvo de curiosos o chismosos.

Esta era la estampa que reconocieron muchas generaciones. Acostumbradas a usar permanentemente las sombreras durante el trabajo en el campo y en el hogar, donde la faena no culminaba. El propio César Manrique retrata la misma escena, casi idéntica, en el mural que hizo en 1950 para decorar el Parador de Arrecife. Sobre un horizonte de volcanes con silueta desgastada, destacan dos mujeres ocultas tras las prendas y con un rostro diminuto, empequeñecido por la sombrera de empleita de palmito y trigo, y la gorra de tela blanca y rosada con amplia visera, distinguiendo la madurez y el luto, de la infancia y un futuro que vuela entre sueños.

César coloreó con tonos kitsch aquel documento en blanco y negro, donde el camello descansa después de truchir sobre el suelo volcánico. Probablemente el mismo terreno calcinado del desierto de Soo de la foto, y en las mismas fechas. Mediados del siglo XX, cuando en 1950 el propio César se subía a unos tableros para cubrir la pared con esas referencias a la agricultura, la flora de cactus, o la humilde albarda de colores y con pompones sobre la que se posaba la niña.

La escena bucólica pintada por el artista, a caballo entre el indigenismo isleño promovido por la Escuela Luján Pérez y el tipismo regionalista de Néstor, contrasta con la austeridad de la época. En blanco y negro fotográfico de una isla que ya miraba hacia el futuro atractivo turístico, pero con la intención utópica de mantener la originalidad del pasado que mantiene su huella en el paisaje de arenados, el rofe y los pequeños hoyos de La Geria.

Contemplar este territorio que desnuda los orígenes del planeta y abre grutas que se adentran en la tierra, produce una profunda emoción en la mirada de quien lo observa

Han transcurrido 75 años desde la realización de esta fotografía y también del mural manriquiano Alegoría de la isla, un territorio del que quedan recuerdos inventariados gracias a las obras de César y su generación. Y de Pancho Lasso y otros profesores que sembraron en Lanzarote el interés por lo propio elevado a la categoría de cultura, junto a la voluntad del pueblo conejero de conservar y enorgullecerse de su pasado laborioso y creativo, cuyas vicisitudes con una tierra calcinada en diferentes periodos, promovió una cultura única, extraordinaria. Una cultura en la que la tierra y sus pobladores se respetaron mutuamente, permitiendo una limitada y ardua actividad, así como dando refugio en las galerías y grutas volcánicas para evitar las capturas de los piratas berberiscos.

Contemplar este territorio que desnuda los orígenes del planeta y abre grutas que se adentran en la tierra, produce una profunda emoción en la mirada de quien lo observa. Porque cada elemento de este paisaje conserva el alma de quienes lo construyeron: «tan sólo se ven tus ojos / bajo el sombrero de palma; / lo bastante, maga mía / para ver en ellos tu alma» (Leopoldo Díaz[1], 1932).
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[1] María A. PERERA BETANCORT y José DÍAZ BETHENCOURT, “Aproximación a la obra de Leopoldo Díaz Suárez”, en XIII Jornadas de Estudios de Fuerteventura y Lanzarote, tomo II. Artículo dedicado a la trayectoria en el mundo de las letras del lanzaroteño Leopoldo Díaz Suárez (1893-1958). Díaz fue comerciante, político y administrador del Hospital de Nuestra Señora de Los Dolores, entre otros cargos, pero también tuvo una destacada carrera como periodista (colaboró en distintas cabeceras y dirigió los periódicos Lanzarote y Acción) y poeta. Gran parte de su obra poética se publicó en periódicos, aunque también publicó el libro Espontáneas.

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