Baúl del lector

Bisnes en pinchinglis por el moni-moni

«Con el intercambio de mercancías y el cobro en divisas llegaron a hacerse con sus pequeñas fortunas, que emplearon en el arte de vivir en tierra como si no hubiera un mañana», escribe Juan José Jiménez sobre los cambulloneros del Puerto de La Luz, en esta entrega de su serie “La máquina china” en esta revista. [En PELLAGOFIO nº 99 (2ª época, septiembre 2021)].

Por JUAN JOSÉ JIMÉNEZ

Hubo un tiempo en el Puerto de La Luz en el que los cambulloneros precedieron la figura del rider Glovo que hoy triunfa en el siglo XXI, pero que, a diferencia de éstos, se presentaban desde el último tercio del siglo XIX hasta la década de los años 70 en la cubierta de los buques con todo el género disponible: bisutería, mantelería calada de la tierra, collares, pulseras, relojes a tongas o las irrepetibles Solneli, “la más perfecta de las muñecas andadoras”, fabricadas en serie en la empresa fundada por Joaquín Márquez Ramírez ubicada en la calle Osorio de La Isleta.

Era una época en que el barrio portuario, ciudad-litoral, bullía de actividad industrial con la manufactura de velas, los talleres de reparación naval, los almacenes o la salazón de pescado gracias a aquellos buques llegados de todas partes del mundo que amarraban en la capital enfilando la proa casi en sus propias calles, en un tinglado que no hacía distingos entre el noray y las aceras creando un bullicio en los albores del XX que se mixturaba entre los marinos, estibadores, oficiales, pedigüeños, los vendedores de ovejas, cabras, burros y demás ganados que se enviaban a África, y los dicharacheros pláticos, cicerones de fortuna que con el devenir del siglo guiaban a los turistas por los vericuetos y comercios de la ciudad.

Llegaron a ser cientos con sus chalanas-tienda siempre listos para hacerse a la bahía desde que se asomaba el pabellón de una embarcación

A ese paisaje se añadía el cambullonero, cuyo origen del término se disputa entre la contracción de la expresión inglesa can buy on y el vocablo portugués cambulhado, según propone la RAE.

Llegaron a ser cientos, con sus casas apostadas en El Refugio, con sus chalanas-tienda merodeando entre los buques, siempre listos para hacerse a la bahía desde que se asomaba el pabellón de una embarcación o desde que el talayero daba cuenta del acontecimiento.

El bisne en cubierta, como expone Iván Hernández Cazorla en su trabajo Legados de Cultura Portuaria en Las Palmas de Gran Canaria, se hacía en el confuso idioma pichingli, y su universal moni moni, y con el intercambio de mercancías y el cobro en divisas llegaron a hacerse con sus pequeñas fortunas, que emplearon en el arte de vivir en tierra como si no hubiera un mañana, De la Isleta al Refugio, al Muelle Grande, son los hombres valientes, que Dios los guarde

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