Baúl del lector

Camellos trashumantes, a nado hasta La Graciosa

«Los camélidos (realmente dromedarios) no están hechos para la velocidad y la opulencia. Su paso, humilde, no deja huella y desaparece silencioso», escribe Míchel Jorge Millares al observar esta fotografía de camellos canarios trotando por la isla de La Graciosa en esta entrega de la serie “Baúl del lector”. [En PELLAGOFIO nº138 (2ª época, marzo 2025)].

Por MÍCHEL JORGE MILLARES

Los dromedarios del desierto del Sahara fueron introducidos en las islas Canarias en el momento de su conquista, hace 600 años o más. Se desplazaban mejor que los caballos en las tierras conejeras y majoreras, así como se adaptaban al suelo de picón (lapilli o tefra) volcánico. Su capacidad de carga también lo diferenciaba mucho de los equinos y, por ejemplo, sirvió para remover el suelo de La Geria hasta hallar tierra para cultivarla, sembrando de pequeños cráteres la calcinada superficie por donde asomaron viñedos e higueras. Transformaban el paisaje, dominado por su estampa jorobada.

Con su progresiva extinción en las Islas desde que se mecanizaron las tareas de labranza, hoy día son un souvenir en forma de excursiones por paisajes evocadores del desierto

Los camélidos (realmente dromedarios) no están hechos para la velocidad y la opulencia. Su paso, humilde, no deja huella y desaparece silencioso, como su progresiva extinción en las Islas desde que se mecanizaron las tareas de labranza. Hoy día son un souvenir en forma de excursiones por paisajes evocadores del desierto.

Sus proezas se recuerdan en forma de sillares de piedra o campanas de gran peso llevadas de costa a cumbre. Estos hechos no figuran en la gran historia, salvo en la memoria chica. La de las raíces y la identidad. La personalidad isleña y su lucha por sobrevivir a las adversidades. Resignación, resistencia y resiliencia. Sólo así se entiende que los rebaños fueran a nado amarrados desde Famara a Caleta del Sebo, al costado de los botes para poder comer porque la sequía asolaba Lanzarote. Y limpiaban de plantas espinosas La Graciosa porque poco más podían encontrar en la isla chinija.

Esto es historia. No leyenda. Es pasado. Bucólico y camellil. En una isla que ejemplifica el triunfo del automóvil frente al andar del camello. ¡Lástima!

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