Baúl del lector

‘Diving boys’, niños que margullaban por un penique

Hace un siglo los barcos de la Yeoward o la Cunard destacaban sobre la línea del cielo de la adormecida ciudad de Las Palmas. Desde sus cubiertas los pasajeros observaban a cambulloneros y niños buceadores en busca de clientes unos o ‘one penny’ lanzado al agua los otros. Entrega de la serie “Baúl del lector” que escribe Míchel Jorge Millares. [En PELLAGOFIO nº140 (2ª época, mayo 2025)].

Por MÍCHEL JORGE MILLARES

La estampa de la ciudad de Las Palmas hace un siglo era la de un lugar tranquilo y tropical, con las grandes palmeras destacando entre las edificaciones de baja altura que la caracterizaban y se divisaban desde el Puerto de La Luz. Sólo en 1955 se alteraría la línea del cielo urbana (skyline) en altura con la construcción del Edificio José Antonio o Casa del Coño, diseñada por Fermín Suárez Valido.

O quizás fueran los barcos de la Yeoward o la Cunard los que destacaban sobre la adormecida ciudad quesadiana (el poeta Rafael Romero Quesada, conocido como Alonso Quesada, trabajaba entonces para empresas portuarias que asistían a estos buques y fallecía el mismo año 1925 en que los viajeros que cruzaban el Atlántico distraían su aburrimiento con la pintoresca imagen que refleja esta fotografía: barquillos desde los que se ofrecía mantelería elaborada por las hábiles y laboriosas caladoras isleñas, o aquellos pájaros tan llamativos).

Niños semidesnudos saltaban para recoger las monedas que los pasajeros arrojaban como ‘premio’ por sumergirse en el Atlántico con más rapidez que el movimiento espiral que hacían las ‘coins’

En aquellas chalanas también navegaban niños semidesnudos que saltaban a margullar, para recoger las monedas que los pasajeros arrojaban como premio por sumergirse en el Atlántico con más rapidez y agilidad que el movimiento espiral que hacían las coins. Esas monedas eran un verdadero tesoro para aquellos chiquillos, daban de comer a las familias de aquel populoso mercadillo flotante que acompañaba a los buques. Naves que eran esperadas desde la costa con la mirada puesta en el horizonte para salir los primeros a alcanzar el barco.

Los turistas y pasajeros de aquellos cruceros solían arrojar monedas a la mar como una forma de entretenimiento o ritual al llegar a puerto. Superstición o costumbre que podría tener su origen en leyendas y mitos, aunque en este caso la moneda no se la quedaría Caronte en el tránsito entre la Estigia y el inframundo. Probablemente tendría un significado más simple, el de dar suerte o de desear buen viaje a los que se quedaban a bordo.

No se mendigaba, pero era la demostración de que entre los viajeros y los habitantes del entorno de La Isleta y Guanarteme existía un abismo marino de capacidad económica, donde unos tiraban el dinero por diversión o entretenimiento y otros, niños que no tuvieron la posibilidad de ir a la escuela, se divertían también por one penny que, orgullosamente, entregaban a sus padres para contribuir a la pobre economía doméstica.

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