Baúl del lector

El sueco que unió las islas Canarias en un jardín

«Sventenius sembró Gran Canaria de fascinación por la naturaleza isleña, no sólo creando el mayor espacio botánico de España, sino logrando reunir en él casi toda la riqueza de la flora macaronésica», escribe Míchel Jorge Millares en esta entrega para la serie “Baúl del lector”. [En PELLAGOFIO nº 113 (2ª época, diciembre 2022)].

Por MÍCHEL JORGE MILLARES
Periodista

Eric Ragnor Svensson Sventenius sembró Gran Canaria de fascinación por la naturaleza isleña, no sólo creando el mayor espacio botánico de España, sino logrando reunir en él casi toda la riqueza de la flora macaronésica. Y acertó con el enclave, en el corazón del Guiniguada, en el límite de Las Vegas, ese vergel entre volcanes que se extendía desde Tafira Baja hasta Las Lagunetas, donde se puede juntar el cardón con la palmera, la laurisilva, el tajinaste y el pino. Todo muy canario y de esta zona del Atlántico tan biodiversa.

Sventenius concibió su sueño de reunir una representación amplia de las floras terrestres endémicas de Canarias y Macaronesia en un espacio de investigación, conservación y educación ambiental

Hace un siglo, este sueco comenzó a estudiar y trabajar en varios jardines botánicos de la región Mediterránea. Principalmente, el Jardí Botànic Marimurtra de Blanes (Girona); luego en La Orotava (Tenerife); y, finalmente, en Gran Canaria, donde falleció en accidente de tráfico en 1973. Sventenius exploró las islas y describió más de cien especies endémicas de Canarias. Concibió su sueño de reunir una representación amplia de las floras terrestres endémicas de Canarias y Macaronesia en un espacio de investigación, conservación (en esto fue un adelantado) y educación ambiental. Y el Cabildo de Gran Canaria le encomendó su construcción, en 1952. Nace el Jardín Canario y ahí vemos al sueco trazando el mapa de las especies sobre un terreno que luce su madurez para disfrute de generaciones de grancanarios, así como para un turismo que puede observar la mayor colección de endemismos por metro cuadrado del planeta.

Sus restos descansan en la zona de la laurisilva, dentro del Jardín Botánico Viera y Clavijo, entre tiles, laureles, palo blanco, viñátigos, aceviños, mocanes y bicácaros que crecen a su alrededor. Es su herencia isleña, su legado de amor a la naturaleza y su lección de cómo curarla.

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