Mujeres en los faros con el océano por frontera

«En mi colegio estudiaban hijos de fareras. E insisto en decir fareras, en femenino, porque aquella profesión era familiar, especialmente en los destinos más recónditos y aislados», escribe Míchel Jorge Millares en esta entrega de la serie “Baúl del lector” de fotografía antigua de Canarias. [En PELLAGOFIO nº148 (2ª época, marzo 2026)].
Por MÍCHEL JORGE MILLARES
Los fareros eran reconocidos y estimados por los isleños, como lo fueron los pocos médicos, los practicantes y parteras o los gendarmes, entre otras profesiones que escaseaban, especialmente en nuestras islas. En mi colegio estudiaban hijos de fareras. E insisto en decir fareras, en femenino, porque aquella profesión era familiar, especialmente en los destinos más recónditos y aislados, las «verrugas en la piel del océano», como las describe la escritora Josefina Pla, nacida en el faro de Punta Martiño, en la isla de Lobos. Fue bautizada en Femés, acompañada por una llamativa escolta de veinte camellos que transportaban a las amistades de la familia del faro.
Aquel faro, un pequeño templo de luz junto a una gran plaza vacía, para un ritual sin parroquianos que celebraran el culto al agua (que recogía, agradecido, aquel gran patio de que aprovechaba al máximo las escasas lluvias con las que se llenaba el aljibe bajo él). Lobos conserva varios de estos depósitos como recuerdo de lucha por la supervivencia de las personas que, cada noche guiaban, a los navegantes en la oscuridad, formando triángulos con las luces de Tostón y Pechiguera.
La inmensidad azul no saciaba la sed de aquellas personas pero, en ocasiones, devolvía a la tierra en forma de gotas de lluvia la fertilidad para las tierras y la posibilidad de saciar la sed provocada por el salitre permanente en los labios. Serenos del mar, apreciados por las gentes que recordaban naufragios y dramáticos sucesos en un medio imprevisible y con energía. Observaban atemorizados la naturaleza desbocada que, por ignorancia o necesidad, hizo zozobrar muchas vidas y naves que intentaron pasar La Bocaina.
Fui testigo del encallamiento de un gran yate a menos de cien metros al este del faro en Lobos. La mujer corrió hasta la playa a pedir ayuda
Incluso en verano de 1982, el mismo año en que Lobos fue declarado Parque Natural. Fui testigo (con mi amigo Winona) del encallamiento de un gran yate a menos de cien metros al este del faro, en el Bajo de La Perra. La mujer corrió hasta la playa de la Concha, donde estábamos acampados, para pedir ayuda. Su acompañante intentaba fijar a las rocas la embarcación y salvar lo que fuera posible. Al terminar de hacer lo imposible, celebramos un banquete por la vida. Nadie resultó herido.
Melodías del Atlántico
A veces, el mar es irreconocible. Aunque el farero (o la farera) distinguen sus movimientos, sus tonos, sus ritmos. Las melodías y conciertos del Sonoro Atlántico serán la banda sonora de sus vidas, con momentos espectaculares como el rugido del mar en aquel temporal de 1959, cuando las olas golpearon las paredes de la torre.
El mar no es de fiar. Era la pesadilla de aquellas familias en las que todos hacían posible la guía de luz para aquellas embarcaciones errantes
Carmen Fuentes había llegado con su marido el torrero José Olivera Jalón, y su hijo de 4 años José Daniel al faro de Alegranza en 1957. Allí hizo su vida, con algunos breves desplazamientos a La Graciosa o a Lanzarote. Allí eran recibidos con afecto, como personas distinguidas en contactos breves pero intensos, al igual que el haz de luz de las torres. Su presencia originaba el revuelo de curiosidad por aquellas familias unidas por el servicio público, las largas soledades, los conocimientos, la cultura como acompañamiento y el mar. Su silencio y sus arrebatos impredecibles.
Para el reducido número de personas cuya vida fue el faro desde el nacimiento, no hay noche en la que no escuchen el murmullo de las olas, o el estampido de las grandes mareas que cubren hasta la mitad del torreón, provocando una inquietud enorme en la familia farista, porque la mar no es de fiar. Incluso para avisar a los puntos más próximos de novedades en el faro, las señales eran sencillas. Se encendían hogueras: una significaba enfermedad, dos era gravedad y tres, muerte. Era la pesadilla de aquellas familias en las que todos hacían posible la guía de luz para aquellas embarcaciones errantes en la oscuridad sonora del Atlántico



