Baúl del lector

Presas, tormentas y aquel legendario enero de 1979

«Era inimaginable el diluvio que vivió la Cumbre. Nadie se cruzó en nuestro camino. Fuimos como cabras, unas cabras locas porque las cuerdas se habían resguardado en establos y cuevas», escribe Míchel Jorge Millares en esta entrega de la serie “Baúl del lector” de fotografía antigua de Canarias. [En PELLAGOFIO nº149 (2ª época, abril 2026)].

Por MÍCHEL JORGE MILLARES

La fuerza del temporal Therese me recuerda a uno sin bautizar que tuvo lugar hace casi 50 años. La memoria meteorológica lo llama «el legendario enero de 1979», porque fue épico. Estuve en Ayacata en plena tormenta y podemos contarlo. La guagua nos dejó en San Mateo y no pudimos continuar hacia la Cumbre aquella noche. Pero nos dieron refugio para dormir en el puesto de la Cruz Roja (eternamente agradecidos). Al día siguiente la mañana era fresca, pero sin lluvia en La Vega.

Un taxista con su Peugeot 404 Break de siete plazas accedió a llevarnos a Tirajana. Pero en Cueva Grande comenzó a llover y en los Llanos de la Pez el agua se elevaba muchos centímetros de altura arrastrando con su fuerza lodo y piedras. Todos estábamos asombrados. El taxista hizo un esfuerzo y llegó hasta Ayacata donde nos dejó porque el tiempo empeoraba.

Caminamos hasta Ansite con el agua cayendo como un diluvio, un chorro que arrancaba de los riscos donde nace Soria, arrojando sobre Meca y La Candelilla inmensas rocas en avalanchas que rugían como si el mundo explotara. No teníamos en aquel año de leyenda la capacidad de predicción actual y desde la capital era inimaginable el diluvio que vivió la Cumbre. Nadie se cruzó en nuestro camino. Fuimos como cabras, unas cabras locas porque las cuerdas se habían resguardado en establos y cuevas.

Más importante y otra historia en aquel enero fue ver las grandes presas llenas. Empezamos a comprobar los efectos del cambio de modelo de explotación del monte que se había iniciado pocas décadas atrás. En 1951 comenzaron las repoblaciones forestales, junto a la construcción de las presas de mayor capacidad en el sur y suroeste. Ayagaures y Caidero de las Niñas iniciaron la corta etapa que tuvo su momento álgido a principios de los 70 (Gambuesa, Parralillo, Soria y Siberio) y que finaliza en 1981 con la última gran presa, El Mulato.

El agua ha transformado el paisaje y el alma insular. Pocos recuerdan aquella ‘isla vieja’ de barrancos sin los muros o sin pinos

Había comenzado el tiempo de las potabilizadoras con sus enormes costes e impactos. El agua potable era muy cara y dependiente de si Madrid suspende la subvención (2012) o, antes, que «no había fueloil» (1979). Pero las presas, con el tiempo, posibilitarían la soberanía energética e hídrica cuando los combustibles dejaran de imponerse sobre el viento, el sol y la naturaleza.

El agua ha transformado el paisaje y el alma insular. Pocos recuerdan aquella isla vieja de barrancos sin los muros o sin pinos. O aquellas polvorientas pistas de piedras y baches, con maquinaria abandonada durante años cuando atravesábamos las gargantas donde el agua se abrió paso para salir de las calderas volcánicas. Aquel escenario unamuniano es ahora (si Therese lo permite) excursiones de inacabables curvas de asfalto entre riscos y bosques.

Desde 1979 la presa de las Niñas ha llenado en los años 1985, 1989, 1991, 1996, 2005, 2006, 2010, 2011 y 2026. También las presas de la Comunidad de Regantes de La Aldea (Caidero de las Niñas, Parralillo y Siberio). Pero también las hemos visto vacías, secas. Las presas no pueden vivir de leyendas.

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