Sinfonías de la infancia entre balidos y chiflos

«Hoy las calles han perdido la banda sonora. Todo sea por la salubridad, aunque hayamos perdido el contacto con los productores y tiremos los cuchillos cuando pierden el filo», escribe Míchel Jorge Millares en esta entrega de la serie “Baúl del lector”. [En PELLAGOFIO nº134 (2ª época, noviembre 2024)].
Por MÍCHEL JORGE MILLARES
El niño de seis años Adán Hernández salta una acequia con ayuda de un pírgano, pastoreando con sus padres por el barranco de Tirajana en 1994. Su padre era el amo de las cabras, pero él era «el amo de las baifas». Entonces, hace 30 años, llevaba el rebaño al fondo del barranco durante el verano y a los invernaderos en invierno. La trashumancia del sur, tal como quedó reflejado en las páginas del periódico en cuya hemeroteca se recordará, en el futuro, la infancia de Adán.
Entonces todavía no estaban lejanos los tiempos en que aún se podía señalar zonas donde las cabras se cuidaban en las azoteas de las casas terreras, una época en la que se veía a los últimos pastores del extrarradio capitalino recorrer las calles para vender la leche de cabra que ordeñaban en la misma calle, anunciados por el peculiar sonido del cencerro que destacaba sobre el coro de balidos.
La sinfonía de las calles se completaba con el pitido del chiflo del afilador de cuchillos, o los golpes de envases de botellas que recogía el carro que pasaba cada semana por las calles
La sinfonía de las calles se completaba con el pitido del chiflo del afilador de cuchillos, o los golpes de envases de botellas que recogía el carro que pasaba cada semana por las calles, pura economía circular del subdesarrollo. Y a todo ello, la voz inconfundible del panadero que anunciaba su llegada puntual con el saco de papel y las piezas de pan cuyo precio regulaba el Gobierno.
Hoy las calles han perdido la banda sonora. Todo sea por la salubridad, aunque hayamos perdido el contacto con los productores y tiremos los cuchillos cuando pierden el filo (obsolescencia programada o derroche de recursos naturales). Pero no todo es negativo. Reciclamos más —¡ojalá!— y los pastores de esta isla cobran por la trashumancia cuando colaboran reduciendo la biomasa en zonas estratégicas, para frenar los incendios y evitar su propagación.



