Un desierto en miniatura junto al Jardín de las Especies

Un majestuoso paisaje de sol y todos los astros del universo dan un halo especial al mar que refresca El Jardín de las Especies, aquella enorme extensión, prácticamente deshabitada hasta mediados del siglo XX, que se convirtió en la locomotora económica de la isla, escribe Míchel Jorge Millares sobre el singular paisaje de las dunas de Maspalomas, en esta entrega de la serie “Baúl del lector” de fotografía antigua de Canarias. [En PELLAGOFIO nº145 (2ª época, diciembre 2025)].
Por MÍCHEL JORGE MILLARES
Allá, abajo en el sur, dormía bajo el sol un desierto de cuatro kilómetros de dunas relucientes junto al oasis. Una superficie de arenas móviles que es casi el doble que Carcross Desert (Canadá), el desierto más pequeño del mundo. Pero Maspalomas es el Atlántico susurro sin la sonoridad que Tomás Morales verseó. Un majestuoso paisaje de sol y todos los astros del universo que dan un halo especial al mar que refresca El Jardín de las Especies. Un jardín acompañado del coro de aves y pájaros danzando sobre las palmas o la pista de agua encharcada, dándose el banquete de insectos entre tarajales, juncias, matamoros, uva de mar, tomillo marino, juncos, aulagas, salados verde, balos y siemprevivas espinochas.
Una escena propia de los antiguos grabados que mostraban los exuberantes jardines persas. Al final las dunas rodaban granito a granito para bañarse en la charca, observadas por la gran muralla de palmeras ubicada hacia poniente, señalando al Caribe donde los velámenes son empujados junto a la corriente de Canarias. Aunque en la memoria queda aquellas barquillas que navegaban por los riachuelos que serpenteaban lagunas e islotes de palmeras donde hoy hay un paseo de apartamentos y hoteles.
En 1890 René Verneau advierte que las dunas avanzan hacia el interior y «amenazan con invadir las tierras cultivadas»
Aquel sueño de científicos como Sabin Berthelot, que acude en 1829 para cazar aves africanas; o René Verneau, que en 1890 advierte que las dunas avanzan hacia el interior y «amenazan con invadir las tierras cultivadas». Aunque será David Bannerman quien, en 1912, dejará para la memoria el «país de ensueño… A medida que el sol se escondía detrás del pantano, el cielo se inundaba de encantadoras sombras de color sonrosado y un suave verde, contra el que destacaba el contorno raso del faro en fuerte relieve…».
Aquellos atardeceres, acompañados por el golpeo de las olas en la orilla, invitaban a contemplar el celaje señalado por la luminaria del faro. Una imagen conservada en el tiempo que transmite la lentitud parsimoniosa de los camellos (dromedarios para ser correcto) cuya silueta destacaba transportando, por aquel desierto de arena caprichosa, los escasos pastos para alimentar al ganado en los establos del conde.
La fauna aviar vuelve poco a poco a recuperar espacios que dejaron de habitar por la ocupación humana del espacio, tras el tsunami turístico
Muchos fueron los intentos de transformar aquel paraíso. Que si un Parador Nacional; el plan de Tudurí para convertirlo en un gran parque temático incluido zoológico y campo de carreras… Todos conscientes de sus condiciones extraordinarias, como señala el discurso «Habla Néstor», al indicar para «…La formidable playa de Maspalomas… que las generaciones que nos sucedan lleven a cabo proyectos que aconsejen las realidades del momento. No concibamos las cosas en pequeño, sino en grande, con la vista en el porvenir». Y así lo hizo el conde apoyado en Manuel de la Peña, creando un destino líder, donde hasta la NASA guio los pasos del Apolo hasta pisar la luna.
Maspalomas fue (es) durante siglos un enclave para aves migratorias, las que trajeron semillas de palmera datilera que se ha hibridado con la canaria. Hoy son migrantes climáticos de a pie los que pasean y observan la fauna aviar, que vuelve poco a poco a recuperar espacios que dejaron de habitar por la ocupación humana del espacio, tras el tsunami turístico que provocó el concurso internacional de ideas que la familia condal puso en marcha en 1961.
Aquella enorme extensión, prácticamente deshabitada hasta mediados del siglo XX, donde escaseaba el agua y la roca desnuda limitaba su aprovechamiento agrícola, se convirtió en la locomotora económica de la isla, iluminando el futuro desde la linterna del faro proyectado por Juan León y Castillo para iluminar el Atlántico hace 135 años.



