Baúl del lector

Una de cartones, chochos y balines

«El meollo estaba en el engodo de hacer ganar a un primer paisano y cuando triunfaba, ponga usted que Juan Quintana, pues comenzaba a aparecer gente hasta de las ventanas», escribe Juan José Jiménez sobre el juego de los cartones que no faltaba en las fiestas populares de antaño, en esta entrega de su serie “La máquina china” en esta revista. [En PELLAGOFIO nº 98 (2ª época, julio-agosto 2021)].

Por JUAN JOSÉ JIMÉNEZ

Son de Guía y se llaman Juan, Felipe y Domingo, de izquierda a derecha. Son los maestros de los cartones, un juego primo hermano del trile, pero con ritual propio. Tiene la misma mecánica que el que se practica con cubiletes, pero en formato 2D. Un billete o una moneda debajo de uno de los cartones, que representan cartas de la baraja, pero en formato bien grande. La imagen, cedida por la Fundación Néstor Álamo, los retrata a plena luz del día en las fiestas de La Aldea, pero cuando Juan, Felipe y Domingo hacían de las suyas era con la llegada de la noche. Buscaban un rincón discreto, apenas alumbrados con su propia luz de carburo para crear un ambiente de misterio, cuando no esotérico.

«A veces se llegaba a apostar billetes de cien pesetas, un auténtico dineral, porque era el precio de una vaca»JOSÉ ANTONIO LUJÁN, cronista oficial de Artenara

Durante la tarde iban jaleando a sus potenciales clientes, con un “luego nos vemos allí”. Fundamentalmente se captaba a galletones, mejor recién salidos del cuartel, porque la gente mayor, algo más prudente, ya se sabía más o menos el truco. Era un trabajo de tres. Uno por fuera, que hacía de repente una apuesta con los bolsillos llenos de duros, como si se los hubiera ganado un día antes, para animar a la parroquia, como recuerda verlos, con sólo 12 años, el cronista oficial de Artenara, José Antonio Luján. Otro enfrente, para jalear. Y el que presidía la mesa, que era un auténtico prestidigitador. El meollo estaba en el engodo de hacer ganar a un primer paisano y cuando triunfaba, ponga usted que Juan Quintana, pues comenzaba a aparecer gente hasta de las ventanas.

La chiquillería también estaba al tanto, intentando seguir el movimiento hipnótico de los cartones. Apostando la vida a que el billete o el medio duro se encontraba debajo de una carta a la que no le habían perdido el ojo de encima. Y se formaban tongas de monedas cuyos incautos propietarios perjuraban por lo más santísimo la ubicación exacta. Pero el porcentaje de chascos era del 99,8 por ciento. “A veces se llegaba a apostar billetes de cien pesetas”, recuerda el cronista, “un auténtico dineral, porque era el precio de una vaca”.

A los de los cartones le acompañaban en aquella mitad del siglo XX otros personajes itinerantes que eran paisaje puro de la fiesta. Como las tres mujeres de Teror cargadas con barreños de chochos margullados en agua salada que vendían en cornetillos de papel, o Rosendito, un señor con una caseta para el tiro de escopeta al boliche que no se llamaba Rosendo. Con aquellas carabinas con el cañón cambado, derribar un bolo con un balín tenía las mismas posibilidades que atinar con el juego del cartón. “Cada vez que alguien disparaba él decía, ‘pasó rosandito, pasó rosandito’, y de tanto rosandito, le bautizaron Rosendito”.

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