A la Caldera se iba con las cabras, la lanza y un cochino para criar
Oficios del mundo rural / Cabrero de La Palma con la manada entre la Cumbre y Taburiente

OFICIOS DEL MUNDO RURAL. El día de la entrevista, en 1997, Manuel Martín estaba sentado en el corral mientras las cabras se le acercaban solas para que las ordeñara. Lejos estaban los años en los que se pasaba meses moviéndolas por el interior de la Caldera de Taburiente con la lanza al hombro. «Nunca pesa», decía. En realidad, era una necesidad. [En PELLAGOFIO nº138 (2ª época, marzo 2025)].
Por YURI MILLARES
Una llamada de teléfono desde una cabina, en abril de 1997, fue la vía para concertar la visita al cabrero Manuel Martín Pérez, Manolo Tuturra, en su casa en La Rosa (El Paso, La Palma). Ordeñaba sus cabras cada día a media mañana en un cercado próximo. «El perro dormita atado junto a los corrales techados sin mucho (más bien nada) que hacer, mientras las cabras se mueven por los comederos despreocupadas. Lejos quedan los tiempos en los que pastoreaba en la Caldera de Taburiente durante meses, llevando el ganado a donde hubiera pastos y siempre con la lanza al hombro o entre las manos», escribiría días después.
Con la declaración del Parque Nacional, los pastores dejaron de transitar con sus rebaños por la cumbre y el interior de la Caldera y sus escarpados bordes. Aquel año sus visitas a la cumbre eran sólo sólo a buscar fayas que ponía en los comederos. «Tengo trozos autorizados para cortar», me explicó. También cortaba tagasastes, pero más cerca. Raciones de millo y alfalfa completaban la dieta de sus cabras.

Las estancias allí dentro se prolongaban hasta dos meses en días interminables. Sólo volvían a casa si tenían que aprovisionarse de comida. De resto, «día y noche allí; los días se hacían años desde que salía el sol hasta que se volvía a poner, pero estaba uno bien», aseguraba.
Muchos cabreros tenían la costumbre de criar algún cochino mientras estaban en las zonas de pastoreo. «Yo también he tenido. Los llevaba chiquititos en un saco y allí los tenía encerrados en un corral». Cuando crecía, alimentado por el suero sobrante de hacer el queso, era práctica normal sacrificarlo allí mismo y salar las piezas de carne para guardarlas y llevarlas de regreso a casa. Manolo no: «Yo no llegué a matar ninguno en la cumbre».
«Una vez tuve uno allá donde le dicen la Cueva de la Cebolla y pasé trabajos para traerlo. Me dije: en la cumbre vale más botar el suero que traer un cochino. Del cochino lo aprovechábamos todo. Mi madre criaba un cochinito, se mataba y se salaba. Era la carne del año para hacer los potajes».
Moviendo a las cabras donde encontraran su comida, pasaban la noche «donde podíamos, veces debajo de una piedra, veces en algún arrimadero*, veces hacía uno una media chabolita con palos. Llevábamos una manta y calderos para cocinar», relataba. «Cocinábamos unas papas, comíamos gofio amasado en el zurrón, queso, alguna lata de sardinas…». Y cada día, ordeñar y hacer queso que iba sacando al hombro para Tijarafe.
Sin miedo por imponentes riscos y paredes
Lo abrupto del terreno, los escarpados riscos, las paredes montañosas que se elevan imponentes, no eran obstáculo para el cabrero que vivía en la Caldera de Taburiente… si no se tenía vértigo. Pero sí era obligado poseer una lanza, tres metros y medio de pino canario acabados en un regatón de hierro forjado en fragua a golpe de martillo. «En la Caldera aprende uno a usar la lanza quiera o no quiera. La base para aprender es no tener miedo», resumía Manolo Tuturra.
Las primeras lanzas que tuvo las heredó de su padre y su abuelo. «La lanza nunca pesa, lo mismo para arriba que para abajo. Aunque vayga caminando por llano, la lanza no estorba», insistía y acariciaba una de las que tenía.
Para hacer una lanza «verdadera, como se sacan en la tierra nuestra», explicaba, hay que usar pino canario cortado en menguante. «Entonces se pela y, al mismo tiempo que se pela, se hacen cuatro rajas y se ponen al sol y al aire para que se sequen. Cuando estén secas, con una maduración de un año, se puede hacer la lanza».
Ya en la carpintería «los listones tienen que ser de seis centímetros». Y muy importante, «la lanza hay que hacerla de tres tiros, si no, no sirve. Ni sirve de cuatro, ni de dos, ni de cinco». Esto significa que la lanza, a lo largo, tiene tres tramos diferenciados por el grosor del palo: en el extremo donde se le pone la punta de hierro tiene su parte más gruesa, en el centro tiene menos grosor y en los últimos 50 cm es más delgada.
| *VOCABULARIO arrimadero. «Saliente de una roca empleado como abrigo», describe el Tesoro lexicográfico del español de Canarias. lanza. Así llamada en La Palma y Tenerife (en Lanzarote y Fuerteventura se conoce como lata; en Gran Canaria, garrote; en La Gomera, astia; en El Hierro, asta o verdón), es un palo o madero largo y delgado «con regatón de hierro en la punta, que lleva el pastor y que le sirve especialmente como ayuda para desplazarse (…), la costumbre guanche de salvar los desniveles del terreno mediante la lanza la heredan los pastores canarios, que aún hoy continúan llevándola», cita el Diccionario Histórico del Español de Canarias ● |



