Agarrada al lazo del camello, a Teresa casi se la lleva la riada
Fuerteventura / La fuerza del agua en el desierto

Eleuterio decía, finalizando el invierno de 1997, que aquel era un año malo por la falta de lluvias y que se lo esperaba. Lo sabía por las ‘señas’ del otoño previo en forma de «borrasquitas finitas». Mucho más atrás en el tiempo, su tío Fernando llegó a perder un camello y dos burras en una riada en el desierto majorero. [En PELLAGOFIO nº140 (2ª época, mayo 2025)].
Por YURI MILLARES
En la isla de Fuerteventura hubo un tiempo no muy lejano, aunque aparente una eternidad, en el que «no venía nada de fuera, había que buscar la comida aquí». Me lo decía Eleuterio Brito Ruiz hace 28 años. Nacido en 1930 y con 67 años el día de la conversación, su experiencia en la labranza y como ganadero lo tuvo toda la vida mirando al cielo. «Cuando en septiembre y octubre vienen esas gotitas finitas, que hay como un serenito, no espere usted un año bueno», afirmaba. «Las borrasquitas finitas no hacen nada, porque después se marchan», sentenciaba.
Para el agricultor de estas islas el año es el tiempo que va de un verano al siguiente —parecido, por cierto, al calendario de los aborígenes, organizado en función de las cosechas
Aquel 1997 fue un año seco, pero en la memoria colectiva de su familia permanecía el recuerdo de unas intensas lluvias que provocaron una riada tan grande que, aunque él no había nacido aún, la conoce con detalle por sus consecuencias. Y sentados a su lado —el técnico de la Agencia de Extensión Agraria de Gran Tarajal y mi guía en tantas visitas a ganaderos de la isla en aquella época Jorge Mesa y quien escribe estas líneas—, escuchamos su relato de lo que aconteció.
Señala a un horizonte situado más abajo de las tierras en Gran Barranco donde su padre primero y él después han estado sembrando y plantando durante décadas, cerca de Betancuria, y dice a modo de introducción: «Allí, junto a aquella casa, le llevó el agua a mi tío Fernando un camello y dos burras, y no se llevó a la mujer de manganilla*».
Se cumplió la sabiduría popular: si el agua cae generosa en octubre, año lluvioso, ¡y vaya si lo fue!
Para el agricultor de estas islas el año es el tiempo que va de un verano al siguiente —parecido, por cierto, al calendario de los aborígenes, organizado en función de las cosechas—. Por eso Eleuterio decía que «ese año vinieron dos turbones*, les he oído yo a ellos: hubo uno el día tres de octubre y el otro en febrero, pero no me acuerdo la fecha». Se cumplió aquí lo que la sabiduría popular prevé, año lluvioso si el agua cae generosa en octubre, ¡y vaya si lo fue! «Los turbones arrastran con todo lo que hay», decía.
Viendo venir el agua de forma tan violenta, «mi tía Teresa fue a levantar el camello con un lazo en la mano del cabezón del camello». Sabiendo que debía sujetarlo con firmeza, se asió fuerte al lazo por una de sus manos, sin pensar que así también quedaba ella peligrosamente atada al animal.
«El camello se resbaló en el barranco, porque no pega como otro animal y resbala mucho, y mi tía aguantándolo. Cuando cayó al barranco se le rompió el cabezón, si no se la lleva. Quería soltar el cabresto y no podía, porque tenía la soga montada». Las furiosas aguas envolvieron al camello, también a dos burras, y se los llevaron corriente abajo sin remedio. «Las burras no aparecieron más y el camello quedó todo machacado metido en un escombro», finaliza el relato.
Cuando doce duros (0,36 euros) era un dineral
Igual que su tío, el padre de Eleuterio se dedicaba a la labranza. Los animales eran los tractores y camiones en la época, pero su padre no quería animales hembras (ni siquiera vacas), prefería tener camellos y bueyes y, si acaso, burras, y no le importaba que los camellos se pusieran en celo y fueran peligrosos.

En años ruinosos para el agricultor, cuando las lluvias no venían, los animales sufrían también por la dificultad que suponía alimentarlos. «E n esas ruinas mucha gente iba de aquí con animales para Tenerife, a venderlos o a escaparlos y traerlos otra vez». Y si no, «a trabajar más de la cuenta, buscando higuera, tunera, pitera y majando». La higuera, el árbol que ha acompañado al habitante de estas islas durante cerca de dos mil años, era una maravilla.
ELEUTERIO BRITO:
«Los tunos se recogían temprano, cuando estaban pasados, criaban una cantidad de azúcar como un turrón»
«Cuando las había muy frondosas, las limpiábamos por dentro y eso se picaba menuíto y se lo echabas a los bueyes y a los camellos». Para la familia quedaban los frutos, de la higuera o de la tunera, conservados en forma de higos pasados y de porretas, respectivamente. También peras y hasta uvas que, haberlas, las había. «Los tunos se recogían temprano, porque si uno esperaba a mediodía picaban mucho. Se barrían y después se pelaban con un cuchillo. Se ponían al sol y entonces se iban pasando. Cuando estaban pasados se hacía un montón en unas esteras y se ponía en una barricas. Aquello criaba una cantidad de azúcar como un turrón».
La abundancia de tan rico fruto permitía obtener unos ingresos siempre bienvenidos en el hogar. «Con mi padre cogíamos un cargo de peras, o de tunos», cargados en los cajones de madera de un camello y en una burra con serón, «y se nos iba a amanecer el día al Puerto caminando. Había que esperar a aclarar el día para venderlos». En la calle la gente se los compraba. «Y cuando traía uno diez o doce duros —50 o 60 pesetas— ya venía uno contento, porque era un dineral».
| *VOCABULARIO manganilla. «Casualidad, azar» (Pancho Guerra, Obras Completas, t. III, “Léxico de Gran Canaria”). turbón. Voz de Lanzarote y Fuerteventura, es «lluvia intensa y momentánea que causa destrozos e inundaciones» (Diccionario histórico del español de Canarias) ● |



