Historia Oral

Ambiciones y falangistas se cruzan en la vida del salinero del Confital

La única salina de Gran Canaria ubicada en la ciudad de Las Palmas estaba en La Isleta

Datada en 1867, la única salina ubicada en la ciudad de Las Palmas cesó su actividad en diciembre de 1956, después de 51 años atendidas por quien era conocido como Celestinito el Salinero. Cuando ‘Los Bravo’ exigieron cobrar un canon abusivo por el arrendamiento, comenzó un largo litigio en el que el salinero sufrió años de amenazas hasta que su abogado lo engañó para que firmara la renuncia a estar allí. [En PELLAGOFIO nº 102 (2ª época, diciembre 2021)].

Por YURI MILLARES

La historia de las salinas del Confital va pareja, en el siglo XX, con la vida de Celestino Ramírez Díaz, uno de los dos hijos de una humilde familia de agricultores de Carrizal de Ingenio. En 1900, contando 16 años de edad, emigra a la ciudad de Las Palmas en busca de mejores oportunidades de vida y llega a La Isleta, donde entra a trabajar como operario en las salinas, en aquel momento arrendadas por el salinero Antonio Delgado Guedes.

El estado de las mismas en ese momento no era muy bueno y trabajó duro para reconstruir todo aquello que necesitaba reparación. Con 19 años se convierte en el encargado y con 21, en el año 1905, se queda ya como arrendatario. En 1908 se casa con su novia (también de Ingenio, también emigrante a la ciudad), María Ruano Díaz, pese a la negativa inicial del cura que pensaba que eran primos (y no era así).

«Aunque en aquella época era una industria muy floreciente, ni un gramo de la sal del Confital salió para los salazones de pescado; era para el consumo local: conservar y cocinar»JOSÉ RAMÍREZ, nieto de Celestinito

Juan Hernández Ramírez y Francisco Santana Ramírez, junto a un amigo, ayudando en las faenas de las salinas. | FOTO ARCHIVO FAMILIA RAMÍREZ RUANO
Su vivienda era una casa de madera en la propia salina donde criaron diez hijos y toda la familia estaba implicada en la producción salinera. Plantaron dos huertos con frutales, hortalizas, legumbres y papas que regaban con el agua de lluvia que recogían en dos pequeñas represas construidas por el propio Celestinito en una barranquera cercana. No les faltaba un horno para el pan, ni su corral con animales. En un carro tirado por dos mulas distribuían la sal por las tiendas y comercios de La Isleta y barrios aledaños. “Aunque en aquella época era una industria muy floreciente y se exportaba al África Occidental Española, ni un gramo de la sal del Confital salió para los salazones de pescado. Era para el consumo local: conservar y cocinar”, insiste en desmentir su nieto José Ramírez, entrevistado por PELLAGOFIO, “un error histórico” en las referencias a esta salina.

En 1923, al inicio de la dictadura de Primo de Rivera, los militares requisaron un amplio territorio de La Isleta, incluyendo la parte de la bahía del Confital donde estaban las salinas. A partir de entonces, el canon que debía pagar Celestinito como arrendatario lo debía abonar al Ejército, lo que no afectó en su trabajo al salinero. La labor allí “era muy sacrificada, muy dura”, afirma el nieto, pero pudo sacar adelante a su familia y hasta ahorrar un poco para comprar una camioneta Chevrolet matrícula GC-2808 que sus hijos, “entre ellos mi padre, con 14 años –dice José Ramírez–, empiezan a conducir sin carnet para repartir la sal por la ciudad” y, con el tiempo, dos casas en La Isleta. Una que utilizaban para almacenar sal y otra que estaba cerca del despacho de tabaco donde compraba la picadura para su cachimba y que, a la postre, le traería el primer disgusto en su vida a principios de la década de los 40.

«Mi abuelo pagaba a los militares 500 pesetas al año por la concesión; pero los Bravo pretenden entonces cobrarle la mitad de la producción de sal, algo totalmente abusivo»JOSÉ RAMÍREZ

“Era de un conocido falangista, un tal Bolaños, que un día se dirige a mi abuelo y le dice que se quedaba con la casa porque el importe de todo el tabaco que se había llevado a cuenta superaba el valor de la casa”, recuerda su nieto Pepe el primer gran abuso que sufrió por quienes eran los ganadores de una guerra que trajo una dictadura.

Pero no acabarían ahí los disgustos de Celestino Ramírez Díaz. Después de un largo litigio de los herederos de Pedro Bravo de Laguna, los anteriores propietarios consiguen que el Ejército les devuelva los terrenos en 1949. “En aquel tiempo mi abuelo pagaba a los militares 500 pesetas al año por el canon de la concesión, que era asumible, pues la salina daba 700 pesetas al mes por la venta de sal. Pero los Bravo pretenden entonces cobrarle a mi abuelo, que era el concesionario, la mitad de la producción de sal. Totalmente abusivo. Mi abuelo se opuso y contrata los servicios de un conocido abogado que se llamaba, casualmente, igual que yo: José Ramírez”, relata el nieto, que ha recogido la historia de su familia en las salinas en un libro, Salinas del Confital. Breve reseña histórica (Bravo Ediciones, 2021).

Un falangista conocido como Antonio el Bandido comenzó a aparecersubido a caballo por las salinas, con una escopeta a amedrentar

Mientras el abogado le aseguraba a Celestinito que el litigio lo ganaba seguro, a la par que iba recibiendo constantes pagos mientras iban pasando los años, otro afamado falangista conocido como Antonio el Bandido –“¡imagínate!”, se estremece el nieto–, empleado de Los Bravo, comenzó a aparecer día sí, día también, subido a caballo por las salinas. “Según me cuentan mis primos mayores, iba con una escopeta a amedrentar, amenazar y aburrir a la familia lanzando improperios”.

Entretanto, en 1953 fallece la esposa del salinero y un año después, un salinero destrozado por la angustia y la tristeza, se reúne con el abogado. “Le hace firmar a mi abuelo unos documentos donde le decía que recuperaba la concesión, olvidándose de los Bravo para siempre, cuando en realidad estaba firmando lo contrario, la renuncia a la concesión”, explica. El acoso, la muerte de María Ruano y el engaño del abogado la llegó a resumir el propio salinero en una frase: “Me hicieron un mal pago”. Y así fue. Cuando le llegó la citación, en diciembre de 1956 la familia Ramírez Ruano tuvo que abandonar el lugar: Celestino, tres de sus hijas con sus maridos y 12 nietos.

«Las carpinterías, techos de las viviendas o rocas de los revestimientos de los estanques fueron literalmente arrancadas para ser reutilizadas en la construcción de las chabolas del Confital»JOSÉ RAMÍREZ

Las salinas quedaron abandonadas y si alguien albergaba la intención de especular con los terrenos, nunca llegó a nada. A principios de los años 60 la bahía del Confital empezó a convertirse en un poblado de chabolas y “las carpinterías, techos de las viviendas o rocas de los revestimientos de los estanques fueron literalmente arrancadas para ser reutilizadas en la construcción de las chabolas del Confital. La vivienda principal y las casas familiares fueron desmanteladas. Lo mismo ocurrió con el resto; el muro, el molino –que con sus 12 m era el más grande de todas las salinas d Gran Canaria–, los estanques, almacén de la sal, huertos, etc. Hasta que prácticamente no quedó nada”, escribe José Ramírez García, nieto de Celestinito el Salinero, hijo de Pepe el Salinero.

■ HABLAR CANARIO
Lebranchos y lisotes en el estanque acumulador

Celestinito el Salinero levantó un molino que, con sus 12 m de altura, era el mayor de todas las salinas de Canarias

Con 350 tajos de 4×4 metros, las salinas del Confital producían 80 toneladas/año de una sal blanquísima destinada al consumo local de la ciudad de Las Palmas. Celestinito el Salinero, que realizó mejoras en las instalaciones, amplió el pozo de captación del agua del mar a una gran boca de 5×5 m y unos 6 m de profundidad para que no se quedara sin agua en la bajamar y levantó un molino que con sus 12 m de altura era el mayor de todas las salinas de Canarias. “El pozo que había antes era una minucia y no había ni molino cuando él llegó”, dice su nieto José Ramírez Ruano. Un acueducto sobre una pared de piedra con un recorrido de 87 m llevaba el agua al acumulador principal, un estanque con capacidad para 800 m3 de agua, desde donde pasaba a los cocederos.

El estanque acumulador donde llegaba el agua de mar antes de pasar a los cocederos lo tenía de “llenos lisotes* (los alevines de las lisas o lebranchos*); se cogían vivos en los charcos de la marea y se pasaban al estanque acumulador. Mi padre y mis tíos también pescaban ejemplares adultos, les sacaban el anzuelo, los metían en un balde y al estanque para que desovaran y siempre había pescado para comer en casa”, dice.

Cada día por la tarde, los salineros (“mayormente quienes lo hacían eran mis primos mayores, con 12 o 13 años”, precisa) hacían la labor de desnatado con el ruedo. “Desnatar era romper esa primera costra que se formaba en la superficie del tajo y caía la sal al fondo, que no necesitaba ningún tipo de refinado ni molienda. Después de unos días amontonada en los vértices de los tajos se llevaba en cestas de pírgano* al almacén, donde la cargaban en sacos de 25 y 50 kilos”.

*VOCABULARIO
lebrancho. “Es uno de tantos casos de aplicación del nombre de un animal terrestre [cría de liebre en Península] a uno marino –burro, perro, conejo– Alvar lo considera producido en Canarias. De estas islas pasaría a Cuba, donde lo registra Suárez: lebrancho «el pez lisa cuando alcanza tamaño grande»” (Tesoro lexicográfico del español de Canarias).

lisote. Cría de la lisa Mugil capito, cita el Tesoro

pírgano. “El nervio de una hoja palmera, con lo cual se hacen palos de escoba y algunas otras cosas” (Juan Maffiotte, Glosario de canarismos. Voces, frases y acepciones usuales de las Islas Canarias) ●

Publicaciones relacionadas

Botón volver arriba