Calando derrumbes en los túneles y trillando frijoles con los pies
Oficios del mundo rural / Mantenimiento de galerías de la Caldera de Taburiente

En el interior de la impresionante Caldera de Taburiente conocí, el verano de 1997, a un hombre de impresionante barba blanca y andar sin prisas. Como el trampero Jeremiah Johnson de aquella famosa película que interpretó Robert Redford, Raúl también vivía medio aislado en sintonía con una naturaleza formidable. [En PELLAGOFIO nº142 (2ª época, septiembre 2025)].
Por YURI MILLARES
El investigador y actual cronista de Tazacorte Talio Noda y un servidor nos adentramos, el 11 de julio de 1997, por un sendero del Parque Nacional de Taburiente pertrechados para hacer una buena caminata. En el interior de la impresionante Caldera llegamos a unas escondidas casas de piedra «perfectamente camufladas en el paisaje —escribía en septiembre de aquel año—. Tan integradas en él que casi no se da uno cuenta de su presencia hasta que no se topa con sus paredes rodeadas de árboles y entre patios, donde cuelgan racimos de uvas de sus frondosas parras».

Conocidas como las Casas de la Caldera, allí vivían tres operarios del Heredamiento de las Haciendas de Argual y Tazacorte [1] . Se ocupaban del mantenimiento de las galerías de agua que se encuentran en el interior del Parque Nacional para un millar y medio de propietarios. Junto a Arsenio y Bonifacio, Esteban Rodríguez Rodríguez [2], Raúl («desde niñito me llaman Raúl y ahora me gusta más que me llamen así»), era uno de ellos.
«Normalmente salgo cada treinta o cuarenta días, si antes no hay una urgencia. Voy a ver a mi madre; tengo amigos. Estoy dos días y regreso»
Cuando dejó las cabras que pastoreaba por los riscos de la propia Caldera y dejó también su siguiente dedicación laboral, las plataneras, entró a trabajar en este aislado y solitario destino donde en invierno la nieve la nieve suele hacer acto de presencia. «Normalmente salgo cada treinta o cuarenta días, si antes no hay una urgencia. Voy a ver a mi madre; tengo amigos. Estoy dos días y regreso», explicaba. «Nosotros estamos aquí asalariados y de lo que cosechamos gastamos». Y en plena Caldera de Taburiente trabajaba un día sí y otro también, incluidas las labores agrícolas y ganaderas necesarias para procurarse sustento en aquel aislamiento.
«Trabajé también aquí cuando se aforaron las aguas para saber la cantidad de agua alumbrada en cada sitio, como son tantos manantiales»
El lugar no le era desconocido. «Yo trabajé también aquí cuando se aforaron las aguas, hace treinta o cuarenta años —o sea, a principios de los años 50 del siglo XX—, y conozco todos los nacientes y los caminos que se hicieron. Aforarla es saber la cantidad de agua alumbrada en cada sitio, como son tantos manantiales. Se hizo un resumen del agua que había alumbrada porque no se había hecho y los socios sólo sabían la que recogían al canal. Pero ahí llega menos porque aquí en la tierra se va absorbiendo», detallaba.
En 1997 su función en este apartado lugar de La Palma no era cultivar un huerto ni criar animales. Los tres hombres a cargo de las galerías de agua tenían que «hacerles visitas, a ver si están bien. Calamos dentro, a ver si hay derrumbes que retienen las aguas y cogen otro cauce. Si el derrumbe es leve lo resolvemos nosotros, si se necesita equipo más grande nos mandan equipo con que limpiar la galería».
Pero, ¿cómo recibir esa ayuda del exterior sin carreteras ni caminos habilitados por donde recibir maquinaria o equipamiento de apoyo? Para el transporte estaban los arrieros, que vivían en otras casas junto a las mulas, más cerca de Los Brecitos—el lugar más próximo accesible con vehículo—, en Tenerra, señalaba. «Ahora mismo hay un muchacho solo, que también es empleado de la empresa».
«Hubo unas granizadas y unas nevadas muy fuertes que machacaron los frijoles cuando [estaban] pequeñitos»

A cargo de los animales que tenían (cabras, gallinas, conejos y un cochino), también ayudaba a Arsenio con el huerto. «Sembramos la base, papas, que se necesitan todos los días, y otras cosas».
No faltaban tampoco millo, calabazas y bubangos y, mirando a un claro de la huerta, señaló entonces unas vainas expuestas a los rayos del sol. «Son frijoles. Ya los ves que están secándose para trillarlos después, les pasamos por encima con los pies un día fuerte de sol y se desgranan. Los aventamos y ya está». La última cosecha de frijoles, precisamente, les salió fallida y no por falta de agua, precisamente. «No sé si fue porque se sembró algo temprano. Hubo unas granizadas y unas nevadas muy fuertes y los machacó cuando [estaban] pequeñitos», decía mientras removía las vainas con las manos en el tendal
_______________
[1] «La propiedad fundamental del Heredamiento es la finca de La Caldera de Taburiente, con todos sus montes, viñedos, “caleras y terrenos incultos y de siembra comprendidos en su cuenca”» “Las aguas de la Caldera de Taburiente”, noviembre 27, 2009. La Palma isla adentro, blog de Juan Carlos Díaz Lorenzo. https://lapalmaislaadentro.wordpress.com/2009/11/27/las-aguas-de-la-caldera-de-taburiente/
[2] Nacido el 31 de diciembre de 1931, tenía entonces 65 años; falleció el 20 de abril de 2022. «El mundo de la décima está de luto y ha despedido con sentidas composiciones en las redes sociales a Don Esteban Rodríguez Rodríguez ‘Raúl’, conocido verseador de Tijarafe, poeta, naturalista, agricultor y pastor de cumbre, que ha fallecido este miércoles a los 90 años. Pasó parte de su vida en las Casas de Tenerra, en la Caldera de Taburiente, en estrecho contacto con la naturaleza, de la que era un gran conocedor».
“Fallece Don Esteban Rodríguez ‘Raúl’, verseador de Tijarafe”, La Palma Ahora, Tijarafe, 21 de abril de 2022. https://www.eldiario.es/canariasahora/lapalmaahora/sociedad/fallece-don-esteban-rodriguez-raul-verseador-tijarafe_1_8931807.html
Queso con humo sin calor, que se pone chicloso
Siete animales componían el ganado caprino a cargo de Raúl. En el Parque Nacional no se pueden tener sueltos, así que estaba en un corral donde les ponía cada día comida y agua. No eran muchas cabras, «lo suficiente para el gasto de nosotros y hacemos quesito. Lo ahumamos en un bidón desfondado. Se pone la parrillita encima con los quesos y el material que le da humo abajo, para que esté separado del calor».
RAÚL RODRÍGUEZ:
«Tiene que ser puramente el humo sin la llama y hay que estar pendiente». Es cosa de poco rato, aseguraba
Es importante, decía, que al queso fresco que ahumaban le llegara el humo, «pero no el calor, porque si le da fuerte se pone chicloso, aumenta el volumen y reduce la altura, queda como una torta. Encendemos pinillo*, lo mojamos un poco y le ponemos ramas verdes encima para que ahogue la llama. Tiene que ser puramente el humo sin la llama y hay que estar pendiente». Es cosa de poco rato, aseguraba.
Además de las cabras, los conejos y las gallinas, no faltaba un cerdo. «Tenemos un cochino y cuando se quiere sacar ya —sacrificarlo—, se trae el pequeñito. Por eso a veces hay dos». Grande no lo pueden traer por el sendero, así que el lechón llegaba a hombros hasta las Casas de la Caldera, cada vez que el cochino grande estaba próximo a servir de provisión de invierno en la despensa.
La fecha de la matanza coincidía con el final del verano, «cuando se termina la fruta, que aquí hay muchos higos y tunos*. Al acabarse la fruta habría que traerles comida de pienso, pero eso nos separa de la tradición de tener un cochinito con la fruta. Incluso el sabor de la carne es diferente. Aquí lo alimentamos también con el suerito del queso. En la juventud del cochino creo que sea el alimento más eficaz», afirmaba.
| *VOCABULARIO pinillo. Aguja del pino. «Su empleo con el significado de pinocha no solo se ha documentado en Tenerife, sino también, y especialmente, en la isla de La Palma», cita el Diccionario histórico del español de Canarias. tuno. También higo pico, es el «Higo chumbo [= fruto de la tunera]», cita el Diccionario histórico…● |



