Cuando las brujas se convertían en cochinos y tiraban las tallas
Oficios del mundo rural / El legado del mayor alfar que tuvo Gran Canaria

El legado de las loceras de La Atalaya, una ocupación femenina hasta las últimas representantes del oficio cuando aparece la figura de Panchito, no va sólo de técnicas y formas de la loza de barro. Los jóvenes que tomaron el relevo a finales del XX también transmiten los relatos y vivencias que les contaron. [En PELLAGOFIO nº146 (2ª época, enero 2026)].

Por YURI MILLARES
Fue a partir de los años 70 del siglo XX cuando jóvenes de Gran Canaria y de Tenerife, como él mismo, recuerda el alfarero y ceramista Silverio López, se interesan «por conocer por sí mismos la técnica de elaboración de la alfarería canaria». En La Atalaya, Panchito «fue esa correa de transmisión para una mayor comunicación con el resto de loceras y población de la zona. Su casa-cueva era un centro abierto de reunión de los vecinos y conocidos del pueblo», escribió en PELLAGOFIO este lagunero afincado en Fuerteventura.

Del propio barrio satauteño eran dos de esos jóvenes que aún trabajan la loza de barro en el propio Centro Locero de La Atalaya —Gustavo Rivero y Domingo Díaz el Taranta—, con un horno que se levantó en 1992 según el modelo del viejo horno que sobrevive en pie, de los cinco que había a principios del siglo XX.
«Con diecisiete años tenía la inquietud por aprender y no seguir la rutina de los veranos de ir a la playa—relata el primero de ellos—. Me acerqué a casa de Pancho con un amigo el verano de 1982. Él tenía más gente que se acercaba a la casa y estaba un poco agobiado esos días, así que primero me dijo que no podía. Al final de la tarde, cuando recogió las herramientas y el cacharro de las piedras y le ayudamos, me dice: “bueno, ven mañana”. Y ven mañana fue seguir yendo y aprender».
‘Jeringao’
Siempre fue un trabajo de mujeres, destaca Rivero, «se aprecia en las fotos antiguas que sólo aparecen grupos de loceras, luego aparece la figura de Pancho, que fue una excepción. De hecho estaba mal visto que un hombre trabajara un oficio femenino. Hay un trabajo que hizo Pedro Lezcano en los años 40 en el barrio y relata la figura de Panchito y de alguien que pregunta por la loza y un vecino le dice, “sí, por allí hay un jeringao* que también trabaja”».
Referencia a su condición sexual distinta a la de la moral de entonces (y en parte hoy, lamentablemente), la figura de Pancho, no obstante, «sobresale por encima de todo; la vida de él era siempre trabajando en su casa-alfar». Con él estaban allí muchas veces, entre otras, las loceras Antoñita la Rubia, una vecina que también trabajaba en su propia cueva por debajo de casa de Panchito, y María la Bambana, que fue muy amiga de él y aparecen en muchas fotos trabajando juntos.
De todas ellas también aprendió esta hornada de jóvenes que se dedicarían después al mismo oficio. Y las escucharon contar sus penurias y temores —eran tiempos de brujas— cuando salían de sus cuevas con la loza ya guisada a venderla por los caminos. El propio Pancho y Antoñita solían ir juntos La Lechucilla en la época de Los Finados, que «había tradición de llevar loza e intercambiarla por productos como manzanas, castañas o nueces. Eso lo mantuvo Pancho hasta poco antes de morirse», recuerda.
«Bendecían el horno con un manojo de incienso morisco cuando les daba por ahí»DOMINGO EL TARANTA

Explosiones y aquelarres
«Antes se creía mucho en el tema de la brujería —añade Domingo Díaz el Taranta, también de aquella hornada de jóvenes que tomó el relevo a finales del XX—. Ellas decían que se iba a la fuente a buscar agua y las brujas se convertían en cochinos y tiraban las tallas. Después iban al día siguiente y estaban las tallas enteras. O que bailaban en la zona del horno viejo y se ponían a hacer aquelarres por la noche». Para enfrentarse a ello, añade, «bendecían el horno con un manojo de incienso morisco cuando les daba por ahí».
«El guisandero les dijo: “¡Métanse todas en la cueva!”, cogió la pretina del pantalón y la viró al revés, clavó un cuchillo en la tierra y esperaron a que amaneciera…»
Antoñita la Rubia era la que más les contaba esas cosas, recuerdan, con incidentes que ella relataba «como algo verídico», detalla Rivero recordando una de esas historias. Un día de guisado que les dio la noche y se retiraron a descansar «se oyó un estruendo muy grande en el horno, pensaron que se había caído el horno y se había roto todo». El guisandero, hombre que se encargaba de guisar la loza, «les dijo: “¡Métanse todas en la cueva!”, cogió la pretina del pantalón y la viró al revés, clavó un cuchillo en la tierra y esperaron a que amaneciera. Ella pensaba que estaba todo roto, pero cuando amaneció estaba el horno sano y la loza sana».
Son relatos, dice Gustavo, «que tienen que ver con el mundo de las creencias de antes. También de la gente que fue a Cuba y retornó y ya venía con influencias de las religiones animistas»
Guisandero muerto por ron, locera de parto en el camino
«Las casas cueva permiten una temperatura constante que no altera el barro, cuando hace mucho calor el barro no se seca, en invierno se puede trabajar»GUSTAVO RIVERO
Convertido en el alfar más importante de Gran Canaria desde mucho antes, la loza de La Atalaya era muy demandada todavía en el siglo XX en las casas de los municipios de su entorno, especialmente Las Palmas y Telde. Las casas cueva de las talayeras «son el lugar de trabajo, porque permiten una temperatura constante que no altera el barro, cuando hace mucho calor el barro no se seca, en invierno se puede trabajar», describe Gustavo Rivero. Pero antes había que ir a por barro, almagre y leña donde hubiera; después había que guisar en los hornos (tarea de los guisanderos) y recorrer los caminos con la loza a la cabeza para venderla o cambiarla (tarea de las propias loceras).
El guisado de la loza era, quizás, el momento más importante y crítico de todo el proceso. Tenía que ser un día soleado y sobre las dos de la tarde, cuando las piezas que han puesto a orear están más calientes, «para que no haya un choque térmico», precisa Rivero. «Pancho en invierno decía que iba “acumulando” y metía la loza hasta debajo de la cama. Cuando estaban los días buenos es cuando aprovechaban y sacaban toda la loza. Las mujeres tenían mucha acumulada y en un día hacían dos y tres guisados».
«Se jalaba de ron, porque decían que “un fuego mataba a otro fuego”. Imagínate al guisandero un mes guisando noche y día y jalando ron»DOMINGO EL TARANTA
La «figura del guisandero* ha quedado en segundo plano —continúa—. Yo siempre la exalto un poco, porque es importantísima. Ahí te juegas el trabajo de meses en un día y técnicamente tiene que hacerlo bien». Las loceras ayudaban a poner la loza en el horno, pero no guisaban. El especialista era el guisandero, como lo fueron Cho Nicolás Lino y el último, José María el Negro, que tuvo un final trágico.
«Se jalaba de ron, porque decían que “un fuego mataba a otro fuego” —relata Domingo el Taranta—. Imagínate al guisandero quince días o un mes guisando noche y día y jalando ron». Pancho contaba «que le dio una fatiga en el horno, de tanto beber ron y de tanto fuego, que le empezó a salir una espuma por la boca y se murió. Yo sé que fue en verano —explica Gustavo— porque Manolo de la Picota (que su madre era locera) dice que antes, cuando se moría alguien, tenían que llevarlo a cuestas al cementerio de Santa Brígida. Era un día de mucho calor y dice que iban por el Arco cargando con José María y se pensaron si seguir o dejarlo allí».
«Embarazada, fue con la loza a vender a Telde y en el camino parió. Con una piedra cortó el cordón umbilical…»
Guisada la loza, había que llevarla a vender. Dura labor también que, de nuevo, tocaba a las mujeres, aunque estuvieran en avanzado estado de gestación. Y en los difíciles años de guerra y posguerra, con más necesidad. «María la Bambana, embarazada, fue con la loza a vender a Telde y en el camino parió. Con una piedra cortó el cordón umbilical y con un cachito de hilo de la ropa, lo amarró, tacatá, cogió la criatura, escondió la loza y subió para la casa. Nunca pasó por un hospital y tuvo 14 hijos», relata Domingo.
La guardó para que no se la llevara nadie y volver otro día a recuperarla. «Claro. La escondió y al día siguiente fue a buscar la loza. Muchas veces se decepcionaban porque iban a vender y no vendían nada. O la cambiaban por comida, si había papas: papas. Y muchas veces decían que les daban menos producto que lo que valía la loza», sigue Domingo.
| *VOCABULARIO jeringao. Jeringado. «Arruinado físicamente» o «molesto, latoso, ofensivo», define el Tesoro Lexicográfico del español de Canarias. Jeringar se emplea en las Islas con frecuencia con la acepción de «molestar». guisandero. No hay citas para Canarias, donde era el oficio que desempañaban los hombres especializados en el guisado de la loza de barro, al menos en La Atalaya. La RAE sólo dice: «Persona que guisa la comida» ● |



