Historia Oral

Cuanta más hambre, más miedo en la vida de Jacinto Ortega

Oficios del mundo rural / Pastor de cabras en la Gran Canaria profunda

Muertos que caminan, explosiones de azufre y perros misteriosos pueblan los relatos de Jacinto Ortega, ganadero recientemente fallecido, cuya última entrevista, para hablar del lenguaje silbado entre los pastores isleños, publicamos aquí. En su recuerdo, rescatamos un extracto del capítulo que le dedica el libro ‘Ruta de pastores’ (Yuri Millares, 1996). [En PELLAGOFIO nº 108 (2ª época, junio 2022)].

Por YURI MILLARES

Hablar de pastores es hablar de generaciones de una misma familia dedicada a la misma tarea, transmitiendo de padres a hijos el querer por unos ganados que obligan a muchos sacrificios y dan mucho trabajo, pero que viven con orgullo su modo de vida. Es el caso de Jacinto Ortega, de su mujer Elena Suárez y de sus hijos, una familia de pastores con una rica cultura tradicional heredada de sus antepasados. «Desde mi abuelo, que fue el primero que yo conocí», dice Jacinto Ortega.

Afirma Jacinto que nació en 1938, aunque en aquellos tiempos y entre quienes vivían en la montaña se perdía la cuenta de los años. Porque, recuerda, no es como hoy. «¿Hoy cumple un año el niño? Se le hace un tenderetito, una tartita y una cosita. ¿Cumple dos? Igual. Pero antes no se sabía cuándo uno cumplía años, se decía que tenía tantos y estaba varios años con la misma edad».

«Con el garrote se ahorra mucho tiempo, si llega usted a un risquillo que caminando no se puede bajar, se manda con el garrote y no tiene que dar la vuelta»JACINTO ORTEGA, pastor

Jacinto Ortega y su hijo José Miguel con sus respectivos garrotes (lanzas de pastor) en el Cortijo de la Gloria (1994). | FOTO Y. MILLARES
Jacinto pudo averiguar su edad no sin esfuerzos, «que yo no sé cómo me apuntó mi gente que, después, no estaba en el ayuntamiento y me tuve que sacar unas partidas en la iglesia». Pero, igual que han cambiado esas situaciones y ahora se celebran los cumpleaños, la forma de trabajar igualmente se ha transformado. Algo, al menos. «Nosotros llegamos a levantarnos a las dos de la mañana para ir a recoger al ganado, con una linterna en la mano y otra pila en el bolsillo, porque esto es larguísimo», explica. Ahora, las cabras ya no van lejos porque se les echa de comer y caminan por los alrededores de la casa del pastor.

Por eso, los garrotes «los tenemos arrimados, porque no los usamos». Lo que no significa que se hayan olvidado de cómo se usan. «Con el garrote se ahorra mucho tiempo», afirma. «Si llega usted a un risquillo que caminando no se puede bajar, se manda con el garrote y no tiene que dar la vuelta».

Con el libro bajo la camisa
Haber usado el garrote es sinónimo de haber sufrido alguna caída que, con el tiempo, se relata como una anécdota. Pero Jacinto relata otras muchas historias, empezando por las que le ocurrieron cuando era chico. «En la época que yo me crie, los padres no mandaban a uno a la escuela, desde que sabías caminar te mandaban a coger comida para el burro, porque todo el mundo tenía un burro en su casa».

«Una vez en El Cardón me arrimé a la sombra y leyendo me fue dando sueño. Fue la única vez que no me ha castigado mi padre por quedarme dormido, porque despierto me castigaba a cada rato»

En el corral, una tarde ayudando a una baifa a mamar de la madre. | FOTO Y. MILLARES
Pero a Jacinto Ortega le «nacía aprender a leer y cuando iba por ahí con el ganado me metía el libro en el seno, por dentro de la camisa, y me lo llevaba». La lectura ocupaba parte de su tiempo, observando de reojo las cabras, devorando páginas con interés mientras el viento moviendo las ramas y las cencerras de los animales eran lo único que escuchaba. «Pero claro, una vez en El Cardón me arrimé a la sombra y leyendo me fue dando sueño, me tapé la cara y cuando desperté eran las diez de la noche».

Tan placentero sueño se tornó en inquietud al pensar en el padre que estaría buscándolo, como de hecho así fue. «La gente estaba buscándome por todos sitios, con jachos de goma, porque antes no había linternas, llamándome». Buscando evitar el castigo, explicó cómo se había perdido, sin mencionar nada de la siesta. «Fue la única vez que no me ha castigado mi padre por quedarme dormido, porque despierto me castigaba a cada rato».

El pastor Jacinto Ortega muestra cómo silbaba para llamar a sus hijos en el cortijo de La Gloria, en la entrevista publicada en PELLAGOFIO en 2021. | FOTO ISIDORO JIMÉNEZ
Un hambre de miedo
Según fue creciendo, Jacinto conoció otras experiencias, vividas directamente o sufridas por terceros, siempre referidas a «cosillas de miedos», que antes había mucho de eso. «Yo no sé si era que la gente, del hambre que tenía, veía el miedo». Lo cierto es que se sentía en la piel el desasosiego que produce. Conocía él a un anciano que vivía en Juan Grande y como «me gusta hacerle caso a la gente mayor, yo me ponía a conversar con el viejito, que se ponía por las tardes a echarle agua a las cabras en una pileta que tenía». Pero el anciano murió y Jacinto, ya casado, acabó viviendo en la misma casita de aquél y con el recuerdo permanente del viejito. «Lo cierto es que yo, acostado por la noche, lo sentía caminando allí fuera, en el patio, que era un empedrado».

Los zapatos negros «de salir» que tenía el difunto en vida tenían un sonido muy particular al pisar el empedrado. «Y yo, con aquella cosa, salía fuera a ver lo que era y nada. Desde que abría la luz, se callaba». Los perros no ladraban a ningún extraño, echados en el patio, pero los pasos los escuchaba noche tras noche. Pronto le echó la culpa a la enredadera que se movía con el aire y crecía en ese mismo patio. Trepó a ella «que no me maté de manganilla* y le pelé todos los gajos que tropezaban con la pared». Sin resultado. Luego la emprendió con el eucalipto y se cayó desde lo alto de sus ramas de cabeza. «¡Me quedé sin tino, por el golpe!, pero no había forma de que aquello se callara».

Así fue que, una noche, «envenenado», sin poder dormir, sale al patio «y pego a echarle maldiciones: ¡Usted está más viejo que el Diablo! ¡Mal rayo de Dios lo coma! ¡Qué mala sombra que no se calla el viejo este del diablo!», relata sin salir todavía de su asombro. Su mujer Elena, que también escuchaba los pasos misteriosos, lo corrobora: «Es verdad, más nunca».

—¡Chacho, vente pa dentro, deja eso, que son las ánimas de Dios!
—¡Pues si son ánimas de Dios, que se vayan pa casa del Diablo a los infiernos a pelear, que no me dejan dormir!

Perros del diablo
«Digan lo que digan, fue el viejito ese», insisten convencidos, cuando Jacinto empata con otra historia situada en Amurga, lugar donde «también se sentían muchos miedos». Los protagonistas fueron otros pastores que conocía y pasaban la noche en la cueva del Hornillo de Abajo. Un padre y su hijo, que vino cierto día a traerle el gofio, «que es lo que se hacía antes, cuando estaba el padre con el ganado y venía el hijo cada ocho días, cuando conseguía un puñito de gofio». La noche, sin embargo, lejos de ser silenciosa y tranquila, se vio alterada por ladridos de perros que peleaban a la puerta de la cueva. Ante semejante alboroto, «sale Pepe Rafael, el hijo, gritando “¡Suh, perros del diablo!”, para atajarlos». Los perros salieron entonces corriendo perseguidos por el indignado Pepe Rafael, que seguía gritando «¡Suh, perros del diablo, suh, pa lo más hondo de los infiernos!».

Entre tantas maldiciones que les echó, su padre lo reclama para que regrese a la cueva: «¡Chacho, vente pa dentro, deja eso, que son las ánimas de Dios!». El otro, sin vacilar, respondió: «¡Pues si son ánimas de Dios, que se vayan pa casa del Diablo, a los infiernos a pelear, que no me dejan dormir!». Sea como fuere, ni padre ni hijo volvieron a sentir en Amurga más perros misteriosos peleando, ánimas de Dios o lo que fueran.

En otra cueva
En otra cueva, conocida por los pastores como Cuevita Chica por sus dimensiones, se quedaron otra noche un padre y su hijo. «Desde que cenaron lo poco que tendrían, sería un pizquito de leche o alguna pella de gofio que amasaron, se acostaron en la cueva». No sintieron perros pelear fuera, ni ningún otro ruido.

«El viejo se desaló y de aquello murió, que se le quedó todo aquello hediendo como a azufre»

Pero, a pesar de estar solos, al rato de estar acostados escuchan claramente una voz: «¿Caigo o no caigo?». «El viejo se quedó callado y pensó que serían miedos de las brujerías que había antes», relata Jacinto. «El padre estaba callado para que el chiquillo no se asustara». El hijo, sin embargo, estaba despierto y escuchando la misma voz, que repetía en tono lúgubre: «¿Caigo o no caigo?».

El muchacho estaba también callado, «porque le daba la gana, no porque tuviera miedo ninguno», hasta que se cansó de la monótona voz y su repetitiva pregunta y le respondió: «¡Cáete pa los infiernos!». En ese momento «dio aquello una explosión y cayó delante de la cueva una cosa», sigue relatando Jacinto. «El viejo se desaló* y de aquello murió, que se le quedó todo aquello hediendo como a azufre».

Tal y como se lo escuchó a su padre lo cuenta. «Mi padre lo conocía, de eso hace lo menos ochenta años [en 1994], porque mi hermano el más viejo anda ya cerca de los setenta y estaba mi padre soltero cuando eso». Un padre el suyo que vivió 92 años, menos que los 106 de su abuelo.

■ HABLAR CANARIO
A ver a la novia en bicicleta

Vuelve Jacinto a hacer un cuento con él de protagonista rodeado de sus hijos, que siguen escuchando con atención, de un día «que fui a los Lomos de Pedro Afonso a ver la novia en una bicicleta». Al ir, cuesta arriba, subió caminando con la idea de bajar después pedaleando. «Pero cuando salí para abajo ya era de noche» y pensó en un sitio «que me iba a dar miedo, donde le llaman la Presa de la Negra, una presa metida en un barranco y hay un montón de cuevas».

JACINTO ORTEGA:
«El manillar no se me paraba, me saba vueltas en redondo que parecía de los payasos»

Naturalmente, «es un barranco oscuro por la noche, tan oscuro como ir con los ojos cerrados». Si a eso se añade el ladrido de un perro, que la dinamo no le daba casi luz y que el espárrago del manillar se rompió de tanto salto, tenemos un cuadro completo de aquella situación. «El manillar no se me paraba, me saba vueltas en redondo que parecía de los payasos». No le quedó más remedio que hacer un alto en El Tablero, donde la hermana de su novia le prestó unos alicates para reparar el manillar de la bicicleta, «y se le antojó que trajera a mi casa una talega de guayabos». Con el espárrago de nuevo apretado y los guayabos en la cesta metálica de la bicicleta, continuó pedaleando. La cuesta de Morro Besudo le obligó a caminar otra vez, mientras deseaba llegar a lo alto y bajar a toda velocidad para irse de ese lugar derecho a casa.

Pero en lo alto «veo un hombre dentro de la cuneta acostado, con un pantalón oscuro y una camisa blanca». No sabía quién era y no se paró a averiguarlo. «Yo huyendo, mirando al hombre, cuando me pasa por delante un perro sato, pintado, que casi me caigo muerto allí». La oscuridad seguía impenetrable, pero, aun así, de un salto subió al sillín y «de tanto que le mandé, se me mete una rueda dentro de un hoyo, dio un taponazo, perdí la luz, el espárrago del manillar se echó fuera… Llegué a mi casa con tres guayabos, los demás, de tanto que se molieron en la talega, no quedaron sino las semillas». Nunca más se subió a una bicicleta.

*VOCABULARIO
desalarse. «Quedarse alguien sin aliento por miedo, por llorar mucho, por una fuerte impresión, etc. Tb. “atemorizarse”» (Diccionario histórico del español de Canarias) ●

manganilla. «Casualidad, azar. “Lo vi de manganilla”» (Pancho Guerra, Obras Completas, t. III, “Léxico de Gran Canaria”) ●

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