Historia Oral

Descalzo por los caseríos de Anaga aprendió el oficio

Vivencias de Florencio Rodríguez, marchante y carnicero en Tenerife

De niño, caminando tras el caballo de su tío Pancho, empezó Florencio Rodríguez (1926-2010) por los campos próximos a Tegueste. Marchante y carnicero, las anécdotas y las risas salpican el relato de sus vivencias en boca de su hermano Antonio, sus hijos Tito y Encho y hasta algún vecino que pasaba a saludar “con ropa limpia” y le encargaba ir a Las Mercedes a recoger unos cochinos, amarrarlos, subirlos al camión y traérselos. [En PELLAGOFIO nº 97 (2ª época, junio 2021)].

Por YURI MILLARES

El año en que nació Florencio Rodríguez Pérez era un tiempo en el que su tío Pancho Zafa abastecía de carne al pueblo de Tegueste, yendo por los campos sobre cabalgadura y ejerciendo de marchante para aprovisionar la carnicería que tenía en propiedad. No había teléfonos, pero siempre había alguien que bajaba al mercado y daba el recado; además, en los encuentros para negociar ya le decían “Pancho, no te olvides que dentro de tres meses vienes, que tengo éste”. Y cuando un animal se partía una pata era urgente avisar y no había otro medio que el boca a boca.

A Pancho Zafa pronto se le unió un Florencio todavía niño. Lo acompañaba a negociar la compra de animales. Iba a pie, descalzo, siguiendo los pasos del caballo sobre el que iba su tío, pero aprendió el oficio. “Tardaban dos o tres días. Imagínate traer un cochino desde Anaga a Tegueste caminando, con lluvia o lo que sea”, relata su hijo Evaristo Rodríguez de León, Tito, al hacer un repaso por las vivencias de su padre. “Pancho tenía dos hijos que no quisieron continuar con la carnicería, así que mi padre se la compró y continuó”, dice.

«¿Tienen hambre?, pues ahí tienen un cochino». Una frase que «los tres hermanos pequeños», dice Antonio, interpretaron de modo literal: «matamos al cochino y nos lo comimos», ríe ANTONIO

Antonio, hermano de menor del marchante Florencio, durante la entrevista en la que aportó su recuerdos. | FOTO ARCHIVO PELLAGOFIO

Florencio era uno de los mayores entre trece hermanos y ya tenía carnicería y matadero cuando los más pequeños vivían aún con los padres. “Yo era el más chico”, dice su hermano Antonio, ahora con 76 años y que apenas tendría diez cuando una mañana pidió comer algo, porque tenía hambre. La madre había bajado temprano al mercado a llevar fruta y el padre les dijo, señalando al animal, “pues ahí tienen un cochino”. Una frase que “los tres hermanos pequeños, que éramos varones”, dice Antonio, interpretaron de modo literal: “matamos al cochino y nos lo comimos”, ríe al recordar la asombrosa anécdota.

“Antes se vendía todo del animal, hasta la cabeza”, dice Tito que conserva esta fotografía de su padre Florencio en la vieja carnicería. | FOTO ARCHIVO TITO RODRÍGUEZ
Con el paso de los años y convertido en marchante, ganadero, lechero y carnicero, se ganó ser llamado “Don Florencio” por sus vecinos, proveedores y clientes; disponía de matadero propio y cuadras con más de un centenar de vacas, muchas de ellas lecheras, que había que pastorear. “Sus vacas producían mucha leche porque siempre decía que «lo bueno y lo malo entra por la boca» y las vacas comían bastante bien”, asegura Tito.

“Tenía fincas arrendadas por Los Manchones y donde le dicen El Infierno para que las vacas pastaran –interviene Encho, el hermano de Tito, que en realidad se llama igual que el padre–. Había que sacarlas de las cuadras entre tres hombres, caminando varios kilómetros con 30 o 40 reses. Siempre hay una directora que tira delante y después se quedaban allá todo el día, excepto las que eran de leche que se traían para poderlas ordeñar”.

Anécdotas de reses que escapaban hay más de una. “Una vez se nos fueron algunas para la carretera y a mi padre se le salía el corazón por la boca: no había el tráfico de hoy, pero había. Y teníamos un guayero* que el hombre no moría de infarto. ¿Qué hace el hombre? Mi padre diciéndole ¡venga, Teodoro, para que no se nos vayan para la carretera!, y el hombre todavía se para, agarra la caja de cigarrillos, coge uno, lo enciende…”, recuerda Tito. En otra ocasión fue un toro el fugado, aunque no fue muy lejos pues acabó con el arigón enganchado en un gallinero.

«Un día le dice don Manuel a mi padre: “Mire, para que vea una cabrita que la quiero quitar”. La respuesta fue: “Te mando al chico”. Sorprendido, el maestro interpela: “Pero si es un niño”», ríe ENCHO

El marchante y carnicero Florencio (2º por la dcha.) y su hijo Encho (4º por la dcha) posan con algunos paisanos en la feria de ganado de la romería de San Marcos (Tegueste, 1971). | FOTO ARCHIVO TITO RODRÍGUEZ

Encho, 14 años más viejo que su hermano Tito, se remonta más atrás cuando revive una anécdota que revela el aprendizaje del oficio de marchante bajo la tutela de su padre. “Un día le dice don Manuel, un maestro de escuela que vivía en El Naciente, a mi padre: Mire, don Florencio, para que vea una cabrita que la quiero quitar”. La respuesta que le dio fue: “Te mando al chico y él la ve”. Sorprendido, el maestro interpela: “Pero si es un niño”. Encho ríe y continúa. “Yo no creo que tuviera todavía 13 años. Cuando llegamos allá vi la cabra y le digo a don Manuel ¿cuánto pide usted por la cabra?”. El diálogo siguió más o menos así:

–Yo de esto no entiendo, ¿tú qué crees? –le dice el maestro.
–No, el dueño es el que tiene siempre que pedir.
–Pues 500 pesetas.
–¡Qué va!, no pesa tanto; si no, no le saca uno dinero: 300 pesetas –contraoferta Encho.
–¿300? No, qué va. Bueno, pues 400.
–Mire, vamos a dejarlo en 350 o mi padre me mata –ríe de nuevo Encho.

“Cuando por la tardecita viene a dar con mi padre, le dice al maestro: «¿Qué, don Manuel, engañó al niño?» Y el maestro le contestó: «No, hoy puedo decir que el alumno engañó al maestro»”, sigue riendo Encho.

Antonio Díaz (en su taller de chapa y pintura) se vio haciendo más de un recado para Florencio cuando pasaba de visita por la carnicería. | FOTO YURI MILLARES
Entre risas también transcurrió la entrevista con un vecino de Tegueste cuando recordó algunas anécdotas que vivió con don Florencio. Antonio Díaz lo conocía desde niño, ya que su padre tenía un camión Dodge y le llevaba hierba seca. Cuando creció, después él mismo le hacía trabajillos en su taller de chapa y, otras veces, le echaba una mano improvisada… “Iba por allí a preguntar por Tito, por ejemplo, y decía «está por ahí» y con la misma añadía: «coño, ¿por qué no vas un momento a buscarme dos cochinitos arriba a Las Mercedes?» Pues a por los cochinos. Había que llevar un camión pequeño Toyota que tenía hasta un sitio, seguir caminando por una vereda hasta donde estaban, amarrar los cochinos por una pata para traerlos caminando al camión, cargarlos y la cosa es que, cuando llegabas de vuelta, también tenías que descargarlos. ¡Y tú que habías ido con la ropa limpia! Yo es que me juntaba con él por reírme, por las cosas que tenía”, dice.

■ HABLAR CANARIO
Ojo vivaracho, pelo liso y mano al lijal

Encho y Tito, los hijos de Florencio que también se hicieron carniceros, posan con el picadero de tronco de eucalipto de su padre. | FOTO YURI MILLARES
El marchante y carnicero Florencio Rodríguez “iba con su coche a ver el ganado y después, si trataba, ya sabes cómo es la gente, eso va a misa”, recuerda su hijo Tito, también carnicero. “Eso nos lo inculcó a todos los hijos, nos enseñó a ser humildes y a trabajar. Te podías equivocar comprando, tanto en contra como a favor, pero la palabra iba a misa y abusar, no”.

Al negociar la compra de una res, normalmente al ojo, “lo que él miraba era que el animal estuviese bien alimentado y tenía una técnica: le agarraba el lijal* (la piel entre el muslo y donde está el ubre) y sabía si el animal había estado más gordo, más flaco. Él me llevaba desde pequeñito con él porque yo era muy preciso en el peso. Como niño me iba probando. Después lo pesábamos en el antiguo matadero y no me descarrilaba, kilo más o kilo menos”.

“Si está flaco el animal no tiene el mismo valor, pero no por el peso, sino por la calidad de la carne”, dice su hermano Encho, que detalla más lo que hay que mirar al comprar una res. “Primero se ve si está sana: si tiene el ojo vivaracho y no triste, el pelo liso. Y para saber si está gordo o no, que está bien cuidado aparte de lo que se ve, te aseguras cogiendo debajo del muslo en el lijal y si hay agarre, pesa”.

*VOCABULARIO
guayero. “Pastor de vacas”, cita el Tesoro lexicográfico del español de Canarias.

lijal. Así llamaba el marchante Florencio Rodríguez a la ingle del animal. En Canarias también se emplea el vocablo verija. El Diccionario histórico del español de Canarias dice: “verija, berija. f. Ingle [= parte del cuerpo en que junta el muslo con el vientre]” ●

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