Historia Oral

Día de playa, cacharra de sardinas y el lino en los charcos

Oficios del mundo rural / Tejedora de lino en La Palma

Aquella primavera de 1997 Rosario Álvarez hacía ya cinco años que no sembraba lino, aunque seguía tejiendo lo que le quedaba. «Quería tener ese recuerdo para mis hijas y que cuando sean más o menos como yo, puedan decir: mamá hizo esto», explicaba mostrando una vieja fotografía de su madre, de quien aprendió. [En PELLAGOFIO nº148 (2ª época, marzo 2026)].


Por YURI MILLARES

Cultivar, curtir, hilar y tejer el lino en el telar de casa era una larga sucesión de trabajos que Rosario Álvarez Lorenzo (1936-2023) vivió desde niña en La Montaña (Breña Baja). «Se sembraba un año media huerta y después al año que viene otra parte, porque chupaba mucho las tierras», me contaba de las labores que practicaba cuando su madre aún vivía y la familia se autoabastecía de tejido de lino para las necesidades cotidianas… ¡y no era poco lo que se hacía con él!

«Todo era para el consumo y para la dote de las hijas. Para el paño de la mesa y, al sembrar trigo, se llevaban las toallas para limpiarse las manos y poder comer. Las toallas de lienzo son bonitas, listaditas, con sus flequitos y todo», decía.

«En la pileta el lino no se torcía con la mano, o más nunca se le desbaratan las arrugas que cogía» ROSARIO ÁLVAREZ

Aquel lino servía, una vez tejido, para muchos usos. Según su testimonio, «era un medio que había en la casa de tener algo: paños para la mesa, el costal para el grano, y como era una casa de agricultura hacía falta la manta para la era». Y a falta de sacos, incluso recordaba «traer papas del campo en un costal de lino, que se hacía en el telar con sus listitas y todo y era para llevar el grano a moler y hacer gofio. Bien lavadito y acondicionadito el lino es muy bonito».

Tenerlo así de bonito y limpio era otra cosa. «Si se te mancha con mojo, le cuesta mucho trabajo salir», ponía de ejemplo. Y es que «el trabajo era lavarlo, porque es muy brusco… y no se lavaba como una pieza cualquiera». Por supuesto, había que lavarlo a mano, pero con ciertas precauciones: Sobre la pileta se iba doblando y frotando, «para que se fuera escurriendo, no se torcía con la mano, porque si se torcía yo creo que más nunca se le desbaratan las arrugas que cogía».

«El día que se quitaban del mar era una cosa bonita, el que tenía lino, porque recogía, y el que no, por bañarse una vez al año» ROSARIO ÁLVAREZ

Entre dos telares, con el retrato de su madre hilando la estopa del lino. | FOTO Y. MILLARES
Otro secreto para tenerlo impecablemente doblado y liso era un buen planchado. «Era más bueno de planchar que hoy, porque las planchas de carbón eran pesadas y se esforzaban más», recordaba.

Playa, higos y baño
Después de sembrar con las primeras lluvias del invierno y arrancar el lino en primavera, a principios de junio «se llevaba a curtir al mar, en charcas, como los chochos*, en el Charco Hondo (donde está hoy el aeropuerto). Era un charconcito que entraba el agua y salía cada vez que subía y bajaba el mar. Había otro sitio por Los Cancajos para la gente de Breña Alta, aunque decían que era peligroso, porque a veces se lo llevaba el mar».

En remojo estaba «veintidós días, prensado con sus piedras, con sus marcas, cada uno tenía su distintivo». Volver a buscarlo coincidía con el día de San Juan, o el domingo más cercano, y casi era una fiesta. Ese «día que se quitaban del mar era una cosa bonita, porque la gente se reunía, el que tenía lino, porque recogía, y el que no, por bañarse una vez al año. Los vecinos bajaban por los senderos en grupos, animados, y por la tarde subían con el lino oreadito. El que tenía bestia llevaba el de él y del vecino». No olvida la última vez que fue a poner el lino en el charco, en compañía de su padre, y al cabo de los días, «cuando hubo que sacarlo nos fuimos todos, con el racimo de uvas, algún higo fresco, una cacharra* de sardinas, mojo, y era un día de playa».

De vuelta a la casa se dejaba otra vez al sol para que terminara de secar. «Se ponía en agua en piletas grandes y se endulzaba. Se probaba el agua, si estaba todavía salada había que cambiarla. Luego se majaba y ya se podía desgranar, sacarlo para seleccionar el lino fino y la estopa, cada cosa por su parte, para hacer el hilado y hervir la madeja con ceniza».

■ HABLAR CANARIO
El veranillo de San Martín tocaba sembrar

«Cuando florece es muy bonito, con la flor del lino azuladita que se cierra al ponerse el sol» ROSARIO ÁLVAREZ

El lino era un cultivo de secano, «pero eran otros inviernos», decía Rosario Álvarez. Por eso se acostumbraba a sembrar el lino «por el veranillo de San Martín, que siempre lo ha habido y se ponían las tierras para eso». Después «venían los tiempos de brisas, que llovía más suave, menos cantidad. Antes llovía más a moderado, porque ahora caen montones de agua y después se acabó».

El último año que había sembrado, antes de aquel 1997, «no me creció porque no llovió; puse un poco en riego, como prueba, y creció altísimo, precioso. Y cuando florece es muy bonito, con la flor del lino azuladita, que se cierra al ponerse el sol y, por la mañana, según le da otra vez, se vuelve a abrir».

No se siega, se arranca
Pasada la Semana Santa, en abril o primeros de mayo se cosechaba. Pero «no es de segar como el trigo. Se le echaba estiércol y crece una hierbita, entonces hay que arrancarlo con poca cantidad en la mano porque, si no, sale con el plastón de tierra. A veces estaba grueso y se podía coger más de una vez, pero si estaba finito, que es lo eficaz, cogía seis».

Después de hilar hacía la madeja y tenía que «echarla a cocinar con ceniza, dentro de una caldera grande, tapadito y apretadito. Se deja hervir por espacio de quince o veinte minutos y luego se deja en la caldera, siempre moviéndolo que no se secara la parte de arriba y se manchara. Se lavaba y se limpiaba. ¡Agua no había que gastar poca para que la ceniza se fuera! No se podía lavar con jabón porque se degramaba y se rompía».

A continuación, sólo quedaba, «después de cocinado, tender con unas pincitas, poner en la devanadera, hacer el ovillo, urdir y tejer».

*VOCABULARIO
cacharra. En Canarias, cacharro o recipiente metálico para líquidos o alimentos. Aquí Rosario Álvarez usa el vocablo para referirse a una lata de sardinas en aceite.

chocho. «Nombre que damos en nuestras Canarias al altramuz» (José de Viera y Clavijo, Diccionario de Historia Natural de las Islas Canarias). «En Gran Canaria es de aplicación constante y exclusiva (…). La razón puede estar en que es fruto de ucho consumo, especialmente como tapa o enyesque». (Pancho Guerra, Obras Completas, t. III, “Léxico de Gran Canaria”) ●

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