Dos baldes de agua, uno para la parra, otro para la casa
Fuerteventura sabe a vino / De la antigua viña de Juan todos quieren varas

Juan Guerra es conocido en Fuerteventura por haber sido el primer repartidor de Seven Up al volante de un pequeño camión, cuando «no había un kilómetro de carretera asfaltado» en la isla, pero entre los viticultores majoreros lo es más por cultivar algunas de las parras más antiguas que rescató de un ‘natero’ de su abuelo. [En PELLAGOFIO nº150 (2ª época, mayo 2026)].

Por YURI MILLARES
Pensionista dedicado a la agricultura «por afición», dice, Juan Guerra era conductor repartidor antes de jubilarse, pero lleva la agricultura en la sangre y nunca ha dejado de trabajar la tierra. «Con menos de 14 años ya me hice gañán —recuerda—. Mi padre preparó dos yuntas: yo tenía la dos reses vacunas y él dos burras. Hombre, una yunta de burro no es una yunta de vaca ni de toro, pero decía la gente que era mejor que un camello, porque el burro tiene la pezuña pequeña y el camello tiene una torta y apretaba la tierra».
Con los 14 años ya cumplidos «mis padres se preocuparon de buscarme trabajo de pinche en un bar; estuve trabajando en varios, me cambiaba porque me subían en el sueldo», ríe. Tras el obligatorio servicio militar lo que hizo fue llevar un taxi, «pero no tenía seguridad social y buscaba estar cubierto».
«Yo cargaba el camioncito en Puerto y tardaba cuatro horas en llegar a Morro Jable»JUAN GUERRA
La oportunidad se presentó cuando la empresa que embotellaba y distribuía la marca de refrescos Seven Up abrió una delegación en la capital majorera en 1970: Juan iba a ser el repartidor los siguientes 35 años. «Yo cargaba el camioncito en Puerto, hacia una paradita en Tarajalejo, otra en La Lajita y tardaba cuatro horas hasta llegar a Morro Jable. En el año 70 no había un kilómetro de carretera asfaltado. ¡Ni uno! Todo era tierra, tierra, tierra». Hoteles casi no había. «Estaba el Casa Atlántica, el primer hotel que se hizo allí, y el Jandía Playa. Y después el pueblo de Morro Jable, el pueblo era otro mundo», detalla.
En ese tiempo el reparto iba a las tiendas de los pueblos y a algunas casas de comida famosas de la época. «En El Castillo no tenía más que un cliente, Frasquita, que le vendía una cajita de Seven Up. Y después iba al Cotillo, que tenía a Mariquita Hierro, lo mismo. Hoy El Castillo [de Caleta de Fuste] se lleva un camión de refresco o dos».
Luz por tierras
Nacido en 1942 en Valle de Santa Inés e hijo de un medianero, nunca olvidó sus orígenes: su querencia por la tierra pronto tuvo consecuencias. «En 1973 compré esto, un barranco pelado. Era un tablero*, un lomo que no valía nada —y le cambió a su madre por un grupo electrógeno para que tuviera luz—. Ni había casa, ni había nada. Cuando ahorraba un duro, lo invertía aquí: en un tractor, hice un almacencito, un depósito de agua…», dice una mañana de final del invierno de 2026 que lo visito.
«De doce casas de familia, por lo menos cuatro hacían vino en Almácigo en los años 50. Veía los racimos colgados y se me iban los ojos»JUAN GUERRA
Es época de poda en la viña y lleva pocos días en ello. Estamos en un barranquillo de nombre Chaparrillo (entre el Valle de Santa Inés y Almácigo), y lo que era ese «barranco pelado» con algunas higueras en el cauce, es una finca de gavias con toda clase de frutales, papas y ordenadas filas de viña cuyas varas tras la poda vienen a pedirle muchos viticultores, para tener de las parras de su abuelo.

De aquello, sin embargo, «no queda nada, ni los que hacían el vino, ni sus parras; eso se perdió todo», añade, pero ese recuerdo debió marcarle… además de la viña de su abuelo materno, como veremos.
«Desde que lo compré empecé a plantar parritas y tengo cerca de 500», explica en El Chaparrillo. ¿Dónde obtuvo las varas de ese viñedo que cuida ahora con tanto mimo? Señala entonces a una de las laderas del pequeño barranco donde estamos y —con el característico vocabulario diminutivo afectivo con que se expresa el isleño— dice: «Mire allí, donde está la paredita aquella, allí hay un naterito*. Un naterito es una pequeña gaviecita* que está en una cañadita. Aquello era de mi abuelo y lo tocó de herencia a un tío mío. Y después mi tío se lo vendió a otra persona y a esa persona yo se lo compré».
En ese naterito sujeto por un bancal de pocas piedras sitúa «las parritas, que todavía están allí, de mi abuelo». ¡Que siguen ahí de chiripa! «Se me han perdido muchas, porque son parras muy viejas y porque mientras fueron de ese tío mío estuvieron muchos años abandonadas. Pero me quedan algunas y yo he plantado más». ¡Cuando poda vienen viticultores de toda la isla que lo conocen a pedirle varas para sus viñedos!
¿Variedades? «Ahora se han hecho estudios y parece ser que es un listán negro, pero la gente la llamaba hoja de moral, una variedad que no existe. La conclusión que yo saco es que la gente la llamaba así porque la hoja se parece mucho, en color, en forma y en todo, con la hoja del moral». También tiene moscatel, que sí era conocida por su nombre, y «aunque era muy rica, la gente le tenía poco cariño porque dependía de si llovía, si no, la parra no granaba el racimo».
Desde ese pequeño viñedo hacia abajo hasta el cauce del barranco, herencia que le tocó a su madre, la ladera, dice, «no servía para regar, sino para sembrar cebada y trigo». Aun así, su abuelo tenía «un pocito nada más que para beber: un día vino, escarbó, escarbó, y por un rinconcito encontró un chorrito de agua y así se quedó». Junto al pozo «tenía una parra de moscatel, ahí está, todavía vive, y él venía [desde Valle de Santa Inés] y sacaba un baldito de agua para la parra y otro para él y se iba para la casa con el baldito de agua».
Años buenos y años malos en la vida del majorero
«Empezamos de cero: lo primero fue un burriquito, después mi padre ya se fue recuperando y llegó a tener hasta tres reses vacunas» JUAN GUERRA
Medianero de labranza de sequero (cebada, trigo y legumbres) como otros muchos majoreros, el padre de Juan Guerra tenía que disponer de yunta propia. «Tenía una camella y un burro que una vez me dio una patada y me partió el labio», recuerda de aquel encontronazo cuando era niño. Ya entonces oyó hablar de los años buenos «que se cogía cebada, trigo y legumbres y teníamos con qué hacer un potaje y con qué hacer gofio, que era la base de la comida»; y los años malos, cuando no llovía y «había que ir a las islas capitalinas».
Y, en efecto, llegó un año de esos en los que no había con qué hacer gofio ni paja que echar a los animales, «y terminamos porque mi padre tuvo que vender la yunta para ir a trabajar en galerías en el monte, en Güímar, y nos llevó a todos a Tenerife».
Apenas estuvieron un año. «Llueve en Fuerteventura, para Fuerteventura otra vez, pero en la casa de donde nos habíamos marchado había otra familia». De Casillas se fueron entonces a Almácigo, donde su abuelo les cedió una finca con gavias y una casa «de esas que decíamos de mojinete*», con una sola habitación grande disponible. «Tenía otras habitaciones más, pero estaban destelladas*. Y allí nos refugiamos».
Tenía Juan ocho años y «allí empezamos de cero: lo primero fue un burriquito, después mi padre ya se fue recuperando y llegó a tener hasta tres reses vacunas». Aún no había cumplido los 14 cuando, dice, «me hice gañán» y se ocupaba de arar con una yunta de vacas.
| *VOCABULARIO destellado. Del port. destelhado, sin techo (sin citas en diccionarios del español de Canarias). gaviecita. Dim. de gavia. «Parcela de terreno para cultivar, bordeada por un caballón de tierra, que se riega por encharcamiento con el agua de lluvia» (en Diccionario Básico de Canarismos). mojinete. «Tejado a dos aguas» (en ídem). naterito. Dim. de natero. «Terreno situado junto a un barranco de donde toma agua» (cita el Tesoro lexicográfico del español de Canarias). tablero. «Terreno llano que puede ser cultivado (…) en la ladera de una montaña. Es un término frecuente en la toponimia de Fuerteventura y Gran Canaria» (Diccionario histórico del español de Canarias) ● |



