Historia Oral

El cuchillo de la platanera y los secretos del temple

Oficios del mundo rural / Herrero y forjador en La Palma

Tenía 66 años recién cumplidos la tarde de mediados de 1998 que lo entrevisté. Desde los 14 años trabajando en herrerías. A tan temprana edad, como aprendiz. Pedaleaba los 12 kilómetros que había desde su casa en La Sabina (Villa de Mazo) hasta la herrería en Santa Cruz de La Palma donde aprendió el oficio y los secretos del temple. «Me pagaban la guagua, pero yo iba y venía en bicicleta y me ahorraba el dinerillo». [En PELLAGOFIO nº126 (2ª época, febrero 2024)].

Por YURI MILLARES

Claudio Zenobio de Paz Rodríguez me contó (y escribí entonces) que «allá donde ha residido, a la casa no le ha faltado una fragua y un yunque donde hacer pequeños trabajos, aunque estuviera empleado para alguna empresa con la que cumplía un horario laboral y realizaba tareas siempre relacionadas con esos metales al rojo vivo moldeados a golpe de martillo».

Tenía este herrero corpulento, nacido en 1932, anchas manos. Sitúa en los años 40 aquellos pedaleos para acudir a su cita con el trabajo de ayudante de herrero, en una empresa de la capital palmera. Recorría aquella distancia por una pista de tierra hasta llegar a la entrada a la ciudad, donde ya había asfalto. «De cuando se asfaltaba a mano, no con máquina. Que esa empresa donde yo trabajaba ya asfaltaba carreteras con las calderas, calentando el piche* y eso. Yo preparaba las bombas y esas cosas».

Claudio Zenobio de Paz, dándole forma a una podona sobre el yunque.. | FOTO Y. MILLARES
Deseando, de «siempre, trabajar en esto de herrero», se presentó un día en dicha empresa «ante el patrón y le dije si me daba trabajo de ayudante. Y me lo dio, ganando nueve pesetas al día, que era un sueldo bueno». Allí estuvo «un montón de años» y fue ascendiendo de aprendiz a encargado con ayudante a su cargo. Esa experiencia le sirvió para continuar por otros talleres hasta que se decidió a volver «a lo antiguo» en la herrería.

Sin soldadura
«Eso se va a acabar, porque es un trabajo que lleva remachado, sin soldadura y sin nada. Es a mano. Desde que lo sueldes ya lo echó a perder», señala a unas cerraduras con mecanismos antiguos. Zenobio de Paz, además de asegurar la pervivencia de una profesión artesana que produce unas piezas únicas y duraderas, realiza una labor de reciclaje de objetos metálicos de desecho. «Mira, los muelles de los coches, las ballestas —señala a un rincón de su taller—. Se enciende la fragua y a dar martillo», resume de forma muy explícita.

Nada de sencillo tiene lo que hace: la precisión también es un arte sobre el yunque. «Sí, coger una pieza de estas y dejarla así —coge una hoja de cuchillo que hace sonar con la uña— lleva su trabajo». Para ello, dice, hay que conocer «los secretos para los temples, que según la herramienta que se haga hay que darle el temple». Porque él diferenciaba el temple de cada cuchillo: según qué se vaya a cortar la hoja tiene que ser de unas características muy concretas y precisas.

«Hay quien dice que “este cuchillo está blando por un sitio y duro por otro, es cosa del hierro”». Pues no: «Es cosa del que lo templó»

«Si es platanera, lleva un temple; si es para madera verde otro; y si es para madera seca otro. Porque no pueden ser templadas igual, que es lo que ocurre con los machetes que vienen de fuera, templados en un horno y todo igual». ¿Qué ocurre con esos machetes sin temple específico?, me preguntaba yo al escucharlo. «Con un machete templado fuerte lo llevamos a la platanera y corta, no se parte; pero lo llevas a un palo duro y se parte».

Ahí entran en juego los secretos del herrero «con su agüita y su cosa», advierte. «Eso la tiempla uno con agua y según va probando va dando temple. La platanera es una planta que —sorprendentemente, pues su tallo es de fibra— daña mucho la herramienta. Es por la badana* que tiene —el dichoso tallo—: la herramienta enseguida pierde el filo, hay que darle un temple bastante suave y sobre lo fuerte para que aguante, porque si no acaba el señor con el cuchillo en una semana».

Después, continúa, «para los cortadores de monte, los machetes y las podonas llevan un temple un poquito más suave, pues al cortar puede partir, porque es pieza dura».

Cuestión de honor
Otro secreto con los cuchillos. «Casi siempre los templo por la noche, porque ve usted el hierro: si está caliente es parejito, se ve perfectamente. Porque hay quien dice que «este cuchillo está blando por un sitio y duro por otro, es cosa del hierro”». Pues no. «Es cosa del que lo templó. Si no está en caliente todo igual, no queda templado igual». Para él es una cuestión de honor trabajar bien una pieza y dársela con todas las garantías al cliente.

Si se estropea, él la vuelve a arreglar porque se considera responsable de ella. Por eso marca cada pieza con su propia señal.

«A todas le hago yo tres unos», dice. Y relata a continuación cómo «aquí había un señor con una ferretería que me compraba herramientas a mí y a un herrero de Garafía que hacía muy buenos machetes y ya murió. Estaba vendiendo los machetes míos como que estaban hechos por el de Garafía y yo me enteré. Fui [a verlo] porque me pareció mal. Porque si salía bueno era hecho mío, pero si salía malo era hecho mío también y le estaba quitando la fama al otro, o dándosela. Y digo, la herramienta mía se marca. De eso hace muchísimos años».

■ HABLAR CANARIO
Mulas y burros iban cada mes a ponerse ‘zapatos’

En cada casa había una o dos bestias y una herradura duraba, asegura, «un par de semanas». Se caminaba mucho con ella y hay mucha piedra en los caminos

Claudio Zenobio de Paz es el único herrero de cinco que quedaban en la Villa de Mazo cuando lo entrevisté. Y uno de los últimos en la isla de La Palma. «Todo el mundo tenía bestias y habíamos más herreros —y los cita uno a uno—: los Ortega, Máximo, José Ana y yo. Estuvo también Juansón, pero poco tiempo».

En cada casa había una o dos bestias y una herradura duraba, asegura, «un par de semanas». Se caminaba mucho con ella, hay mucha piedra en los caminos «y se gastan». Todos los meses no fallaba la visita al herrero, «había que ponerle un par de zapatos». Y todo se hacía a mano, como el tornillo para amarrar el ganado, la podona o la hoz, también la herradura y hasta los clavos. Eso aún en los años cuarenta y cincuenta. «Del sesenta para arriba ya empezó a menos. La bestia ahora es el jeep*».

«Cuando tenía la herrería en La Sabina —el 25 de mayo de 1998, fecha de la entrevista, estaba en Montes de Luna— tenía un muchacho conmigo, porque para herrar a una bestia hacen falta dos. Y cuando trabajaba en La Palma, todos los sábados nos quedábamos para herrar las bestias. Ganado no, porque para herrar ganado hace falta el cepo y yo no tenía».

*VOCABULARIO
badana. Tira seca de rolo de platanera (el tallo). «La badana es la garepa de la cepa —me decía Baudelario Rodríguez Acosta [5 de noviembre de 1997, Argual]—. Se corta, se raja, se echa al sol, se recoge ya en buena sazón y luego para trabajarla se humedece». Este trabajador de la platanera la usaba para «mesas de noche, cestones grandes para ropa sucia, cestones pequeños, cestitas de asa, costureros, cajitas para tabaco, en fin, un montón de aplicaciones».

jeep. Vehículo todoterreno (voz inglesa reconocida ya por la RAE, de uso frecuente en Canarias).

piche. «Asfalto o alquitrán». Del inglés pitch (brea) directamente, o a través del portugués piche (‘especie de alcatrão…’). Varias citas en diccionarios «del español de Canarias». También se emplea su forma verbal, empichar.

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