En casa no, pero en el restaurante… ¡unos escaldones de miedo!
Oficios del mundo rural / Maestro molinero en El Sauzal (Tenerife)

La bajada del consumo de gofio en las Islas ha reducido el número de molinos de varios cientos que había a una treintena en todo el archipiélago. «Se comía a diario, pero la gente ahora se pide los escaldones en el restaurante que ¡mi madre! y no lo vuelven a comer hasta que regresan al restaurante», dice el molinero Eduardo Afonso. [En PELLAGOFIO nº147 (2ª época, febrero 2026)].

Por YURI MILLARES
A la entrada del molino de gofio de El Sauzal todavía se pueden ver algunas personas que llegan con su saquito de grano a tostar y moler para el consumo de casa, como el día que visito a Eduardo Afonso, el propietario y maestro molinero. «Ya van quedando muy escasos así», sonríe. «Hay gente que trae millo, trigo, o quieren que le añada garbanzo y trigo a su millo. Yo les cobro el servicio, “es tanto” y lo normal es que lo dejan y se lo preparo. Pero antes la gente mayor esperaba horas».
Hasta no hace mucho también era habitual que le llegaran con una media de 10 a 12 sacos diarios; en la actualidad le llegan uno o dos y no siempre. «Ayer mismo, por ejemplo, no vino nadie», dice. La mayoría prefiere comprar un kilo cada una o dos semanas en vez de traer un saco de su propio grano, explica. Para empezar, porque ya ni siembran.
«Recuerdo que había mucha gente que podía gastar 40 o 50 kilos en 15 días, le echaban gofio a todo. Absolutamente a todo», confirma su propia experiencia la catadora de gofios Lola García, sobrina nieta de molinero, que me acompaña en la visita y recomienda: «Hay que comer algún pan con mantequilla y gofio, mojado con leche, está rico», sonríe ella también.
La retahíla de platos da hambre al escucharle: «Con carne conejo, la pelota gofio; hay encebollado, la pelota gofio; con cazuela, gofio…»
Criado con desayunos de leche de cabra y gofio, Eduardo reconoce que ya no lo toma así porque la leche le hace daño. Pero sí con una retahíla de platos que da hambre sólo de escucharle hablar: «Con una carne conejo, la pelota gofio*; hay un encebollado, la pelota gofio; unos tollos, la pelota gofio; cuando hay un potaje y la carne gorda, gofio; una cazuela, gofio; y, evidentemente, escaldones. Y aunque parezca mentira, cuando voy al restaurante siempre pido el escaldón». Lo dicho, es escucharlo y salivar.

Las nuevas generaciones no sólo no comen casi gofio, tampoco se dedican a la agricultura y se nota en la dificultad para conseguir grano local. «Cuando yo empecé, se juntaba la cosecha anterior con la cosecha nueva. Me acuerdo de ponerlo en los silos (que están inutilizados hoy), llenarse y decir, “no podemos más, no tenemos donde ponerlo”. Y hoy deseando que te lo traigan». El último año, el gofio de millo del país le duró cuatro meses, el anterior le duró apenas un mes.
De tan escaso, a veces llega quien que no se acaba de creer que todavía existe. «La gente confía en nosotros, sabe que no la engañamos. Si alguien dice que no se lo cree le decimos: “Abre el saco que quieras. Y mira el de fuera, para que veas la diferencia”. Utilizamos millo y trigo de aquí y cuando no tenemos granos del país, utilizamos el español, sobre todo de Andalucía, parte de Cataluña, y cuando falla, el francés. Creo que el millo español es mejor, es más nuevo y viene más rápido —argumenta— que el de centro y este de Europa o Argentina».
Entre el traqueteo del molino y de la tostadora, la conversación deriva de lo sabroso que es el gofio con grano local, a la importancia del consumo en el pasado y la calidad de su alimento.
—En Canarias el gofio ha sido un producto que, como las papas, mataba el hambre. Sobrevivimos a una guerra porque comíamos papas y gofio y por eso teníamos la media de altura en aquella época que teníamos. Mi madre medía un metro setenta y cinco, mi padre un metro ochenta. Quiero decir, hubo una época en que los canarios se alimentaban mucho mejor que los peninsulares y la base práctica era gofio y papa —describe Lola.
—¿Cuánto medía el guanche? —apostilla el molinero.
Asombrado
Reconoce Afonso que hay cosas que escucha que no dejan de asombrarle cuando de gofio se trata. «Ahora, por ejemplo, está lloviendo y sé que apetece más. Pero cuando dicen: “¡Ay, sí, está el tiempo para escaldón! Yo hace más de dos meses que no lo como”. ¿Dos meses? —se sorprende—. Y cuando vienen jóvenes y dicen: “A mí no me gusta el gofio”. ¿No te gusta con la leche? “No, pero me gusta el escaldón”. ¡Entonces te gusta el gofio!».
Y después, añade, «el rendimiento que da» y compara previos. «El gofio del país está a 3,50 [el kilo] y el otro a 2,40 y te dicen “ya no se puede comer gofio”. Cuánto tardas en gastar un kilo de gofio? Vale menos que el desayuno de un día en un bar que, además, no es sano».

Su padre, Ernesto, ya jubilado, lo consume de millo, pero es más afortunado y siempre tiene del país. «Tiene 84 años y todavía cosecha, recoge más o menos unos 50-60 kilos. Antes se metía en bidones, hoy lo metemos en botellas para que no se pique, él congela el grano y tiene gofio del país todo el año».
Más de 45 años con la misma piedra de moler
«Antiguamente eran de cantera natural, lo que pasa es que por el mucho trabajo que había y que eran más blandas, se desgastaban muy pronto»EDUARDO AFONSO
Los dos juegos de piedras con que cuenta el molino de gofio de El Sauzal «tienen más de 45 años. Es piedra que aguanta», dice Eduardo Afonso. «Antiguamente eran de cantera natural, lo que pasa es que por el mucho trabajo que había y que eran más blandas, se desgastaban muy pronto. Había que picarlas cada tres semanas o un mes para pronunciar la estría». Las que tiene ahora, de Alemania, «son de conglomerado y pasa un año y no se pican». Entonces utilizaban picareta, ahora martillo eléctrico.

Cuando viene algún vecino a tostar su propio grano para que le hagan el gofio de la casa, «le decimos que tienen que ser por lo menos 10 kilos. Si es menos, al ser el bombo de tres metros y pico de largo, se quema. Puede durar 10 minutos en hacer esa cantidad. El bombo tiene una capacidad de 20-25 kilos y siempre está girando».
Desde 1960 con los Afonso
El origen del molino de gofio lo sitúa su actual molinero, Eduardo Afonso, a finales de los años 30 o principios de los 40. «Por ahí empezó más o menos, que era de otra gente, los Padilla, los Carrillo». Fue en 1960 cuando su tío Manolo lo cogió, estando todavía en su primera ubicación en la orilla de la carretera general del Norte, en Tenerife. «Mi tío y mi padre se llevaban pocos años y desde que mi padre hizo el servicio militar, ya se quedó con el molino», dice.
Eso fue en 1964 hasta que en 1983 su padre, Ernesto, se trasladó a la actual ubicación, bajando por una cuesta detrás de esa carretera. «Arriba era arrendado, pero aquí mi padre pudo edificar». En este molino «se jubiló hace 18 años y yo soy la segunda generación, he querido mantenerlo lo más tradicional posible», apunta Eduardo.
| *VOCABULARIO pelota (de) gofio. En Tenerife, la pella de gofio. «Gofio amasado con agua, moldeado con la mano, para comer en vez de pan. (…) A las “pellas” se les puede añadir, en el momento de hacerlas, un poco de aceite o manteca de cerdo, para que queden más “amorositas”. Las “pellas” dulces son las que llevan miel, azúcar o plátanos maduros, según la comida que se vaya a tomar», cita a varios autores el Tesoro lexicográfico del español de Canarias» ● |



