En la isla de Lobos, papas, cabras y hasta palmeras grandísimas
Antoñito El Farero, toda una vida en territorios cada vez más diminutos

Con todo lo pequeña que es y ya hace más de dos mil años que allí se instaló un asentamiento romano. En el siglo XX quien se estableció en los 4,68 km² de la isla de Lobos fue Antonio Hernández Páez (1913-2001), siendo testigo de todos los intentos de desarrollar alguna actividad económica durante el siglo XX que nunca prosperaron. [En PELLAGOFIO nº145 (2ª época, diciembre 2025)].
Por YURI MILLARES
Conocido como Antoñito El Farero, lo suyo debía ser vivir en islas muy pequeñas: nació en La Graciosa (apenas 29,05 km²), como miembro del Cuerpo Auxiliar de Faros en 1936 ya estaba destinado en Alegranza (10,2 km²) y en 1937 con apenas 18 años de edad llegó al destino del resto de su vida, Lobos (4,68 km²).
«Antoñito todos los días se recorría la isla de Lobos buscando jallos*, restos de naufragios», recuerda de él Pedro Cabrera, el torrero destinado allí en los años cincuenta, con quien Antonio Hernández ejerció de ayudante de farero. «Fue mi ordenanza durante siete años. Le decían El Farero con cierta razón aunque no era técnico, porque estuvo mucho tiempo ahí y cuando la Jefatura de Las Palmas creyó conveniente sustituir al técnico y quedara sólo el ordenanza (porque se puso un faro automático), la gente al ordenanza le decía farero o torrero».
Decía que a su llegada, aquel lejano 1937, conoció a alguien cuyo padre había visto lobos marinos en la isla

A Antoñito lo conocí en 1992, cuando a Lobos llegó un equipo de científicos a estudiarla por encargo del Gobierno de Canarias. Durante un par de días los acompañé en sus recorridos por la isla, siempre junto al viejo farero, que era su mejor (y casi único) informante en aquella isla casi deshabitada. Un estancia apasionante que se tradujo en varios reportajes.
Decía que a su llegada, aquel lejano 1937, conoció a alguien cuyo padre había visto lobos marinos en la isla. Él nunca los vio, pero sí ha convivido con los restos de los sucesivos intentos de quienes quisieron impulsar algún tipo de actividad económica sin éxito. Es como si la isla se haya resistido siempre pasivamente.
Contaba, por ejemplo, que hasta allí llevó un medianero en una ocasión unas 40 cabras. «Duró poco, porque no había agua y hubo que traerla de Lanzarote», decía Antoñito: seis meses después se las llevaron. En muchas hoyas donde ahora crece vegetación propia del lugar, aseguraba que se llegaron a plantar papas, parras, perales, almendreros, incluso coles. «Tuvimos palmeras grandísimas», dijo también.
Leña de tabaiba para panaderías
En los años veinte y treinta se cogía la tabaiba como leña para las panaderías de Lanzarote. Entre el morro de la Morada y Las Lagunetas encontramos una hoya poblada por un extraño bosquete de piteras. En invierno son especialmente visibles, cuando crece el pitón que sirve de soporte a sus flores. Fueron plantadas a mediados del siglo XX para emplear su hoja en la fabricación de hilo y por ser buena planta forrajera para el ganado.
Entre la playa de la Concha y la montaña de La Caldera sigue ahí uno de los proyectos más ambiciosos: unas salinas

Pero entre la playa de la Concha y la montaña de La Caldera sigue ahí uno de los intentos más ambiciosos por promover una actividad productiva en la isla. A mediados de los años cuarenta, Andrés Salas (uno de los propietarios que ha tenido la isla), encargó la construcción de unas salinas para suministrar a las industrias de salazón de pescado. Desde Janubio, en Lanzarote, vinieron especialistas para construirla. Se instaló un molino, se excavó un pozo, se construyeron cocederos para calentar y evaporar el agua, pero, antes de entrar en funcionamiento, las fábricas de hielo acabaron con el negocio de la sal. Las salinas de la isla de Lobos, instaladas en la punta del Marrajo quedaron como recuerdo de un proyecto frustrado, mientras el molino emprendió el camino de regreso al lugar de donde había venido.
El aceite de pardela, para catarros y golondrinos
Los paseos por Lobos en compañía de Antoñito el Farero, anotando todas las informaciones que su memoria aportaba, tenían como compañía en el cielo numerosas aves. Precisamente caminando junto a la abandonada plantación de piteras sobrevoló al grupo un grupo de ellas. «La isla está minada de gaviotas desde que cerraron las fábricas de pescado en Lanzarote», comentaba sin dejar de andar.
Gaviotas y pardelas «no se deben cazar, porque avisan del pescado»
Al igual que las pardelas —que vimos anidar cerca de las chozas de los trabajadores portugueses que construyeron el faro entre 1860-1865—«no se deben cazar, porque avisan del pescado», señaló, recordando que conoció otros tiempos en los que en Lobos se llegaban a cazar hasta 1.500 pardelas por temporada (en Alegranza la cifra se multiplicaba por diez), para salar y para coger el aceite que, presionando del cuello, sale por el pico.
Los cazadores «llevaban botellas colgando en la cintura para llenarlas de aceite, que se vendía en las farmacias», por sus cualidades curativas «para el catarro y los golondrinos», relataba.
Nidificaban otras dos especies de pardela que se extinguieron: la pardela del jable y la pardela del malpaís
Su caza está prohibida desde 1988, aunque el furtivismo siguió activo un tiempo. Sus amenazas actuales, sin embargo, son los gatos cimarrones.
En el Archipiélago nidificaban otras dos especies de pardela que se extinguieron y de las que sólo hay rastro en yacimientos paleontológicos de Fuerteventura y Lanzarote, señala Sofía Menéndez en «Acosadas desde tiempos de los aborígenes».
Se trata de la pardela del jable (Puffinus holeae), extinguida tras la llegada de los primeros pobladores a las Islas porque la comenzaron a consumir, y la pardela del malpaís (Puffinus olsoni), de la que también se alimentaron los aborígenes hasta el siglo XIII, en este caso la extinción se relaciona con la introducción de ratas y gatos que llegaron por el contacto europeo.
| *VOCABULARIO jallo. «Objeto arrojado por el mar a una playa» (Diccionario histórico del español de Canarias) ● |



