Historia Oral

En mula o en camión, las tejas son para el verano

Las vivencias de José Castellano, tejero en el norte de Gran Canaria (1)

Entre 1941 y 1968 José Castellano construyó cientos de miles de tejas que sirvieron para techar casas e iglesias por el norte y centro de Gran Canaria. Era un trabajo que no podía realizar en invierno porque las secaba al aire, pero su camión no descansaba llevando y trayendo trabajadores del campo a la ciudad. [En PELLAGOFIO nº 92 (2ª época, enero 2021)].

Por YURI MILLARES

Hasta los años 70 del siglo XX, el norte de Gran Canaria concentró la actividad de numerosas pero muy pequeñas industrias dedicadas a la fabricación de tejas y ladrillos que, durante siglos, surtió gran parte de las necesidades de la isla. El oficio desapareció y con él los propios hornos donde se guisaban estas piezas, abandonados, olvidados y, en muchos, casos derruidos.

A José Castellano (97 años ya avanzados y una memoria que no olvida), lo conocían sus vecinos en El Palmital de Guía como Pepe el de Diego (por el nombre de su padre) o como Pepe el de Candelaria en Moya (de donde era su madre); incluso había quien lo conocía como Pepe el de Fina, pero todos sabían de él como Pepe el Tejero. Con 18 años aprendió el oficio de constructor de tejas en un viejo horno que funcionaba cerca de donde vivía y, salvo el paréntesis del servicio militar, es a lo que dedicó gran parte de su vida laboral durante casi tres décadas (de los años 40 a los 60). En 1958 se hizo construir su propio horno sobre plano, en un proyecto que le firmó un perito industrial, cosa que “no tiene ningún horno por aquí, nadie”, insiste.

«Yo conocía la falta que tenían los demás hornos; el mío lo hice más pequeño de arriba, así quemaba más parejo»PEPE EL TEJERO

“En el horno mío el plano dice mentiras –dice mostrando las amarillentas hojas del proyecto original con la memoria y los planos que todavía conserva–. El perito que me hizo eso no era muy conocedor y ponía lo que le parecía. Antes eso no estaba en Industria, cada uno lo hacía como podía”. Al margen de los planos, en realidad él levantó el suyo 80 cm más alto de los siete metros previstos y le dio forma más troncocónica. “Lo hice distinto, ya yo conocía la falta que tenían los demás hornos porque había estado trabajando en ellos. El mío lo hice más pequeño de arriba y más ancho de abajo, así quemaba más parejo”.

Pepe el Tejero rellena la gradilla (el molde metálico con las medidas de la teja); al lado tiene el garapo, el molde de madera que le da forma curva. | FOTO ARCHIVO FAMILIA CASTELLANO
Los demás hornos, describe, “eran igual de abajo que de arriba, la parrilla*, abajo, eran tan ancha como el horno y el fuego juyía de allí”. Esos otros hornos eran muy antiguos, estructuras centenarias que se seguían reutilizando. “Los viejos antes hacían una hornada de tejas y tenían para tres años, y las iban cambiando al que hiciera algo: 100 tejas por un saco de millo en aquellas épocas de miseria. Cuando yo no había ya eso, pero lo oía decir”, hace el cuento.

“Esos hornos estaban aquí –señala Pepe el Tejero a su alrededor–, sacaban la teja con bestias para la carretera para después vender. Primero en esa época la sacaban con mujeres, cargando las pobres a perra chica cada teja, para llevarla de allí a la carretera. El mío, donde yo lo hice, el camión arrimaba el culo”.

«El año 1968 fui yo quien le dijo: “Pa, deje todo eso, que es mucho el trabajo para el dinero que da”»JOSÉ CARMELO CASTELLANO

“Llegó a tener tres camiones y con ellos llevaba teja –me explica José Carmelo, el hijo–. Pero primero empezó a trabajar con el camión llevando todos los días por la mañana a la gente de los campos a trabajar. Luego le hacía a don Juan, que era un inglés, trabajos en Las Palmas para llevarle arena, bloques y lo que hiciera falta. Por la tarde, otra vez cogía el camión y venía repartiendo la gente a los campos. Antes no había guaguas y los camiones tenían unos bancos dentro. En el tiempo libre se dedicaba a hacer las tejas durante el verano; en el invierno no se podía, porque como hay que ponerla en el mantillo*, como le cayera una gota la estropeaba”.

Aquel era conocido como “el camión de Pepe el de Diego”. Estuvo haciendo tejas, dice, “hasta el año 1968, que fui yo quien le dijo: «Pa, deje todo eso, que es mucho el trabajo para el dinero que da». Empezó a venir teja de fuera que valía la mitad”. Hasta entonces hacía 140 mil tejas al año y “vendía todas las que tenía hechas”, asegura su hijo.

■ HABLAR CANARIO
El cura de San Mateo no le quería pagar las tejas

Pepe el Tejero fabricó la teja que hay en iglesias como las de San Agustín (Las Palmas), San Pedro (La Atalaya de Guía) o San Isidro (Gáldar). En Las Palmas, también las de Monte Coello (Monte Lentiscal) “que llevaba 14 mil tejas y yo le vendí 12 mil y las demás se las vendió otro” y la de Jinámar “que me la compró la marquesa”, repasa. Pero la que le “costó un disgusto”, dice, fue la teja que vendió para la iglesia de San Mateo. “En aquel tiempo los curas hacían lo que querían y el de San Mateo no me pagaba. Me faltaban dos viajes de tejas, a suponer 12 mil tejas, para terminar la iglesia y ya tenía hasta quitada la vieja que tenía. Y yo pensé, «pierdo eso, pero más no le llevo». Iba cada poco allá y no me pagaba”.

Viéndolo rondar la iglesia a la espera del cura con cara de preocupación, un vecino lo llama a su negocio, una tienda de aceite y vinagre. “Me saca una silla y dice «siéntese ahí hombre». Entonces díceme: «Le voy a hacer una pregunta, que eso a mí ni me va ni me viene, pero quiero que me diga la verdad. Lo he visto unas cuantas veces ahí esperando al señor cura». Yo no sabía con quién estaba hablando. «Ese hombre no le paga a usted la teja, ¿verdad que no?». Me añurgaba* decirle que sí porque a lo mejor era un amigo de él, pero dígole: verdad es que no”.

Aquel buen señor le dijo entonces: “Ahora va usted a hacer lo que le voy a decir. Cuando el cura venga para acá usted se está aquí sentado, para que lo vea conmigo, y de aquí se marcha para su casa. Déjese estar cuatro o cinco días y después viene”.

Así lo hizo. “Me marché y cuando volví me dijo: «Ahora va usted a la casa del cura y le dice que le pague y que, si no, baja a hablar con el obispo, porque él no tiene permiso para eso y el dinero que va a echar ahí el obispo quería que lo gastara abajo». Ende que le dije eso fue y pagó el jodío cura”.

*VOCABULARIO
añurgado, da. “Muy apenado, desconsolado, de ordinario a causa de un acontecimiento desgraciado”, explica la Academia Canaria de la Lengua en su página web.

mantillo. “Sombrajo para que las tejas se sequen antes de meterlas en el horno” (CanariWiki, Gobierno de Canarias). También, “terreno plano donde se deposita la teja después de sacarla de la horna”, cita el Tesoro lexicográfico del español de Canarias.

parrilla. En el horno de tejas, armazón de piedra de cantería bajo el que se ponía la leña y sobre el que se apoyaban las tejas. El que José Castellano se construyó en Lomo de Las Zarzas, en El Palmital (Guía) en 1958, tenía 120 agujeros, “agujeritos por donde sale el fuego; se pone de cantería y hay que tener en cuenta que sea una cantería que no estalle con el fuego”, dice ●

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