Historia Oral

Ensopado y mirando de reojo a las corujas del cementerio

Oficios del mundo rural / Canalero en Tacoronte y Valle de Guerra

Una película de su vida bien podría titularse «En busca del agua perdida». Repartidor de agua de riego como lo fue su padre y su hermano, Juan Miranda recorría las acequias en busca de las continuas pérdidas por obstrucciones y roturas, ya fuera de día o de noche, lloviera o hiciera sol, con el pico y el saco de cemento. [En PELLAGOFIO nº151 (2ª época, junio 2026)].


Por YURI MILLARES

Aunque con tan solo 14 años se abrió paso en el mundo laboral aprendiendo el oficio de yesista, que su padre y su hermano fueran canaleros encaminó poco después su vida laboral. «Mi padre era canalero* de los viejos y yo heredé los servicios que tenía en Valle de Guerra y Tacoronte, así que he repartido agua por los codos», explica con una sonrisa. «Desde las seis de la mañana iba a repartir agua y andaba por esas huertas, caminando, enfangado, lloviendo, venteando…».

Lo que tocara para hacer llegar a cada cual las aguas que tenía arrendadas y comprobar, efectivamente, que llegaban a su destino. «Desde Agua García hasta Montaña Guerra, una gotita que se va perdiendo en el canal, te encuentras que al final te faltan un par de pipas», dice. Las protestas eran constantes y «muchos se quejaban con razón: “¡Me está faltando el agua, me la están quitando!”. Súbase usted en el coche conmigo, vamos a ver», era la conversación más frecuente cuando iban a buscarle. Para paliar en alguna medida esos desajustes en el reparto, «normalmente yo siempre le quitaba dos o tres pipas a cada chorro, para que cuando llegara al final no le faltara al último».

«Parece una coña, pero las corujas te tiraban piedras. Y cuanto más miedo, más te tiraban»JUAN MIRANDA

Juan Miranda participó en la edición de 2026 del homenaje de Tacoronte a los oficios tradicionales. | FOTO Y. MILLARES
Para aprender el oficio, tuvo que acompañar a su padre y conocer el recorrido de tantos kilómetros de acequias. «Yo le decía, pero papá, ¿cómo aprendo todo esto?». La respuesta del padre, «vas conmigo y lo aprendes», fue mucho mejor que a lo que su progenitor tuvo que enfrentarse. «Cuando empezó, le dieron las llaves y “venga, a hacer el servicio”. Y además de todo eso, debía hacer el mismo camino que el agua para comprobar las pérdidas que había, acometer las reparaciones necesarias y detectar la picaresca de quienes robaban agua.

La moto del oficio
La imagen más popular de los canaleros, años atrás, era la de un señor subido a una Montesa Impala recorriendo caminos y fincas, era algo así como la moto del oficio. Pero su padre lo primero que conoció fue la bicicleta. «A veces íbamos hasta tres en la bicicleta. Éramos chiquillos y yo con mi hermano el más viejo íbamos para hacerle compañía, para que no fuera solo. Hasta que la empresa le puso un motillo de esas de cambios y después él se compró la Montesa Impala».

En época de Juan, más tarde, los vehículos ya eran todoterrenos, los llamados yips —por los Jeep que se popularizaron a partir de los años 40 del siglo XX— en donde se llevaba todo lo necesario: pico, pala, rozadera, algún saco de cemento.

Los canales que recorría y reparaba (con cemento y yeso para salir del apuro en caso de roturas) o destupía (si las raíces obstruían el paso del agua), eran conducciones, ya entonces, antiguas y con muchos años de uso. «La mayoría estaban destapadas de tanto arreglar. Pero otras estaban tapadas por sitios; cachos sí, cachos no. Con agua circulando noche y día, tenía que subir a media montaña y caminar por veriles a un lado y otro de la acequia si no tenían losas. Aunque, de tanto pasar uno por ahí, ya sabía dónde pisaba».

Vértigo y miedo
Lo que sí pasaba por aquellos riscos donde serpenteaban los canales era «vértigo y, de noche, miedo cuando pasaba uno por encima del cementerio [de Valle de Guerra]. Oía ruiditos y se le ponían a uno los…», dice sin concluir la frase. «Eran las corujas, que cogían piedras y te las tiraban. Y parece una coña eso. Y cuanto más miedo cogiera, más te tiraban las piedras. Lo que pasa es que ya uno lo sabía. Pero a lo primero…», ríe.

De crear el ambiente propicio en aquellas oscuridades se encargaba el siempre insuficiente alumbrado que portaban, de «linternas, faroles o mechones». A cualquier hora de la noche, si se tupía o se rompía, «había que buscar el fallo donde fuera» y, según la gravedad, «buscar gente: venga, vamos conmigo que vamos a arreglar el canal. De noche ahí, de barriga en el canal, ¡se pasaban penas!», continúa.

«Los que tenían fincas grandes metían el agua en estanques y los pobres, como digo yo, regaban directamente su huertita de platanera. Y al que le tocaba de noche, regaba de noche. Yo pasaba las cartas con los avisos», detalla. Había quien tenía el estanque pequeño «y cuando llovía mucho no tenía donde meterla. Entonces me decían, “bueno, pues haz con ella lo que quieras” y se le ofrecía a otro que tenía un estanque mayor y la metía adentro».

Aunque también existía, reconoce, la picaresca del canalero de guardar un pequeña cantidad del agua que repartían, para venderla aparte a alguien que tuviera necesidad o servirla al estaque de un amigo. Es lo que llamaban el «agua de invierno, que se metía en muchos sitios y sacaba uno para los gastos. Eso es verdad. Pero las cosas fueron aflojando a menos y ya no daba ni para los sueldos». El caudal de agua, en efecto, ha ido disminuyendo con los años. «Ya ni los chorros son de 100 pipas, ahora están en 80 o 70 pipas. Llega poca agua».

■ HABLAR CANARIO
Años buenos y años malos en la vida del majorero

«¿Dejar la comida en la mesa? Más de cuatro veces y tirar con el cliente: “Tienes que buscarme el agua”» JUAN MIRANDA

En su diaria labor como responsable del reparto del agua de riego, Juan Miranda relata que «tenía que patearme todo el canal, a veces días enteros, a ver dónde estaba el agua. Lo primero que hacía era ir al pesador* —un sencillo aparato que controlaba la distribución a lo largo de las acequias, muchos de ellos construidos por su padre, por cierto— a comprobar si faltaba el agua».

Después tocaba recorrer las acequias en busca de roturas, tapones… o robos. «Siempre había quien metía la manguerita de sulfatar en el canal y la dejaba para regar la viña o la verdura», recuerda.

Pero lo más habitual era que se obstruyeran. «Tenía gente paga para limpiar los canales, porque se tupían por las zarzas y, sobre todo, las raíces de plantas y eucaliptos», recuerda, pero con frecuencia debía salir apresuradamente de casa por esa agua que no llegaba a su destinatario.

«¿Dejar la comida en la mesa? Más de cuatro veces y tirar con el cliente, que tiene la razón porque está perdiendo el agua. “Tienes que buscarme el agua”. Vamos, vamos conmigo, le decía. Veíamos el problema y hasta él mismo me ayudaba a arreglarlo. Pico y pala y destapar la acequia donde estaba la tupición un cacho más adelante, porque rebozaba el agua por detrás».

*VOCABULARIO
canalero. «Encargado de los turnos y de limpiar los canales», cita el Tesoro lexicográfico del español de Canarias. Así es como se conoce en Tenerife a los repartidores del agua para riego que en Gran Canaria llaman rancheros o acequieros.

pesador (de agua). «Este sistema de distribución de agua, muy utilizado en la isla de Tenerife, consiste en un conjunto de vasos comunicantes dispuestos de tal forma que se pueda controlar la velocidad del flujo, con el objetivo de evitar el falseamiento del cómputo del caudal a suministrar al propietario o arrendatario» (Museo de Historia y Antropología de Tenerife) ●

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