Historia Oral

Herradores ambulantes de vacas, el burro no se movía del sitio

Oficios del mundo rural / Herreros de regatones y ‘zapatos’ de vacas

La herrería de Los Bartolo en Los Llanos de Aridane tenía en los hermanos Israel y Mario a dos expertos forjadores que recorrían distintos pueblos, con sus herramientas a cuestas, herrando vacas. Lo que no podían mover era el «burro», como llamaban al potro de herrar. En 1997 le hicieron a Yuri Millares un regatón para su lanza de bastonear, encuentro que también tuvo su entrevista y se publicó en octubre de aquel año. [En PELLAGOFIO nº 106 (2ª época, abril 2022)].

Por YURI MILLARES

Israel y Mario Fernández Hernández eran herreros en el barrio de Triana de Los Llanos de Aridane. Los tiempos que corrían ya en 1997, cuando en septiembre entrevisté al primero de ellos, no parecían los más prósperos para el tipo de trabajos que ellos realizaban todavía –el medio de transporte ha dejado de ser el mulo o el caballo, las reses ya no aran la tierra y son pocos los pastores que van quedando que necesiten la lanza para desplazarse por la cumbre–, así que, se supone, no había tantos clientes que les pidieran herrar una bestia, hacer un arado o dar forma a un regatón. Sin embargo, nada más lejos de la realidad, ya que, aseguraba Israel [1940-2014], «todos los días tengo trabajo y lo que hago lo vendo aquí, no tengo que llevarlo a la feria».

«¡Fíjate lo grande que era cuando empecé a venir, que no alcanzaba a darle al yunque y me ponían un cajoncito para que llegara» ISRAEL FERNÁNDEZ, herrero

Los hermanos Mario (izq.) e Israel Fernández golpean una misma pieza siguiendo un ritmo cuando uno trabaja con marrón, lo que permite ir con más rapidez. | FOTOGRAMA DE UN REPORTAJE GRABADO PARA TELEVISIÓN
«Mi hermano y yo trabajamos juntos, desde pequeños. Es una tradición que viene de mi padre y aquí se acaba, porque yo tengo una familia, mi hermano otra, pero nadie más ha entrado por este tema», decía Israel mientras golpeaba con un martillo, desde niño junto a la fragua y el yunque. «¡Fíjate lo grande que era cuando empecé a venir, que no alcanzaba a darle al yunque y me ponían un cajoncito para que llegara! –exclama–; antes de los diez años ya estaba aquí, desde que podía».

En la herrería abundan toda clase de herramientas para trabajar los metales, pero también objetos que han salido de esa manipulación de los metales. Desde una reja para un arado, a lo que él llama un «arado humano» para tres personas: «Cuando se arranca la rama a la papa se le mete el arado humano, dos jalando alante y uno detrás, y en un momentito se sacan las papas», afirma. Y no faltan en este pequeño museo del hierro las herraduras, porque, recuerda, «antiguamente, los trabajos más grandes que se hacían aquí eran herrar vacas, mulos y caballos». En 1997, en cambio, apenas habían herrado cuatro vacas en El Paso y unos pocos caballos.

Torcido en la fragua
La maquinaria agrícola ha sustituido a las rudimentarias herramientas en la mayoría de las explotaciones agrícolas y pequeños huertos, pero Israel y Mario siguen recibiendo continuamente encargos de calzos para quitar tierra de un hoyo, barretas para deshijas plataneras, ganchos para motores, sin faltar engonces*, porque «a una caja de tea no se le puede poner una bisagra normal»; llamadores para viejas puertas de tea que sus propietarios quieren restaurar y, por qué no, también para puertas nuevas; y trancas para sujetar un lado de una puerta de dos hojas, «hechas de un cuadrado macizo de hierro y luego torcido en la fragua». Y pese a la cada vez menor práctica del pastoreo, los encargos de regatones son continuos, debido al auge del salto como juego entre muchos jóvenes e, incluso, al hábito de caminar por senderos con la ayuda de lanzas «de bastonear», en palabras de este herrero, más cortas, entre los que practican el senderismo.

Cuando hay que darle al marrón se dedican más esfuerzos «y para darle es mejor dos que uno», dice Israel

A toda esa variedad de objetos que salen con la forma que su uso les pide, Israel Fernández no les encuentra ninguna complicación cuando tiene que hacerlas. La pieza podrá ser más trabajada o menos, con mayor o menor esfuerzo, pero nada que no sea labor de un herrero le resulta extraña o difícil a este artesano. Cuando hay que darle al marrón se dedican más esfuerzos «y para darle es mejor dos que uno», dice. Y así lo practican su hermano Mario y él, siguiendo el ritmo y golpeando, yendo con más rapidez que si estuviera uno solo.

En el patio de la herrería se alza una extraña estructura de hierro y cadenas. «Es un burro –dice–. Lo hizo mi padre, es más viejo que yo, porque tengo 57 años y fue hecho antes de yo nacer. Lo que se ha ido pudriendo lo he ido reparando». En él cuelgan a las vacas para poder herrarlas sin que el animal oponga resistencia.

Las ocho herraduras de la vaca son distintas: la de delante exterior es más derecha y más chica y por de dentro las llevan más grandes y con más vuelta; las de atrás son más pequeñas que las de delante

«Normalmente las herramos entre yo y mi hermano. El alante y yo atrás, al mismo tiempo. Y si está herrando la pata de la izquierda de delante, yo estoy herrando la derecha de atrás. Cuando él baja la pata izquierda de alante, que sube la derecha, yo bajo la derecha de atrás y subo la izquierda». Por supuesto, la bestia tiene los cuernos y las patas amarradas durante la operación, para que no cocee ni cornee, mientras cuelga cómodamente sujeta por la barriga. «Se le da a dos palancas que van dando vueltas y suben a la vaca», señala.

Sobre el yunque, Israel golpea con el martillo una herradura para el pesuño exterior derecho de una vaca. | FOTO Y. MILLARES
Ocho herraduras por vaca
«La vaca tiene ocho pezuñas –explica mientras muestra una herradura de las utilizadas para, en expresión suya, ponerle los zapatos al animal–. En el caballo es una pezuña en cada pata, pero en la vaca son dos: lleva ocho herraduras, dos por pata». Aparentemente son iguales, pero para «quien las conoce no son iguales», advierte. Así, la herradura de delante, «de fuera, es más derecha y más chica y en el pesuño* de dentro las llevan más granditas y con más vuelta. Las de atrás las lleva más chicas que las de alante. O sea, que son ocho y distintas», resume.

En los tiempos (que tanto Israel como Mario conocieron) en los que era frecuente este tipo de trabajo, ellos no se limitaban a herrar las bestias que le traían a su herrería. «Cuando había mucho ganado que herrar, muchas vacas y bestias, íbamos dos veces en semana a El Paso. Allí teníamos una herrería que el dueño no la trabajaba ya y la arrendamos. Tenía un burro de herrar para colgar las vacas. Y a Tijarafe íbamos también, desde que llovía, cuando más se ara, en noviembre. Dos días en semana estábamos allí y herrábamos». Se llevaban las herraduras, de distintas medidas, ya hechas desde Triana. «Y para cogerle la medida a la vaca tampoco hace falta nada, sino que uno llega y le levanta el casco a la vaca, vira la pata para arriba y con la vista ya sabe uno el tamaño que lleva. Es la práctica».

Los caballos no hacía falta colgarlos del burro para ser herrados, bastaba con que uno sujetara al animal mientras el otro se dedicaba a clavar el zapato en la pezuña y, en el caso de estos herreros, con unos clavos de cabeza bastante abultada para que las patas del animal agarraran bien en los caminos empedrados y en las zonas rocosas tan abundantes. Aunque han tenido caballos que conocieron el burro de herrar: «Si hay alguno que no se puede dominar a mano, se mete para arriba y se le amarran las patas a las argollas y se hierra. El que no va por las buenas va por las medio buenas», dice, quejándose a continuación de la dificultad que encuentra ahora para realizar este trabajo: «Tanto mi hermano como yo, para herrar estamos jodíos. Yo tengo las rodillas que no las puedo doblar y para eso hay que doblarlas bien».

■ HABLAR CANARIO
Carbón de viento para la fragua, a falta de mineral

En un rincón de la herrería de paredes negruzcas se situaba la fragua, en la que utilizaban carbón de piedra. «El carbón vegetal aquí es la ruina, consume una cantidad enorme». El carbón mineral lo compraba en la capital palmera, procedente de Asturias. Antes que ellos, su padre no disponía de él y utilizaba carbón vegetal.

Mario Fernández, trabajando sobre el yunque. Detrás, la fragua con el fuego avivado gracias a una corriente horizontal de aire. | FOTOGRAMA DE UN REPORTAJE GRABADO PARA TELEVISIÓN
«Él lo usaba mucho, se conseguía fácil. Pero el carbón vegetal que sirva para la fragua no es hecho en horna*. Para fragua le dicen carbón de viento y te voy a explicar lo que es: ponen la leña en un llano y le dan fuego, y según la leña ya va quemando, que tú crees que ya va haciendo carbón, le vas echando tierra y apagando. Si le ven algún fisco*, tierra contra él, para apagarlo. El carbón de horna tú metes el palo y sale quemado, pero del mismo grueso; el de viento viene todo desgranado, menudo, y para la fragua es mejor. Y si es de troncos de brezo, mejor que de gajos finos. Así lo hacían unas de Mazo que le decían Las Chamusquinas. Muchos sacos se hicieron de carbón de viento».

*VOCABULARIO
engonce. “Gozne” (lo cita Juan Régulo en Notas acerca del habla en la isla de La Palma). En portugués, engonço.

fisco. “Palillo pequeño para quemar (…). También quiere decir poco: pisco” (Pancho Guerra, Obras Completas, t. III, “Léxico de Gran Canaria”).

horna. “Horno de carbón” (Diccionario histórico del español de Canarias).

pesuño. Aquí, cada uno de los dedos, cubierto con su uña, de los animales ungulados, tal y como dice el Diccionario de la lengua española. A veces, no obstante, el isleño también llama pesuño a la pezuña (ver Tesoro lexicográfico del español de Canarias) ●

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