Historia Oral

La cueva se hundió y la presa reventó, pero Pepito escapó

José Santana trabajaba en una finca de plataneras a finales de los años 20 cuando lo pusieron a extraer ceniza en la cueva de un cono volcánico. Con arena y cemento serviría para la argamasa que iba a sustentar las piedras del dique del embalse que habría de regar la finca… [En PELLAGOFIO nº 66 (2ª época, julio/agosto 2018)].

Por YURI MILLARES

En el año 2001, investigando el origen de la piquera* conocida como Cuevón de la Arena, junto al barrio del Toscón (Las Palmas de Gran Canaria), conocí a uno de los lugareños que había trabajado en ella. Más aún, fue uno de los peones que abrió y excavó sus galerías a golpe de pico: José Santana Trujillo, conocido entre sus vecinos como Pepito. Tenía 92 años y no había vuelto al lugar en siete décadas, pero accedió a acompañarme para contarme lo que ocurrió allí. “Adentro no he estado desde esa vez. Le había cogido coraje a esto”, dice.

Nos situamos a finales de la década de 1920. Pepito es un muchacho de apenas 20 años que trabaja en la finca Los Barranquillos, en lo que entonces era el municipio de San Lorenzo. “Me dedicaba a las plataneras”, dice, pero los dueños lo llamaron a él y a otros tres hombres, también vecinos del Toscón, para excavar un cono volcánico y extraer picón*, pues querían construir una presa para regar la finca. Alrededor del cono lo que había entonces eran “vueltas para animales que venían a comer aquí y después se marchaban otra vez para los alpendres”. Eran “vacas mansas”, recuerda, por eso estaban sueltas. “Las vacas, para la leche y hacer estiércol; los toros, para arar”.

Sin nada para alumbrarse comenzaron a abrirse paso en el cono volcánico a golpe de pico hasta horadar una entrada

Ni casco, ni luz
Sin casco y sin nada para alumbrarse, con sus cabezas cubiertas apenas “con un gorro de trapo”, describe, comenzaron a abrirse paso en el cono volcánico a golpe de pico hasta horadar una entrada que después se fue bifurcando en varias galerías a distinto nivel. Por el hueco abierto entraba un carro de dos ruedas, tirado por tres mulas.

“El carro entraba de culo, porque no podía dar vuelta aquí. Un carro marrón, de volteo, de un señor de Tenoya. Se llamaba Antonio, pero los apellidos no sé”, va desgranando sus recuerdos.

Pepito señala la marca de los ‘picazos’ en la cueva que casi lo sepulta. | FOTO YURI MILLARES

Trabajaban “al oscuro –dice– pero como estaba todo abierto, la claridad llegaba para dentro”. Aunque reconoce que “en la parte más honda estaba un poquito oscuro, sí”, una penumbra a la que se tenían que acostumbrar los ojos.

Dentro de la piquera había dos tipos de picón, el más duro lo rompían a golpe de marrón, mientras que el otro se arrancaba más fácilmente con la raspadera, “un sacho de dos puntas”, precisa señalando “los picazos”, como llama a las marcas en las paredes de la cueva.

“Y después se echaba una cesta de aquel, una cesta de ésta; una de aquella y una de ésta. Como el picón era liviano, eran cestas grandes”, que sacaban al hombro hasta el carro.

Se hundió
Casi un año estuvo sacando picón de aquí, ahondando las galerías más y más en todas direcciones, superpuestas unas sobre otras hasta que el cono, todo agujerado, no aguantó su propio peso. Una mañana “el compañero salió a dar del cuerpo y vio todo eso rajado –señala unas grietas a la entrada–, y dice: ¡Salgan, salgan de ahí que se va a caer esto! Caía como bombas. Nosotros saliendo y esto cayendo. Una polvajera* que daba miedo”. Gracias a ese aviso providencial pudieron salir a tiempo sin que hubiera heridos ni víctimas.

“Se quedó todo entullido*, con las raspaderas y las cestas enterradas dentro. Es jondo para abajo, nosotros le hacíamos escalones para poder bajar. No era peligroso, pero ya el peso que tenía arriba lo hundió”.

«Es ‘jondo’ para abajo, nosotros le hacíamos escalones para poder bajar. No era peligroso, pero ya el peso que tenía arriba lo hundió»PEPITO SANTANA, peón

El trabajo se interrumpió aquel día, pero al siguiente estaban allí otra vez. “Vinimos a ver si se podía hacer algo porque, si no, había que parar [la obra de] la presa, porque no había picón. La cueva se hizo para la presa nada más”.

Con las cuadrillas de la presa
De allí, lo pusieron a trabajar en la propia presa, donde había muchos hombres atareados en la obra. “Había una cuadrilla de maestros, otra cuadrilla de peones, había gente, sí”. Y hacia allí nos dirigimos aquel día de julio de 2001en que recorrimos juntos el lugar, donde un emocionado Pepito siguió relatando la historia como la vivió, asomado a lo que queda de la pared de la presa.

“Aquí se amasaba y con carretilla se llevaba para allá. Con cemento, arena y el picón. Con cal no. En el suelo se hacía una pegada de 200 o 300 cestas, después se echaba el agua y ella sola se iba amasando. Después se va picando y llevando en la carretilla para allá. El carro lo tenía ya medido. Y cuando la presa subió, se volcaba más arriba, y se terciaba, se echaba el cemento y se terciaba todo junto”, explica.

La «Catástrofe del Toscón», en la portada de ‘La Provincia’ a la mañana siguiente de la tragedia, 22 de febrero de 1934.| FOTO ARCHIVO PELLAGOFIO

Una inscripción en el cemento dice: “Terminada la construcción de la presa, 6 de octubre 1930”. Acabado el trabajo en la presa del Toscón –como se conoce popularmente– o de Granadillar –según el proyecto de construcción–, Pepito volvió a las plataneras…

Pero la noche del miércoles 21 de febrero de 1934, recuerda que “se oyó un ruido como el de un trueno grande”.

El guardián de la presa, “Panchito Jiménez, no había media hora que hubiera pasado por aquí encima –dice mirando lo que queda en pie–. En casa había un ventanillo que daba para el barranco y lo fechó todo para dentro que hubo que destrancarlo con un escoplo, del aire que llevaba. A las diez y tantas voló, se marchó porque no tenía peso atrás”. Se llevó por delante dos casas de familia y causó ocho víctimas mortales, algunas de ellas eran niños.

Horrorizado
“Si eso tiene peso atrás no se va, hombre. La presa cayó toda para dentro, levantó las palancas hacia atrás, pero no quedó nada porque la fuerza del agua la botó toda para fuera. Cuando se marchó no quedó sino aquel pizquito de obra. Allá no voy yo, tengo miedo –señala al trozo de pared de la presa que queda en pie, agrietada–. Por lo menos 20 días estuvo llenando, noche y día”.

Fue al terminar de llenarse cuando reventó. “Estaba llena hasta arriba mismo y aquella misma noche se marchó. Gastó de la presa a la mar veinte minutos. ¡Veinte minutos para llegar a la marea!”, exclama todavía horrorizado.

«Si es por el día se lleva a todos los trabajadores de la finca, porque no se sabe por dónde puede uno correr»PEPITO SANTANA

“Si es por el día se lleva a todos los trabajadores de la finca, porque no se sabe por dónde puede uno correr. Del puente [de Jacomar] para arriba apareció la gente y las vacas todas ahogadas. Un crimen, coño. Uno de ellos y un niño llegaron a la marea”. Recuerda que encontraron a dos niños vivos, una niña, Eva, apareció en un pajar llena de barro y el otro, Adán, enganchado en una araucaria, dormido, “y lo bajamos dormido, y seguimos para abajo y la playa aquella estaba llena de las vacas, de plataneras y de todo”.

■ HABLAR CANARIO
Por cinco pesetas al día y comiendo gofio, cebolla y queso

Pepito Santana tenía que estar a las siete de la mañana en su puesto de trabajo, pero su jornada empezaba bastante antes. “Me levantaba todos los días a las seis, echaba de comer a los animales y ordeñaba” unas cabras que tenía. Desayunaba su leche con gofio y después era cuando se dirigía a las plataneras o, mientras duró la construcción de la presa, a la cueva donde extraía el picón y a la propia presa, de donde salía a las seis de la tarde. Once horas, pues, de jornada laboral trabajando de lunes a sábado por un jornal de cinco pesetas diarias, “seis duros a la semana, los sábados venían a pagar”.

En una bolsa de tela muchos de los días traía sólo gofio, que comía amasado con agua

“A las 12 hacíamos el almuerzo y a trabajar otra vez”, comiendo lo que se traía de casa en una bolsa de tela, muchos de los días sólo gofio, amasado con agua que cogía “con un cacharrito de la fuente de Hermana Simona”, señala unos árboles presa arriba. A veces la bolsa venía algo más llena y acompañaba el gofio con un poco de queso y cebolla. Al final del día, cuando regresaba a casa tenía que salir al campo para buscar la comida de los animales, “donde quiera la cogía”, dice.

*VOCABULARIO
entullido. Entullir es “llenar por completo, de tierra y de piedras un hoyo o cavidad” (Agustín Millares Cubas, Cómo hablan los canarios).picón. “Ceniza volcánica, gruesa y dura, casi siempre de color negro, muy abundante en las Islas Canarias, que mezclado con cemento y arena se emplea para la construcción de paredes…” (Orlando García Ramos, citado en el Tesoro lexicográfico del español de Canarias).piquera. Aquí, cueva para la extracción de picón. Sin citas. Sí aparece piquero como “operario cuyo oficio era excavar pozos, estanques, cuevas, solares, etc.” (Gonzalo Ortega Ojeda, Léxico y fraseología de Gran Canaria).

polvajera. También polvacera. “Significa lo mismo que polvareda” (A. Millares Cubas, Op. cit.) ●

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