Mercadillo de podonas en un saco, aprovechando la vendimia
Oficios del mundo rural / Herrero en Garafía, pasó de la herradura al machete

Guardia municipal en Garafía, Álvaro Pérez Riverol nunca abandonó la fragua y el martillo, desde que aprendió a manejarlos siendo un muchacho, y continuó incluso después de jubilar el uniforme. En vendimias de amigos echaba una mano y, a la hora de comer el pescado con gofio, ofrecía su mercancía de herramientas. [En PELLAGOFIO nº144 (2ª época, noviembre 2025)].
Por YURI MILLARES
El martillo pesado era «para hierro bruto» y el mazo pequeño «para retocar», me contaba una tarde, sudoroso, mientras daba golpes sobre el yunque dando forma a una podona y el carbón lanzaba llamaradas en la fragua. Era otoño de 1996 y unos días antes nos habíamos conocido durante la vendimia de la viña de Manolo García en Jerónimo, junto a la carretera que sube al Roque de los Muchachos.
«Cuando salía libre de servicio, mi pasión al sacarme el uniforme era venir a donde tenía la fragua»
Personaje singular del municipio más recóndito de La Palma, Álvaro Pérez Riverol había nacido en Puntagorda en 1929, pero desde muy niño vivió en Garafía y con 16 años se pegó al herrero de Las Tricias. «Viéndole aprendí y cuando vine del cuartel compré un hierro y empecé a machacar y a aguantar quemaduras. Lo más difícil es el manejo de las tenazas y el hierro». Con hierro se refiere a la materia prima que utilizaba para las distintas herramientas que fabricaba, en realidad ballestas (las láminas de acero de la suspensión de los antiguos Land Rover) o guatacas viejas que aprovechaba, pues es lo único que se podía conseguir en aquellos campos hasta no hace mucho.

La herrería en un saco de papas
Álvaro casi se podía decir que metía la herrería en un saco, de esos de tela basta que se usan para guardar y llevar papas, y con él al hombro se presentó, acompañado de su mujer, en la vendimia de Manolo. La mañana, calurosa, se hizo larga, pero al final llegó la hora de comer y no porque lo dijera el reloj: la uva ya estaba recogida.

Es el momento en el que Álvaro cogía el saco y descubría su contenido, toda una colección de su repertorio de herramientas, y las ofrecía, indicando precios o entregando alguna que traía por encargo. El puntagordero Leocadio Sánchez, otro habitual en las vendimias de Manolo y que elabora también su propio vino, se detiene a mirar las hojas de las podonas y no es el único que deja por un momento el pescado salado con gofio y el vaso de vino para mirar la mercancía.
Herraduras a ojo y hoces que quedaron en desuso
Álvaro aprendió el oficio y montó después su propio taller dotado de fragua y yunque en una época de senderos llamados, con precisión, caminos de herradura. Por ellos transitaban campesinas con su burrito, arrieros con las mulas y, los más pudientes, la jaquita de la tierra (el pequeño caballo palmero, ya extinguido: ver PELLAGOFIO nº 75, mayo 2019), animales todos ellos que precisaban de herraduras. «Antes se veía la bestia cuando la traían y se hacía la herradura a ojo», detalla con una sonrisa. ¡Y a medida!

Espiga y cabo
Acaba de terminar la hoja de una podona y tiene que completar la espiga con una varita de hierro que va remachada. Con esa espiga, la hoja de la podona queda sujeta al cabo, es decir, el mango por el que se sujeta la herramienta con la mano. Ahora toca trabajar de carpintero. La madera para los cabos la tenía en otro cuartito, con las herramientas apropiadas a esta otra tarea. Con un machete veo que pela un trozo de madera de castaño blanco. Es lo que empleará para el cabo de la podona que acaba de hacer a fuerza de fuego y martillo.
«La madera salgo yo a buscarla al campo», me dice. Le gusta la de raíz de faya, pero es «la más difícil de conseguir, aunque a veces encuentro de alguna pala que está abriendo una pista» y las deja al descubierto. Más habitual era que utilizara madera de nogal, de moral y, para los cabos de los podones, de higuera blanca. Para las navajas y los cuchillos prefería «madera de savia de almendrero, que es la parte de dentro, el corazón».
| *VOCABULARIO tierra. «Parra*, aguardiente», cita Juan Melián en su Diccionario de la viña y los vinos de Canarias, que define parra como «aguardiente que se obtiene de las madres del vino» ● |



