Historia Oral

‘Robustiano’ se llama Juan y ‘Angelito’ es Carmelo

En Canarias muchos isleños tienen un nombre distinto al ‘oficial’ de su documento de identidad

Recorriendo la isla de Gran Canaria en busca del testimonio de los últimos pastores que utilizaban el lenguaje silbado, nos encontramos con historias personales de trabajo y sacrificio, pero también con una curiosidad habitual en los campos de las islas: muchos isleños tienen un nombre distinto al ‘oficial’ de su documento de identidad. [En PELLAGOFIO nº 100 (2ª época, octubre 2021)].

Por YURI MILLARES

Juan Delgado (‘Robustiano’) en sus comienzos como chófer de la compañía Utinsa. | FOTO YURI MILLARES
De Tasarte salía cada mañana Juan Delgado García al volante de la guagua que conducía para la empresa Utinsa primero y, después, su sucesora en el servicio, Global, comunicando La Aldea con la ciudad de Las Palmas durante gran parte de los casi 40 años que estuvo de chófer. Del mismo lugar salía en su infancia y adolescencia, pero para cuidar cabras con otro niño como él y, juntos, subirlas a la montaña Esloa, donde se ejercitaron en el aprendizaje del lenguaje silbado para hablarse entre ellos y manejar los animales.

“Una vez en Las Palmas hice una perrería en [la calle] Triana: di un silbo y se viró todo el mundo. El silbo paraliza a las personas y a los animales. Vas caminando y pegas un silbo y todo el que vaya delante o detrás se vira”, ríe.

Pero entonces (con las cabras) y después (al volante), Juan siempre ha sido Robustiano, nombre del que presume y está orgulloso. “Robustiano me lo pusieron mis padres. Me encanta porque no lo hay en la isla. Cuando me fueron mis padrinos a bautizar, iban caminando a La Aldea (igual que a los entierros, que la gente llevaba la caja al hombro hasta La Aldea para enterrarlo, porque no había carretera). Y lo que pasó es que cuando llegaron no se acordaban del nombre que les dio mi padre. «Pues mira, le ponemos Juan». Y me apuntaron como Juan. Pero mis padres me llamaron Robustiano toda la vida”, ríe.

Y con tal nombre es conocido por sus vecinos. “Ah, sí, el chófer de la guagua”, responden éstos si se les pregunta. Él se ríe y añade que en Global “me conocen por El Barbas”. Y no es para menos, pues luce una abundante barba blanca que unas navidades, cuando le faltaba poco para jubilarse, le dio la idea de vestirse de Papa Noel y ponerse al volante de la guagua rumbo a Mogán a realizar su servicio. Se llevó una reprimenda de la empresa vía telefónica porque les tenían prohibido incluso ponerse tan siquiera el gorro de Santa Claus. Objeto de la curiosidad de paisanos y turistas que lo acribillaron a fotografías, la iniciativa pasó a ser imitada por otros compañeros a partir de entonces.

‘Cleto’ en El Juncal de Tejeda, donde tenía sus bestias cuando era arriero, muestra como habla con el lenguaje silbado. | FOTO DAVID DÍAZ
A sus 93 años, Antonio Quintana Guerra tiene a sus espaldas una larga vida recorriendo los caminos de la cumbre y medianías de la isla como arriero, oficio que ya practicaba su padre. Nieto de pastor, con los más viejos de entonces aprendió el lenguaje del silbo, forma de comunicarse entre aquellas agrestes montañas donde se crio. “Para silbar de un sitio a otro hay que saber y tener resuello. Hasta para tocar un caracol, un bocino, los pescadores en la playa de Mogán cogían los bocinos y estaba uno pescando allá fuera y se entendían”, le decía en una entrevista al investigador David Díaz. Sin embargo, es Cleto (o Anacleto) el nombre por el que es conocido, por llamarse así su abuelo materno. Se enteró de que se llamaba Antonio cuando lo llamaron para el cuartel.

‘Angelito’, delante de su casa con su mujer y una de sus hijas, en La Aldea. | FOTO YURI MILLARES
Carmelo Molina Quintana nació en el Carrizal de Tejeda en 1940, pero se crio entre los 3 y los 19 años en una finca en El Parralillo (Artenara), donde se silbaba con su primo Cipriano que estaba en la Mesa del Junquillo (Tejeda). “¿Cuándo vas para Acusa?” se preguntaban si había baile, aunque hasta casa de su primo solía por las tardes “con un cacharrillo de cinco litros a buscar suero. Allí estaba mi tía haciendo queso, sacaba una pella de cuajada, la apretaba y la echaba en el fondo del cacharro con el suero, y venía a mi casa para comer mi gente”.

Una vez que, dice, “¡tenía yo más hambre, muchacho!”, metió la mano dentro del cacharro “que me llegó hasta el codo” y se comió la cuajada por el camino. “Cuando llego a casa con el suero díceme mi madre, que siempre sacaba la pelota para darnos un cachito, «¡ay, mi hermanita, la pobre, hoy no se acordó de echarme la cuajada!». Y yo callado. Después me dice: «la próxima vez se lo dices a tu tía». Sí, yo se lo digo, le respondí”.

Sobrecoge la razón por la que a Carmelo lo llaman por su otro nombre: Angelito. Gemelo de un hermano que nació primero seis horas antes, nació inerte y pensaron que estaba muerto, hasta que, arrimado a un lado envuelto en un trapo, le vieron un ojo abierto y exclamaron “¡es un angelito!”.

■ SILBO CANARIO
Con los miedos de antes y ‘silbiando’

Carmelo Molina (Angelito) y su primo Cipriano aprendieron a silbar de niños “solos por la cuenta, por ir con las cabras y silbiar*. Los viejos le hacían a las cabras fuuui –hace el silbo– para que se pararan y cuando estaban todas desparramadas para que se juntaran decían fiu-fiu-fiu-fiu… Y así fuimos practicando el silbo”.

‘ANGELITO’ MOLINA:
«Veo un voltillo que se movía pacá y pallá y digo «¡ay, mi madre! ¿aquello qué es?». Di una vuelta más lejos y cogí por otro lado»

No iba al colegio, “sino guardando diez o doce cabras nada más; las soltaba, las juntaba, las ordeñaba, las encerraba; después mi hermana hacía el queso, comíamos suero, comíamos queso, y así era la vida nuestra… Y el perro comprendía”, añade. Porque él le decía frases con el lenguaje silbado como si le hablara, para que controlara alguna cabra que se alejaba: “Yo le silbaba «cógela por la oreja» y la cogía por la oreja. «Suéltala», y la soltaba”.

Y pasando “los miedos de antes”, porque “antiguamente se oían cosas en esos barrancos, coño: las cabras balando, los burros cantando y decías «a ver el burro maldito». Una tarde que salí al barranquillo, en el mismo camino veo un voltillo que se movía pacá y pallá y digo «¡ay, mi madre! ¿aquello qué es?». Di una vuelta más lejos y cogí por otro lado. Mira el miedo. ¿Qué era? Un maldito mato que le daba el viento y me creía que era una persona”.

*VOCABULARIO
silbiar. En Canarias, silbar. Expresión de uso popular, cita este vocablo Alfonso O’Shanahan en el Gran diccionario del habla canaria

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