Historia Oral

Tres generaciones de salineros, antes exportaban plátanos

Fernando Hernández Villalba es el eje de tres generaciones de salineros: a su padre se debe la iniciativa de construir las salinas y su hijo dirige hoy la empresa con una importante actividad de restauración añadida, pero él es su alma y su motor. [En PELLAGOFIO nº 67 (2ª época, septiembre 2018)].

Por YURI MILLARES

Las salinas de Fuencaliente, en el extremo sur de La Palma, no son sólo un espacio natural creado por el ser humano –dos conceptos que parecen incluso irreconciliables, pero aquí es tan real como su declaración por ley de Espacio Natural de Interés Científico– para la obtención de un producto tan necesario en la alimentación como es la sal. La actividad salinera propiamente dicha se complementa con la incorporación de un edificio integrado en el paisaje dedicado a una atractiva oferta gastronómica vinculada, cómo no, al mar y las salinas: el restaurante El Jardín de la Sal.

En el salón comedor del restaurante, unos paneles cuidadosamente diseñados e ilustrados con viejas fotografías y recortes de periódico dan cuenta de la historia de esta empresa familiar, del sueño de un emprendedor llamado Fernando Hernández Rodríguez que nació en Santa Cruz de La Palma en 1912, se casó con una mujer de Haría (Lanzarote), Antonia Villalba Cruz, y tuvo un hijo al que también pusieron Fernando.

«Uno que había de Fuencaliente dice ‘pues vamos y miramos pal sur», relata. Dicho y hecho, fueron, vieron y todo se puso en marcha

Esa vinculación con la isla conejera propició que se convirtieran en importadores de sal de Lanzarote en La Palma “y un día se nos ocurrió –relata Fernando–: ¿por qué no hacer una salina en La Palma? Y así fue”.

Y como suelen surgir muchas cosas, la simple idea va tomando cuerpo de forma casi espontánea y “estando un día mi padre en La Alameda de Santa Cruz de La Palma (la plaza que está al lado del Barco de la Virgen), con la gente que se reunía por la tarde ahí y se sentaba en los bancos a charlar, uno que había de Fuencaliente dice ‘pues vamos y miramos pal sur”. Dicho y hecho, fueron, vieron y todo se puso en marcha.

Construcción de los tajos donde cuaja la sal, con fondo de barro y forro de piedra.| FOTO ARCHIVO SALINAS DE FUENCALIENTE

Fernando tenía 18 años cuando su padre compra el terreno en 1967 en una subasta. El Boletín Oficial publicó el 10 de agosto de ese año un anuncio por el que se sacaba “a subasta pública un terreno, de dos hectáreas de extensión, en la finca llamada Graneles, bien de propios de este Ayuntamiento, incluida (…) en el Inventario, por el precio base de once mil pesetas”.

Fernando recuerda que por entonces “también nos dedicábamos a la exportación de plátanos entre islas, que casi con el dinero que ganamos pudimos invertir aquí”. No tenían plataneras propias, “nos dedicábamos a transportarlo; era el plátano que se quedaba en plaza y se mandaba a las islas, prácticamente a todas menos siendo a La Gomera”.

Inicialmente las comenzaron a hacer ellos mismos y empezaron a producir ya en 1969 antes de la terminación de las obras… pero apenas dos años después, en 1971, entra en erupción el volcán Teneguía expulsando ríos de lava en dirección a las propias salinas. La construcción, que había comenzado por el lado oeste, y la incipiente producción se interrumpieron. Su padre casi se ve obligado a abandonar el proyecto. “Estuvimos en la disyuntiva de si continuábamos con la construcción de las salinas o abandonábamos”, asegura Fernando.

«Un brazo de lava del Teneguía se paró junto a la entrada de las salinas. Yo estaba en la mili y recuerdo que mamá me llamó y me dijo que la lava se había llevado la salina»FERNANDO HERNÁNDEZ VILLALTA, salinero

“Un brazo de lava del Teneguía se paró junto a la entrada de las salinas. Yo estaba en la mili y recuerdo que mamá me llamó y me dijo que la lava se había llevado la salina”, recuerda Fernando. Aunque fue una falsa alarma, lo cierto es que “se tardó un año y pico en reanudar los trabajos”.

Un tío suyo, que estaba en Lanzarote, “que era de la orilla de Teguise, uno de los que tenía los hornos de cal más grandes allí, lo convenció y nos buscó un técnico, don Luis Rodríguez, que fui yo a buscarlo allá en unas fiestas de San Ginés. Era un señor ya mayor. Lo trajimos y estuvo aquí unos meses; después continuamos nosotros”, construyendo los cocederos y los tajos de las salinas con fondo de barro y forro de piedra.

Los 8.760 m² que llegarían a ocupar aquellas primeras salinas fueron objeto de un reportaje en la prensa local en 1978. El “espasmo telúrico continuado y el reparto generoso de arena y polvillo, obligó al reinicio de los trabajos, que desde finales del pasado año permitió recoger las primeras sesenta toneladas de un producto de primerísima calidad”, describía el Diario de Avisos de La Palma.

Una ampliación ejecutada en 1993 con ayuda de fondos de la Unesco destinados a la recuperación de las salinas canarias, le confirió sus actuales 35.000 m² de superficie, donde se producen, anualmente, entre 500 y 600 toneladas de sal marina.

■ HABLAR CANARIO
Mecha y manivela para arrancar el motor del pozo

La toma de agua que llega a los cocederos*, donde el sol la calienta antes de llegar a los tajos* que es donde se evapora permitiendo recoger la sal, procede de un pozo excavado allí mismo, apenas a unos metros de donde el mar rompe con la costa.

“Teníamos un motor de gasoil grande, enorme, que lo arrancábamos con una mecha que encendíamos y después manivela. Más tarde compramos ya un diter con batería de arranque y ahora lo tenemos eléctrico, desde que nos pusieron la conexión con unos molinos eólicos. Ahora con los motores eléctricos es mucho más higiénico y lo puedes programar”. En realidad llegaron a excavar tres pozos, el primero ya está en desuso, el segundo es el que está operativo y el tercero, más reciente, no lo usan porque encontraron “mucho risco* duro al lado y no filtra lo suficiente”, precisa.

*VOCABULARIO
cocedero. “En las salinas, es el depósito de agua de mar donde se va evaporando antes de pasarlo a los tajos en los que, con el calor del sol, se hará definitivamente la sal. Se llama también ‘calentador” (Orlando García Ramos, Voces y frases de las Islas Canarias).risco. “[En los terrenos sin vegetación] galgar, malpaís (maipéh) y risco designan todos ‘terreno de piedra’; el risco es de piedra compacta, el galgar de piedra suelta y el malpaís de piedra volcánica (Manuel Almeida, en su tesis doctoral “El habla rural en Gran Canaria”, citado en el Tesoro Lexicográfico del español en Canarias).

tajo. En las salinas, cualquiera de los cuadriláteros donde se forma la sal (O. García Ramos, op. cit.) ●

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