Historia Oral

Turrones y garrapiñadas, a lomos de un camello alquilado

Oficios del mundo rural / Turronero en Tiscamanita (Fuerteventura)

OFICIOS DEL MUNDO RURAL. El único turronero de Fuerteventura a finales del siglo XX era Juan Hernández, de Tiscamanita. Su padre lo había sido antes que él y como entonces, él crio a sus hijos debajo de la mesa de los turrones, durmiendo en un colchoncito y con una palangana para el aseo, yendo de pueblo en pueblo. [En PELLAGOFIO nº129 (2ª época, mayo 2024)].

Por YURI MILLARES

De llevar los turrones de aros de colores, las garrapiñadas y las piñas a las fiestas de los pueblos se encargaba su hijo cuando entrevisté a Juan (dos veces Hernández: por parte de padre y de madre) en noviembre 1996. No confundir con los turrones navideños «de barra», en palabras de este majorero. Lo suyo eran los turrones canarios, los de las fiestas de pueblo, sobre todo en verano. Su modesta fábrica apenas eran dos habitaciones de una casa terrera: una cocina para elaborar y un cuarto contiguo para empaquetar. Seguía trabajando de pie, aún después de que le hubieran amputado una pierna y, recientemente, los dedos de la otra. «Es trabajoso, porque todo es a mano, no usamos máquinas», me decía.

«En Fuerteventura hubo almendra un tiempo, pero eso con los años ruines se perdió todo. Ahora viene de fuera» JUAN HERNÁNDEZ

El turronero de Tiscamanita en la cocina donde elaboraba sus turrones y garrapiñadas. | FOTO Y. MILLARES

Para ir por los pueblos su hijo había tomado el relevo. Usaba el coche, pero Juan y, sobre todo su padre, usaron otros medios de transporte. «Alquilar un coche o un camión es lo mismo que si antes se alquilaba un camello», decía él, que ha usado lo uno y lo otro en función de los tiempos que le ha tocado ir viviendo. «Mi padre sí tenía burro, pero cuando quería camello tenía que alquilarlo», si llevaba mucha carga.

Muchos kilómetros ha recorrido Juan así, yendo de pueblo en pueblo, de fiesta en fiesta, llevando la mesa y los turrones, desde su regreso a Tiscamanita en 1950, tras un tiempo en Tenerife (donde se había casado, por cierto, con una turronera de Tacoronte).

El matrimonio se puso a la tarea de hacer los característicos turrones redondos con tapas de galleta, así como piñas y garrapiñadas. Su ingrediente principal es la almendra.

«Aquí hubo almendra un tiempo, pero eso con los años ruines se perdió todo. Ahora viene de fuera, no sé de qué sitio», explicaba, recordando que en Fuerteventura también se daban los almendros, escondidos en el cauce de algunos barrancos.

«Eso de tener casa eran pocas las veces que lo invitaban a uno. Crie a mis hijos debajo de la mesa yendo por los pueblos»

«El turrón se pone uno a hacerlo al fuego con miel, azúcar y agua y cuando se enfría se bate huevo y se le echa la canela, la matalauva y el limón», detalla mientras corta unos trozos de cartulina con una guillotina, para hacer los aros que utiliza como molde y protector de la pasta del turrón, utilizando, además, colores variados para hacerlos más llamativos.

Palangana y garrafón
Instalaba la mesa allí donde le dejaban, los días que duraran las fiestas de que se tratase. Eran tiempos en los que había vecinos que invitaban a la familia turronera a dormir bajo techo. Pero no siempre era así. «La primera vez que fui a Corralejo un tal Morera me invitó a almorzar. Mis hijos eran pequeñitos. Él le decía a la mujer: “Voy a ver si hay alguien de fuera para invitarlo a almorzar”. ¡Fíjese si antes a la gente le gustaba tener invitados en casa! Antes la gente presumía de tener invitados [en las fiestas]».

Juan Hernández con la guillotina para cortar las tiras de cartulina de los aros que envuelven los turrones. Detrás, la cocina. | FOTO Y. MILLARES

«Eso de tener casa eran pocas las veces que lo invitaban a uno», añade. Lo normal era pasarse el día y la noche junto a la mesa con los dulces. «Yo crie a mis hijos debajo de la mesa yendo por los pueblos. Se pasaban trabajos. Tengo tres hijos». Un colchoncito servía a la familia para acostarse bajo la mesa. «Teníamos una palanganita y unos garrafones de agua para cuando nos quedábamos así asearnos al otro día».

Haciendo repaso de la tradición familiar, me contó que su «padre era turronero y cuando el tiempo de la guerra lo dejó. En ese tiempo ya no se vendía y después se quedó medio ciego. Él era viudo, yo me quedé huérfano. Como tenía una hermana en Tenerife, fue a verla y se quedó allí. Se metió en la ONCE». Tras la posguerra con su secuela de escasez el padre lo animó a regresar. «Me dijo: “Juan, ¿por qué no vas para Fuerteventura y te dedicas al turrón?”, y me vine para acá. Cuando empezamos se vendía muy poco, pero gracias a Dios la cosa fue mejorando».

■ HABLAR CANARIO
El burro patas arriba sobre la mesa destrozada

La entrevista ha finalizado. La cámara de fotos hace sonar el obturador varias veces con su chasquido habitual y, en ese momento, suenan unas voces y la puerta de la calle se abre desde el exterior. Hijo y nuera de Juan Hernández, el turronero de Tiscamanita, entran, saludan.

—¿Le hizo el cuento del burro? —pregunta ella.
—¿Ese? No —responde.
—Pues hágaselo, que es muy divertido.

De esta forma inicia el relato, que sitúa un año en el que sólo tenía al primero de los hijos y todavía era bebé. Las fiestas más cercanas en el calendario eran las de Tesejerague, así que él y su mujer, turroneros los dos, lo dispusieron todo para la partida. La ruta tenían que hacerla a pie por senderos más bien llanos. Pero la mesa y los turrones no tenían cómo llevarlos. Juan Hernández logró, al fin, que un vecino le prestara un burro. A lomos de la bestia pusieron, pues, el material.

«Boté al chiquillo para coger al burro, preocupado porque no le pasara nada»

Su mujer era la que llevaba al animal del cabresto, delante. Le seguía él, con el niño en sus brazos, a muy poca distancia. Al llegar a un lugar del camino en que había que subir un desnivel porque pasaba un pequeño canal, ella pasó delante y tiró del cabresto para que le siguiera el burro. Pero éste se asustó, o simplemente se negó a dar un paso que siguiera al último que había dado. Levantó las patas delanteras, perdió el equilibrio y cayó hacia atrás con las cuatro patas hacia arriba.

Viéndolo caer y pensando en su responsabilidad ante el dueño del burro, que lo quería de vuelta sano y salvo, Juan Hernández no tuvo tiempo a pensarlo y reaccionó enseguida. «Boté* al chiquillo para coger al burro, preocupado porque no le pasara nada», dice. Al niño no le pasó nada y al pollino tampoco. La mesa, en cambio —que le sirvió de colchón al animal puesto que lo llevaba atado a sus lomos—, se rompió ante el inesperado golpe y sobrecarga que se le vino encima. El turronero se disculpa diciendo «es que fue ver al burro y lanzarme a cogerlo».

*VOCABULARIO
Botar: «Lanzar o tirar», dice el Diccionario histórico del español de Canarias. Cita a autores que definen esta palabra como «un portuguesismo en las islas y de ellas pasó a América». ●

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