Una molina ambulante por 30.000 pesetas y dos vacas
Oficios del mundo rural / Molinero de viento en Fuerteventura

La molina de La Asomada fue el entorno en el que se crio Francisco Cabrera. Su familia la compró en 1967, pero su padre nunca se atrevió a ponerla en marcha y a él incluso le prohibieron comer gofio de niño por ser diabético. Con tesón, pasión y desafiando al viento se convirtió en molinero con 34 años. Ahora tiene 47. [En PELLAGOFIO nº149 (2ª época, abril 2026)].

Por YURI MILLARES
Sentado un atardecer sobre el tejado de la pequeña casa que acoge las maquinaria de molturación de la molina* de La Asomada, Francisco Cabrera mira a la torre con las aspas y las lonas recogidas: no hay viento. «Los molineros antes sólo molían —va explicando—. Había un picador para la piedra, las madres y los hijos tostaban en las casas y después el molinero solamente molía. Cuando no había viento, siempre hacían cualquier cosita, zapatería, cuero, hojalatería, de todo. Yo, por ejemplo, cuando no hay viento, me pongo a arreglarla o a limpiarla por dentro. Siempre tienes cosas que hacer. Y si no, a dormir la mañana», ríe.
«La quiso comprar un alemán en el 64 pero no se la pudo llevar a Alemania y la compró mi madre»FRANCISCO CABRERA
Los numerosos molinos hembra que poblaron el paisaje majorero el último tercio del siglo XIX (con su característica torre de madera y aspas sobre la casita que acogía la tolva y las piedras molineras) se conocían antiguamente más por el nombre de su propietario que por el lugar donde estaban.

Acuerdo entre mujeres
En 1967, un trato que realizaron la mujer del marchante (Angelina) y la madre de Francisco (Emerenciana), que eran amigas desde pequeñitas, se saldó con la compra de la molina por parte de los padres del actual molinero. «La quiso comprar un alemán en el 64 pero no se la pudo llevar para Alemania y entonces se la vendió a mi madre por 30 mil pesetas y dos vacas, la molina y el terreno. Vendieron la molina a mi madre con la ilusión de que hubiera alguien en ella, pero mi padre nunca la puso en marcha, tenía mucho miedo. Arriesgas la vida. Yo ya he tenido algún accidente».
Tras la restauración de la molina en 2011, para aprender el oficio de la molienda y conocer el manejo de la torre y el funcionamiento de las piedras, Francisco contó con la ayuda de quien mejor podía enseñarle: Domingo Saavedra, el último molinero que había trabajado en ella. Sin embargo, asegura, «lo más que me costó de ser molinero fue aprender a cedazar para limpiar el gofio de cáscara y tamo: el zarandeo del cedazo tiene un jeito* de muñeca que pasaba de madres a hijas».
«Nos criamos junto al tostador, pero una cosa es que tú ayudes a la madre a buscar la madera y a tostar y otra cosa es que tú te hagas cargo»
Emerenciana fue quien le enseñó en las labores que antaño hacían las mujeres y él siendo niño ayudaba. «Le pedí a mi madre que me hiciera el tostado para yo poder aprender, porque eso nos lo inculcó desde pequeños: nos criamos junto al tostador*, tostando granos. Pero una cosa es que tú ayudes a la madre a buscar la madera y a tostar, y otra cosa es que tú te hagas cargo».
Pasión por el gofio v. diabetes
Ser molinero es para Francisco pasión por el gofio y por inculcar a los demás el aprecio al patrimonio majorero de los molinos de viento. Es algo que siente desde niño: «Me dolió mucho cuando no me dejaron comer más gofio». Tercera generación de diabéticos tipo 1, explica que «tengo tíos abuelos que murieron de esa enfermedad, también unos tíos siendo niños». Cuando se la diagnosticaron a él tenía ocho años y el médico le prohibió comer gofio. «Le dijo a mi madre que si la diabetes no me la controlaba, no viviría más allá de los 14 años, como le pasó a mis tíos. Yo creo que lo dijo para asustarme».
El disgusto por esa prohibición no le duraría mucho tiempo. «Cuando salí del médico llorando, mi tío abuelo molinero me dice: “¿Por qué lloras?” Le dije que era porque el médico me había prohibido comer el gofio y él me comentó, lo recuerdo: “Yo no soy médico, pero mis hermanos comían gofio y no cualquier gofio. Tiene que ser gofio de cebada y yo le digo a tu madre cómo tiene que tostarlo”. El gofio de cebada no hace daño. Hay un dicho que dice: “Gofio de cebada, eso no me sabe a nada; gofio de millo, eso me rasca el latiguillo; pero gofio de trigo, ese sí es mi gran amigo”».
Ese episodio de su vida está en el origen de su dedicación actual, explica. «Realmente todo empezó así, por pasión y por hacer algo para la gente que está enferma». Y no ha dejado de comer gofio. «Sí, sí, me harto. Lo como por la mañana o por la tarde».
Molienda, cantina y sala de baile a la luz de las velas
«Al lado está el cuarto de guardia, con mi tele, la cafetera y la cama, que tiene casi 200 años y es un catre de viento» FRANCISCO CABRERA
Antiguamente, «el molinero no trabajaba por sueldo, sino por maquila. Si, por ejemplo, molía dos sacos de millo, lo que quedaba dentro de la piedra y la corona era la maquila, eso era para él, que son como 15 o 20 kilos», dice Francisco Cabrera entrando a la molina.
La pequeña construcción apenas consta de tres habitaciones. La de mayor tamaño es la que tiene las piedras para la moltura y es en la que se apoya la base de la torre con las aspas que hacen girar los engranajes cuando hay viento. La más pequeña es lo que este molinero llama «el cuarto de guardia, con mi tele, la cafetera y la cama, que tiene casi 200 años y es un catre de viento». Entre ambas, «el cuartito al lado, la cantina —que ahora tiene como pequeño museo— donde se vendía el vinito y el ron».
Cuando en los años 40 la molina fue adquirida por el marchante de camellos Antonio González, añadió otra construcción: «Se le ocurrió hacer una sala de baile». Fue ahí donde se instalaron a vivir Juan y Emerenciana, los padres de Francisco, cuando compraron la molina en 1967. «Eso que ves largo ahí era la sala de baile. Cuando mi familia empezó a vivir aquí todavía estaban los tres escalones del escenario. Y tenía muchas ventanitas que es donde se ponían las velas».
| *VOCABULARIO jeito. «Habilidad o capacidad para hacer algo» (Diccionario histórico del español de Canarias). Del portugués jeito, «manera, habilidad…» (Dicionário Español-Português, Porto Editora). molina. «Si el molino tiene una torre exenta y no formando cuerpo único con la parte inferior, se llama molina» (Tesoro lexicográfico del español de Canarias). tostador. «Recipiente grande y chato, de barro o metálico, que se usa para tostar el grano con que se hace el gofio» (M.Morera, El español tradicional en Fuerteventura) ● |



