Sociedad rural

Antonio Rodríguez: «El queso no es comida, es memoria»

Profesor y estudiantes de Comunicación visitan feria comarcal como tarea de clase (1)

Entrevista realizada al artesano y antiguo ganadero Antonio Rodríguez Hernández como ejercicio de clase. Estudiantes de Comunicación de la Facultad de Ciencias Sociales y Jurídicas (UNAM) visitaron la XXII Feria del Sureste de Carrizal, evento que reúne más de 150 puestos de artesanía y productos agroalimentarios de la comarca (Ingenio, Agüimes, Santa Lucía). La tarea encomendada era realizar algunas entrevistas. [En PELLAGOFIO nº 147 (2ª época, febrero 2026)].

«Me acuerdo de despertarme de madrugada, antes de que saliera el sol, y sentir el frío de la cumbre en la cara y el olor a hierba mojada al caminar hacia los pastos»ANTONIO RODRÍGUEZ, antiguo pastor

Por CARLOTA FRANCÉS RODRÍGUEZ
Estudiante

En lo alto de la cumbre de Gran Canaria, donde el silencio se mezcla con el viento y el olor a tomillo, vive Antonio Rodríguez Hernández, un artesano y antiguo ganadero de 73 años. Un hombre humilde, paciente y completamente comprometido con el trabajo bien hecho. Antonio ha dedicado más de medio siglo a la elaboración tradicional del queso, oficio que aprendió de su familia desde muy pequeño. Su carácter tranquilo, perseverante y generoso, lo ha convertido en un referente para las nuevas generaciones, a quienes enseña con orgullo el valor de la tierra y el esfuerzo. A pesar de las dificultades del campo y de los cambios en la sociedad, Antonio sigue defendiendo que la artesanía es cultura, identidad, y memoria colectiva. Su vida es un claro homenaje al trabajo duro y a la transmisión de conocimientos que construyeron la historia de la Isla.

—Para comenzar, ¿cómo empezó su relación con la ganadería y la artesanía del queso?

—Yo casi que nací entre cabras. Mi padre y mi abuelo ya eran ganaderos, así que desde los siete u ocho años ayudaba a ordeñar y a cuidar los animales. La elaboración de queso llegó después, como parte natural de la vida en el campo. Aprendí viendo y haciendo, sin clases ni máquinas modernas. Era duro, pero yo siempre digo que «el queso no es comida, es memoria», porque en cada pieza va la historia de nuestra familia y de nuestra tierra.

—¿Qué recuerdos guarda de sus primeros años trabajando en el campo?

—Me acuerdo de despertarme de madrugada, antes de que saliera el sol, y sentir el frío de la cumbre en la cara. Recuerdo el sonido de las cabras, el balido mezclado con el silencio del monte, y el olor a hierba mojada al caminar hacia los pastos. También recuerdo la solidaridad entre vecinos: si alguien necesitaba agua o ayuda con los animales, allí estábamos todos. Eso marcó mi carácter: valorar lo sencillo y el trabajo compartido.

—¿Qué ha significado para usted dedicarse a la artesanía?

—Ha sido mi orgullo. Cuando alguien prueba un queso y dice que le sabe a la vida de antes, a lo que hacían sus abuelos, eso no tiene precio. Es la mayor recompensa. Yo siempre digo que cada queso es diferente porque lleva el tiempo, el clima, la leche y las manos de quien lo hace. Para mí no fue solo un trabajo, fue la manera de honrar a mi familia y a mi pueblo.

—¿Cuál fue el momento más difícil en su trayectoria?

—Las épocas de sequía. Ver cómo faltaba el pasto y cómo sufrían los animales fue de lo más duro. También fue difícil ver cómo muchas familias abandonaron la ganadería porque no daba para vivir. A veces pensé incluso en dejarlo, pero uno aprende a resistir.

—¿Y el más gratificante?

—Sin duda, el día que gané el premio al Mejor Queso Curado en la feria de artesanía de Tejeda en 2004. Sentí que todo el esfuerzo tenía sentido. Pero, sinceramente, lo que más me emociona es cuando mis nietos vienen a ayudar y se interesan en aprender. Eso me da esperanza.

—¿Cree que los jóvenes valoran los oficios tradicionales?

—Algunos sí, pero otros no se imaginan la cantidad de sacrificio que hay detrás. Hoy todo es rápido. Pero cuando los jóvenes descubren lo que significa crear algo con sus propias manos, se les ilumina la cara. Por eso yo siempre les digo que el campo enseña valores que no se aprenden en los libros.

—¿Qué cambios ha visto en la ganadería y la artesanía desde que empezó?

—Mucha modernización y controles que han mejorado la calidad. Pero también se ha perdido la cercanía entre la gente. Antes las puertas siempre estaban abiertas. Ahora todo es más individualista y eso entristece un poco.

—¿Qué representa para usted Gran Canaria, y en especial Tejeda?

—Lo es todo. Yo sin esta tierra no sería nadie. Cada barranco y cada montaña tienen un trozo de mi vida. Tejeda me enseñó que la riqueza no está en el dinero, sino en las raíces y en la gente buena.

—¿Qué mensaje le daría a las nuevas generaciones?

—Que estudien, pero que no olviden de dónde vienen. Que no pierdan el respeto por la tierra, porque sin ella no somos nada. Y que entiendan que trabajar con las manos también es construir futuro.

—¿Cómo le gustaría ser recordado?

—Como un hombre sencillo que luchó para que no se perdiera lo nuestro. Si algún día alguien dice: «Antonio ayudó a que esta tradición siga viva», con eso me doy por satisfecho.

La entrevista con Antonio Rodríguez recalca la importancia de valorar y proteger los oficios tradicionales que han construido la cultura de Gran Canaria. Su vida dedicada al campo y a la artesanía del queso refleja esfuerzo, compromiso y amor por la tierra. Escuchar su experiencia nos hace reflexionar sobre la necesidad de transmitir estos conocimientos para que no desaparezcan con el paso del tiempo. Mantener vivas estas tradiciones es recordar quiénes somos como pueblo.

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