Sociedad rural

Caldos que sanaban, ungüentos que mataban

Medicina en Canarias / Barberos y sangradores, entre los ‘sanitarios’ de antaño

La asistencia sanitaria en Canarias de siglos pasados contó con muy pocos médicos y cirujanos, pero unas prácticas que a veces eran más dañinas que sanadoras. Frente a los populares y efectivos caldos de pichón o gallina que tantas vidas salvaron, el uso de los sangrados y de productos químicos venenosos fue letal. [En PELLAGOFIO nº136 (2ª época, enero 2025)].

«La llegada de los primeros conquistadores debió conducir a las Islas los primeros barberos-sangradores o cirujanos»PEDRO C. QUINTANA

Por YURI MILLARES

El avance de la medicina durante la Edad Moderna fue menor en España que en el resto de Europa por el peso de la religión y la Inquisición. Tras la oscura Edad Media llena de supersticiones, los siglos XV al XVIII trajeron grandes avances culturales, filosóficos y científicos, llegó el humanismo renacentista y la Ilustración. Pero la medicina que se practicaba entonces tenía a médicos y cirujanos en muy escaso número, abundaban más lo que se denominaba barberos-sangradores y los curanderos con conocimiento de las plantas.

«La llegada de los primeros conquistadores franceses a Lanzarote y Fuerteventura debió conducir a las Islas los primeros barberos-sangradores o cirujanos en el seno de la tripulación como miembros imprescindibles para lograr una mínima asistencia sanitaria en la navegación», explica el historiador Pedro C. Quintana en el libro, recientemente presentado, Medicina en Canarias entre 1500 y 1900 a través de los documentos del Archivo Histórico Provincial de Las Palmas.

«Creencias enraizadas en la superchería hacía recurrir a circuitos fraudulentos suministradores de fórmulas milagrosas, filtros de todo tipo o conjuros»PEDRO C. QUINTANA

Durante los siglos XV al XIX era endémica y estructural en la sociedad colonial de entonces la casi inexistencia de médicos titulados. «Las carencias de médicos, boticarios o cirujanos fue un hecho estructural a lo largo de la Edad Moderna en las islas», insiste Quintana.

Consecuencia de una escasa estructura sanitaria, la población debía «acudir a los remedios utilizados por la familia, personas entendidas en materias de hierbas, curanderos, esteleros, medicastros, sanadores o meros estafadores. A ellos se unían un elevado número de personas cuyas creencias enraizadas en la superchería y la carencia de recursos les hacía recurrir a circuitos fraudulentos suministradores de fórmulas milagrosas, filtros de todo tipo o conjuros».

Ya entrado el siglo XIX todavía era abrumadora la ausencia de personal sanitario en el archipiélago, concentrándose en las principales ciudades donde el ejercicio de la medicina era rentable para quienes la practicaban, pues era donde únicamente había quien les pudiera pagar sus servicios. «El mundo sanitario en la región siempre tuvo considerables carencias ante la pobreza generalizada de la población, la cual apenas si podía sostener su subsistencia», señala este historiador.

Según la ‘Estadística’ de Escolar y Serrano, en el total de las islas había registrados 11 médicos, 13 cirujanos, 6 boticarios, 5 sangradores y 24 barberos cirujanos/sangradores a fines del XVIII

No hay sino que mirar los datos del libro de aquella época Estadística de las islas Canarias, 1793-1806, de Francisco Escolar y Serrano. En el total de las islas había registrados 11 médicos (la mayoría en Tenerife), 13 cirujanos, 6 boticarios, 5 sangradores, 24 barberos cirujanos/sangradores y 1 curandero.

Un médico sangrador con un paciente en 1860 en Estados Unidos. | FOTO WIKIMEDIA COMMONS
Las especialidades de entonces indican la importancia de las sangrías como tratamiento médico muy extendido, en muchos casos realizadas con sanguijuelas cuya adquisición ofertaban los periódicos locales en sus páginas todavía en el siglo XX.

El sangrado es una práctica milenaria que se conocía en el Antiguo Egipto e incluso la empleaban los guanches (Pellagofio nº 74). Hipócrates, en la Antigua Grecia, vinculaba el sangrado con la creencia de que la menstruación tenía la función de «purgar a las mujeres de los malos humores» (se refería a los cuatro humores o líquidos del cuerpo que debían estar en equilibrio: la sangre, la flema, la bilis amarilla y la bilis negra), así que debía ser bueno para el tratamiento de casi cualquier enfermedad. Lo cierto es que no sólo no tenía efectos curativos, sino que provocaba el debilitamiento del paciente y hasta su muerte.

«Había otros elementos que actuaban de modo contrario para la salud», explica Quintana al ser consultado. Por ejemplo, cuando se aplicaba el remedio de consumir carne y vísceras, asadas o crudas, «para recuperar sangre». «Todas esas comidas que se le suministraban a enfermos que podían sufrir de gota o tenían problemas graves de salud —añade—, lo que hacía era acelerar su muerte».

Entre los productos que recetaban los médicos estaban los ungüentos y la piedra infernal (nitrato de plata, altamente corrosivo) que el cirujano González Rojas se quejaba en 1784 de no recibir y, por tanto, no poder atender a sus pacientes en el hospital de San Sebastián (en La Laguna), limitándose a suministrar al enfermo Matías de Rojas «unas muletas gratuitamente, aunque no las usaba, “porque lo mismo es ponerse de pie que caerse desmayado, lo que depende de su muchísima hambre” (…) explicando la tipología de las ulceraciones de Rojas», cita el libro Medicina en Canarias…

Los inventarios de las boticas incluían bálsamos de azufre trementinado, preparados mercuriales, láudanos, purgantes, tóxicos, vomitivos… Productos en muchos casos altamente venenosos

El inventario de una botica del siglo XVIII en las Islas incluía referencias como enjundias (grasa que una botica de La Laguna, cita la documentación, tenía de diferentes animales «excepto oso, camello y caballo», que debían ser también habituales), bálsamos de azufre trementinado, preparados mercuriales, láudanos, purgantes, tóxicos, vomitivos… Productos en muchos casos altamente venenosos.

Los barberos se dedicaron durante siglos a la extracción de piezas dentales. En la foto, barbero legionario extrae una muela a Totoyo Millares en 1958. | FOTO ARCHIVO YURI MILLARES

En 1777 el médico Carlos Yáñez «solicitó se contuvieran dentro de sus cometidos los cirujanos, no ejerciendo las funciones de médicos (…), denunciaba la intromisión de los cirujanos en territorios médicos “decretando ebaquaciones y usando remedios internos, lo que trae funestas consecuencias”, subrayando con énfasis que “sacrificaban víctimas humanas al ýdolo de su ignorancia”».

Frente al peligro de ser atendidos por los médicos y cirujanos de entonces, los populares barberos-sangradores «fueron un grupo sanitario fundamental para la salud de la población en sus limitados pero destacados quehaceres diarios», señala Quintana, pues aparte de las poco recomendables sangrías, se dedicaban a la extracción de piezas dentales o a realizar pequeñas curas de todo tipo.

«Las mujeres era lo primero que tomaban cuando daban a luz: el caldo de gallina o el caldo de pichones. ¡Mi abuela tuvo 17 hijos!PEPE GUEDES

Sin embargo, un remedio —éste sí muy sano— que se siguió practicando hasta bien avanzado el siglo XX (y todavía hoy se consume por considerarse muy saludable y recomendado) son los caldos de gallina o de pichón. Pepe Guedes, cocinero jubilado de Lomo del Caballo (en Ingenio, Gran Canaria) que cocinó el caldo de pichón para Pellagofio (nº 65), nos explicaba que era costumbre dársela «a una persona que se ponía muy delicada». Especialmente, insistía, «a las mujeres cuando daban a luz, era lo primero que tomaban: el caldo de gallina o el caldo de pichones. ¡Mi abuela tuvo 17 hijos!».

La sopa con pan (la «sopita de los domingos»), variante del caldo pichón o gallina. | FOTO TATO GONÇALVES

Curiosamente, leyendo el Libro de gasto del ramo de enfermería del Convento de San Pedro Mártir en los años 1797-1798, de monjes dominicos establecidos en Las Palmas de Gran Canaria —documento que transcribe Argelia Camino en el libro que citamos (Medicina…, p. 255 y sig.)— nos encontramos numerosos pagos en reales de vellón para la compra de gallinas con estos fines, también de aguardiente, azúcar o rapaduras para purgas, curas y lavativas. Por ejemplo, leemos numerosas líneas en la contabilidad con gastos como «por tres de plata, otra gallina para el reverendo padre prelado Romero que siguió enfermo». Incluso aparece la cita de la compra de «una gallipaba para el reverendo padre Compañero».

Otros gastos curiosos de la enfermería del convento fueron «8 reales plata al hermano Miguel Hernández para comprar carne, y lo que necesitase con motivo de irse a Agüimes por orden del médico para curarse la sarna y sus padres ser pobres». O los «4 quartos cornado para leña etcétera para los pucheros para el hermano Aguilar». O los cuatro reales de plata por «una libra de azúcar que se gastó en los refrescos que el médico recetó al el hermano Nicolás de Cala» y los dos reales plata para «media libra de chocolate a dicho hermano». Tampoco faltan pagos como los «dos de plata al maestre Higuera de dos sangrías dadas al padre fray Antonio Marrero».

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