Sociedad rural

“Si ‘enserenado’ estaba el tiempo, ‘enserenado’ estaba el traje”

OFICIOS DEL MUNDO RURAL. Agustina Páez confecciona las tradicionales camisetas de los pescadores de La Graciosa. Esposa, hija y nieta de pescadores, hubo un tiempo en el que subía a diario por el risco de Famara a vender pescado en Haría. La ropa la lavaba por la noche para volver a ponérsela de madrugada, seca o mojada. [En PELLAGOFIO nº 25 (1ª época, octubre 2006)].

Por YURI MILLARES

Nació en La Graciosa hija de una de las familias que se asentaron en la pequeña isla a finales del siglo XIX y fundaron el pueblo de Caleta de Sebo. Agustina Páez Guadalupe dice que sus bisabuelos “eran unos de la villa de Teguise, otros de Haría. Mis abuelos ya estaban aquí y la madre de mi abuela paterna era de Haría, porque yo la conocí, se llamaba Carmen y se murió de 120 años. Terminaron por ponerle en una cuna como a un niño, le salieron dientitos que eso era increíble. Yo llegué a verla en la cuna, porque ya tengo 74 años cumplidos. Y mi abuelo murió un mes de julio y yo me casé vestidita de negro en octubre, los padres lo exigieron así y así me casé, [de luto]”.

«Mi abuela Carmen se murió de 120 años. Terminaron por ponerle en una cuna como a un niño, le salieron dientitos que eso era increíble»AGUSTINA PÁEZ, costurera

Se casó Agustina con el pescador graciosero Juan Páez Betancort el día 7 justo hace 50 años, en la ermita de San Juan del pueblo de Haría. La caminata por el sendero que sube el risco de Famara (y a diario debían recorrer los habitantes de La Graciosa para ir al médico, vender el pescado o comprar víveres) aquel día lo hicieron para ir a la boda. Al llegar al pueblito de Máguez, que está primero, les cayó encima tal aguacero que “llegamos al pueblo de Haría escurriendo el agua”, recuerda. Pero el vestido negro para la boda y los zapatos los tenía envueltos en un paquete. “Lo llevábamos guardadito y nos vestimos en Haría”. La gente de La Graciosa, explica, “unos más y otros menos, tenían sus casitas en Haría”.

Camino a la boda por el risco de Famara les cayó encima tal aguacero que «llegamos al pueblo de Haría escurriendo el agua». Pero el vestido negro para la boda y los zapatos los tenía envueltos en un paquete

25 kilos en la cabeza
El resto de los días del año el recorrido se hacía con cestas de 20 y 25 kilos de pescado en la cabeza. “Teníamos que lavar la ropita por las noches para al día siguiente ponerte el traje y volver a Haría a vender pescado: si estaba el tiempo seco, el traje y la ropita de adentro estaban más o menos secos, pero si enserenado estaba el tiempo, enserenado estaba el traje y la ropita para ponernos otra vez. Y eso éramos todas, porque aquí la vida no era sino la mar y el pescado, que había que irlo a vender”.

«Teníamos que lavar la ropita por las noches para al día siguiente ponerte el traje y volver a Haría a vender pescado»AGUSTINA PÁEZ, hija y esposa de pescadores

Dos rostros curtidos por la vida de la pesca en La Graciosa: Agustina y su marido Juan. | FOTO YURI MILLARES
Los hombres traían el fruto de su esfuerzo cotidiano, el pescado, “al oscurecer y después lo ponían en el patio al fresco, bien puestito; de madrugada lo llevaban a la orilla de la marea, lo lavaban bien lavadito y para la cesta, y entonces nos llevaban a nosotras y nos dejaban por la madrugadita [en la playa] Bajo el Risco”, relata Agustina, que no olvida mencionar el regreso “para abajo otra vez cargadas, porque aquí no había cosas de comida, se traía de Lanzarote: granos para hacer los potajitos, aceite, azúcar, de todo lo que había para las comiditas”.

Por no haber, en La Graciosa a veces no había ni agua si los pocos aljibes no se llenaban en el invierno. “Según los años –precisa–; si había poco invierno había que [atravesar El Río e] ir a Bajo el Risco a buscar el agua. Había sitios en los que más o menos se podía beber, como en Guinate o en Gusa, pero por la parte de las salinas el agua de la mar y el agua de la fuente eran del mismo gusto: saladita. Habían garrafones, habían barrilitos y más cosas; se cogían prestados y cuando uno llegaba a la casa estaba ya esperando alguien para si le prestaba los cubos para volver el otro a buscarla y así”.

Hasta 1977 la localidad de Caleta de Sebo no tuvo desalinizadora para abastecerse de agua potable

A partir de 1945 los cerca de 400 habitantes que tenía Caleta de Sebo fueron mejorando sus condiciones de vida y hasta pudieron estrenar cementerio, ya que antes debían cargar a hombros a los fallecidos hasta la vecina Lanzarote. Abrieron algunas tiendas, se construyó un pequeño muelle, la ermita dio paso a una iglesia, se dotó al pueblo de varios depósitos de agua. No fue hasta 1977, sin embargo, cuando la localidad tuvo desalinizadora para abastecerse de agua potable (y de paso electricidad con los mismos motores, durante 12 horas al día).

Costureras
En las condiciones de vida de Caleta de Sebo, sus habitantes vestían hasta no hace mucho con la ropa que hacían costureras del lugar con telas que traían de Lanzarote. “Aquí habían mujeres costureras que hacían los vestidos, los pantalones, las camisas y todas esas cosas”, dice Agustina, que aprendió con una de ellas, Inocencia: “Somos cuñadas y es como si fuéramos hermanas, jamás he tenido con ella ni un sí ni un no. Lo que sé de coser lo he aprendido con ella porque arreglaba, cosía a la máquina, era una costurera fina que aprendió el corte en Haría”. Agustina ha seguido cosiendo hasta hoy, ya casi dedicada en exclusiva a confeccionar las tradicionales camisetas de pescador y sólo por encargo.

■ PASO A PASO
De franela y bayeta
Fotos de YURI MILLARES
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A las camisas de los pescadores, dice Agustina Páez, “les decimos camisetas”. Se hacían de franela y de otra tela “que era más fuerte, bayeta le decíamos, y también de trozos: porque se rompían trabajando en la mar y de cualquier trozo de tela le pegabas un trozo, sin mirar que fuera blanco ni que fuera negro, del color que fuera le cosíamos un trozo, tanto a los pantalones como a las camisetas”.

1. Cinta métrica
Empieza Agustina por coger la cinta métrica y tomar las medidas de la persona que va a ponerse la camiseta: “Primero el alto desde arriba hasta donde va a ser. Después el ancho, la manga, el cuello y por último mido del pescuezo al hombro”. El timplista Totoyo Millares es uno de sus clientes, pues utiliza la camiseta graciosera para vestir en sus conciertos.

2. Cortar
Anotadas las medidas, coge la tela del color elegida (rojo, verde, azul o blanco) y corta con las tijeras los huecos y el cuello a la pieza principal, teniendo en cuenta que la pieza de delante tenga más caída que la de atrás.
3. Máquina de coser
Con la máquina cose las piezas delantera y trasera, después la aletilla y los huecos de manga y las mangas, para finalizar con el cuello y el bolsillo.
4. A la mano, arreglar
Los arreglos finales los hace “a la mano”, dice, con aguja e hilo. Por ejemplo, los ojales y los botones. A veces le echan una mano una hermana y una nuera para los detalles finales (el bolsillo y las letras que componen el nombre de la isla sobre aquél).

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