Carlos Cólogan

El secreto de la Royal Navy en 1780, quillas forradas de cobre

El desastre la Batalla de San Vicente, al sur de Portugal a principios de 1780, fue la primera derrota naval española frente a navíos británicos de la Royal Navy en la recién comenzada guerra de la independencia americana, que relata Carlos Cólogan en su 33ª entrega de la serie “Virtus probata florescit” [En PELLAGOFIO nº 87 (2ª época, agosto 2020)].

columnista-carlos-cologan-3bPor CARLOS CÓLOGAN SORIANO
Escritor e investigador especializado en el comercio atlántico del siglo XVIII.

Ala altura del cabo de San Vicente, un grumete oteaba el horizonte cuando de repente vio decenas de velas que asomaban por el oeste. Francisco dio la voz de alarma, soplando su silbado con todo el aire de sus pulmones y de inmediato los oficiales de la flota española comenzaron a gritar órdenes. En unos minutos, todos los navíos estaban advertidos y calcularon que, a juzgar por la distancia, quedaría una media hora antes de tener a la Royal Navy a tiro. Había que organizarse y parecía haber tiempo suficiente.

El almirante Juan de Lángara sabía que la flota británica le duplicaba en número, pero una estrategia le vino a la mente viendo que el enemigo llevaba a muchos mercantes entre sus filas: “Serán más lentos –pensó–, me podré colar entre sus líneas y causar el caos”. Sin embargo, el almirante pasó algo por alto, pues lo importante no era lo que veía sobre la superficie, sino lo que se ocultaba bajo las aguas.

Lángara no entendía cómo podían avanzar a tal velocidad y maniobrar tan ágilmente. Así fue como se perdió la iniciativa

Sin saber cómo, en menos de quince minutos los navíos de guerra ingleses se situaron delante de los suyos, sorprendiéndole, y Lángara se vio incapaz de reaccionar ante tan rápidas maniobras. No entendía cómo podían avanzar a tal velocidad y maniobrar tan ágilmente. Así fue como se perdió la iniciativa y, desesperado, cambió su rumbo para tratar de adentrarse al abrigo del puerto de Cádiz.

El convoy de suministros de la Royal Navy para las asediadas guarniciones de Gibraltar y Menorca formado frente al cabo de San Vicente el 16 de enero de 1780 donde se enfrentó a una escuadra de navíos de la Real Armada Española. Pintura de Dominic Serres (Museo Marítimo Nacional, Greenwich, Londres). | IMAGEN WIKIMEDIA COMMONS

El desastre se saldó con la pérdida del navío de guerra Santo Domingo, que fue hundido, y otros cuatro navíos capturados amén de 2.500 hombres entre prisioneros y muertos, mientras que las bajas británicas solo informaron de 32 muertos y 102 heridos. Al llegar a puerto nadie entendía qué había pasado. Se sabía que Lángara era diestro y se esperaba, más pronto que tarde, ver llegar a la Royal Navy porque la guerra se había declarado hacía pocos meses. Estaba claro que irían a Gibraltar y a Menorca para dejar víveres y para impedirlo estaba Lángara. El 18 de enero, los navíos españoles que escaparon permanecían amarrados en Cádiz y se difundió la noticia de la primera derrota naval en la recién comenzada guerra de la independencia americana, que, para más inri, sucedió en nuestras propias narices.

Cada barco requería un promedio de 15 toneladas de cobre (aproximadamente 300 planchas)

Días después se supo el verdadero motivo del desastre. Hacía meses que los navíos ingleses habían sido equipados con quillas forradas de planchas de cobre, lo que les daba más velocidad y capacidad de maniobra.

Eso, a la larga, requeriría un menor mantenimiento porque no había que llevarlos a dique seco para quitarles las incrustaciones del casco, lo que les permitía permanecer más tiempo operativos, es decir, combatir más.

Los trabajos los había promovido el controlador de la Royal Navy Charles Middleton y se habían hecho, en secreto entre 1778 y 1779, en la base naval de Portsmouth. Allí, a lo largo de un año, se forraron no menos de 51 navíos en una decidida apuesta por mejorar la flota. Cada barco requería un promedio de 15 toneladas de cobre (aproximadamente 300 planchas) con un valor estimado, por cada navío, de 74 cañones de 1.500 libras. El cobre era suministrado desde las minas británicas de Anglesey, al norte de Gales, siendo por aquel entonces Gran Bretaña el único país del mundo capaz de fabricarlas para este fin.

El hecho se conoció como la Batalla del Cabo de San Vicente de 1780 y la lección aprendida fue que no había que bajar la guardia en cuanto a los avances tecnológicos, pues cualquier nuevo detalle daría una ventaja fundamental, que inclinaría la victoria hacia un bando u otro y en esto los ingleses tenían la flota y la iniciativa. Desde Cádiz los comerciantes Eduardo y Jacobo Gough escribieron a Tenerife para dar parte de la primera derrota naval de la Guerra.

Cádiz, 18 de enero de 1780.
Amigos Míos. Tenemos por acá la infausta novedad de haber llegado a estos mares una Escuadra Inglesa de 21 o 22 navíos de línea y 6 fragatas, a tiempo en que por los recios temporales no había más que unos ocho de los nuestros fuera, guardando la boca del Estrecho, fueron rodeados el 16 de este, a las tres de la tarde, por fuerzas tan superiores, y sin embargo de la desigualdad tan notoria, han peleado los nuestros a punto de que les resulta grande honor en medio de la pérdida padecida; el Santo Domingo voló a las dos horas de combate, han entrado el San Julián y el San Eugenio enteramente desarbolados, dos otros sin lesión que se sepa; los que faltan no se sabe su paradero hasta ahora, pero es de temer han caído en poder de los Enemigos; como se dice ha sucedido con el Convoy de Vizcaya, el día 15 de este, sobre el Cabo de San Vicente. Dios remedie tanto mal.

La flota inglesa la comandaba el almirante Rodney y, tras entrar en Gibraltar, prosiguió hacia Tánger y finalmente hacia Menorca. Había sido la primera gran victoria de la Royal Navy en aguas europeas y el almirante fue alabado por ello. Luego prosiguió hacia su destino final en el Caribe.

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