Carlos Cólogan

Cuando, sin el cereal americano, África nos daba de comer

«Hacía meses que no aparecían mercantes de Filadelfia o Nueva York por ninguna parte (ni el cereal americano) y el gobierno de Carlos IV autorizó los pagos con moneda de la que se acuñaba en las Indias», escribe Carlos Cólogan en su columna en PELLAGOFIO este episodio de la historia del comercio de las islas Canarias en el siglo XVIII. [En PELLAGOFIO nº 71 (2ª época, enero 2019)].

columnista-carlos-cologan-3bPor CARLOS CÓLOGAN SORIANO
Escritor e investigador especializado en el comercio atlántico del siglo XVIII.

Puede sonar paradójico el título, pero así fue la historia para las islas Canarias y tal vez lo vuelva a ser. Corría el año 1796 y España se enfrentaba nuevamente contra Gran Bretaña. Acosados marítimamente, los navíos no llegaban a las islas, o bien porque no se arriesgaban a caer apresados, o porque, simplemente, eran atacados por la Royal Navy.

Arrastrados por Francia a una nueva guerra contra el sempiterno enemigo, los saqueos a los navíos comerciales llegaron a tal punto que las islas se quedaron desabastecidas

España aún era por entonces una potencia, al mismo nivel que Francia e Inglaterra, pero su imperio era tan inabarcable que muchas veces exponía sus debilidades mostrando flancos desprotegidos. Las islas Canarias eran uno de esos flancos y, salvo para llegar a las Indias, no aportaban mucho más a la economía del imperio. Arrastrados por Francia a una nueva guerra contra el sempiterno enemigo, los saqueos a los navíos comerciales llegaron a tal punto que las islas se quedaron desabastecidas de granos, es decir, del cereal americano tan necesario para su subsistencia.

En guerra y desabastecidos
Habitualmente, estos cereales llegaban desde los puertos de Filadelfia y Nueva York, en los Estados Unidos. Muchos de nuestros navíos de vinos los intercambiaban, pero desde hacía meses los mercantes americanos no aparecían por ninguna parte y el gobierno de Carlos IV puso los medios para paliarlo.

Entonces apareció la figura de Diego María de Gardoqui y Arriquibar, nuestro ministro de Hacienda. Gardoqui había sido un destacado comerciante y el primer embajador de España en los Estados Unidos. Gracias a él nuestro país canalizó la ayuda para su independencia. Tanto representó su papel, que fue el único español que asistió a la jura presidencial de su amigo George Washington.

A finales de 1796, alarmado Gardoqui ante la grave situación de las islas Canarias, dio la siguiente orden:

En vista de lo representado por el Síndico Personero Procurador general de la Ysla de Tenerife, una de las Canarias, Don Felipe Carrillo, acerca de lo escaso de la cosecha de granos en el año último, y corriente y la necesidad de que se permita aquellos comerciantes según lo exijan las circunstancias extraer la moneda correspondiente para conducir de Marruecos en Buques Nacionales toda la especie de granos y carnes para su abasto, y de lo que siempre el particular expone el Comandante General de aquellas Yslas don Antonio Gutiérrez, se ha servido el Rey permitir que de la expresada Ysla de Tenerife, se pueda extraer a Marruecos el dinero, equivalente a 158 fanegas de trigo para atender a su abasto, una extracción quiere Su Majestad que se efectúe por medio del Banco Nacional y bajo el pago de todos los derechos, y recargos establecidos.

Una carta similar se redactó para el ayuntamiento de la isla de San Miguel de La Palma y para Gran Canaria, con el matiz de que, para esta última isla, se prohibía sacar cargamentos de judías hacia Cádiz, algo muy frecuente entonces.

Las monedas normalmente acuñadas en las Indias americanas, eran objeto de férrea vigilancia y cualquier extracción fuera de nuestro imperio debía ser previamente autorizada

Mapa de la isla de Mogador fechado en 1764, apenas unos pocos años de la fecha en que transcurren los hechos de este artícuo.

El concepto de “sacar moneda o caudales” era crítico, pues, por entonces, las monedas normalmente acuñadas en las Indias americanas, eran objeto de férrea vigilancia y cualquier extracción fuera de nuestro imperio debía ser previamente autorizada.

La moneda era, por tanto, escasa y muchas veces solo se permitía su salida siempre y cuando “el extractor” aportara una idéntica cantidad de trigo, quedando ambos productos con el mismo valor.

A finales del siglo XVIII España tenía un solo banco, el Banco de San Carlos, fundado en 1782 por Carlos III y sus directores en Madrid eran Policarpo Sáenz de Tejada Hermoso y Miguel Antonio Amandi, los únicos que tenían autoridad para permitir las extracciones.

El apoderado del Banco de San Carlos en Canarias, el comerciante tinerfeño Tomás Cólogan Valois, aportó 1.338 reales y 18 maravedíes de vellón que entregó a las casas de comercio de Juan Pasley y Archibald Little, del Puerto de la Orotava, en Tenerife, a un interés del 3% para fletar los bergantines San Bernardo y Gran Poder de Dios. También se dio un crédito de 45 reales de vellón a Joseph Hernández de Acosta, con el mismo motivo, para su bergantín Jesús Nazareno. No es casual, ni mucho menos, que todos los involucrados fueran exportadores de vinos y todos de ascendencia británica…

Algunos de los barcos fueron luego capturados por los británicos, que los derivaban a Madeira y Gibraltar, pero también nosotros hacíamos lo mismo

Rumbo a Mogador
Así fue como partieron hacia la costa africana, concretamente hacia el puerto de Mogador (actual Esauira, en Marruecos), en busca de auxilio y si bien es cierto que no fueron muchos los mercantes enviados, sí fueron los suficientes para abastecer temporalmente las islas. Hay que decir que algunos de ellos fueron luego capturados por los británicos, que los derivaban a Madeira y Gibraltar. Pero también nosotros hacíamos lo mismo, pues en marzo de 1797 llegó un bergantín genovés, también procedente de Mogador, cargado de trigo que fue intervenido por la Justicia para descargarlo sin más miramientos. Sólo unos meses después Nelson se acercó a las islas con la intención de hacerse con más botines, si no con las islas, y casi lo consiguió.

La reflexión es inmediata, ¿quién depende de quién? Seguramente dependemos nosotros más de África que ella de nosotros. Seguimos siendo unas frágiles islas en medio de un océano de amenazas y en cualquier momento del futuro volveremos a necesitarla porque somos parte de ella.

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