Carlos Cólogan

Diario del ataque corsario que sufrió el ‘Ceres’ rumbo a Tenerife

«No hay nada más fascinante que encontrar unos papelitos que directamente te narren un episodio que casi podría corresponder al guión de una película de aventuras», escribe Carlos Cólogan en esta entrega de Virtus Probata Florescit, su columna en PELLAGOFIO. [En PELLAGOFIO nº 62 (2ª época, febrero 2018)].

columnista-carlos-cologan-3bPor CARLOS CÓLOGAN SORIANO
Escritor e investigador especializado en el comercio atlántico del siglo XVIII a partir de la amplia documentación legada por su familia.

No hay nada más fascinante que encontrar unos papelitos que directamente te narren un episodio que casi podría corresponder al guión de una película de aventuras. El hecho que se relata sucedió en mayo de 1799 en el transcurso de la guerra anglo-española y con los franceses como aliados. En aquel año la navegación se había convertido en un caos, pues las acciones corsarias las desarrollaban por igual las tres naciones involucradas en la guerra.

Las siguientes líneas pertenecen a un singular y extraño diario de un capitán de marina mercante que, en una travesía desde Londres a Tenerife, sufre un ataque corsario. Los tres folios están escritos en un perfecto español con muy buena caligrafía y ortografía. Pese a que no están firmados, estimo que podrían pertenecer al bergantín Ceres, cuyo capitán era Juan Jacobo G. Wahltedt. Este marino, a su llegada a Tenerife el 31 de mayo de 1799, narra el episodio a Tomás Cólogan para que éste lo pueda remitir a los aseguradores londinenses.

La crónica es verdaderamente singular, pues refleja el perjuicio económico que ocasionaban los ataques corsarios a la economía de las Islas Canarias, aunque el hecho de que esté escrito en primera persona lo convierte en un verdadero hallazgo. Encabezado por un “Extracto del libro de abordo”, dice así:

El día 28 de abril de 1799 salimos de Londres: El navío estaba bien acondicionado y propio para hacer viaje. El mismo día llegamos a Gravesend; el dos de mayo salimos de Gravesend y el 4 llegamos a las Dunas, el 5 llegamos hasta Portsmouth a fin de pedir convoy, pero no habiéndolo salimos de allá el día 7 de dicho mes, en seguimos nuestra derrota con varios vientos y tiempos hasta el 16 a las quatro de la mañana; quando caló el viento, entrando entonces en la latitud de 44 grados, 8 minutos y la longitud de 12 grados y 17 minutos al Oeste de Londres. A las cinco y media de la mañana, vimos un navío a sotavento que tenía sus juanetes, los que arrió luego que nos alcanzó a ver.

«…a una legua de él no pudimos oír el ruido, y sí solo ver el humo quando, temiendo que fuese un corsario, eché al agua todos los papeles…»

La mañana estaba nublada, pero ya empezaban a disiparse las nubes y entonces el mismo barco cambió sobre nosotros, puso bandera encarnada y aunque no estábamos a una legua de él no pudimos oír el ruido, y sí solo ver el humo quando, temiendo que fuese un corsario, eché al agua todos los papeles sobre que pudieran haberme buscado.

Un cañonazo

A las seis y tres quartos disparó un cañonazo y, a las ocho, se acercó y me habló, mandando que echásemos el bote al agua y que el capitán fuese abordo con sus papeles, lo que hice. Quando llegue a bordo del expresado barco, me habló el capitán en mal francés y me obligó a baxar a su cámara, y a mi gente que saliese del bote, y doce hombres y un oficial bajaron y pasaron a mi Navío.

«…Luego que llegaron a bordo, supe que habían quitado los encerados de la boca de escotilla, y que la habían abierto, rompiendo la tabla clavada que la cerraba…»

Luego que llegaron a bordo, supe que habían quitado los encerados de la boca de escotilla, y que la habían abierto, rompiendo la tabla clavada que la cerraba; y el oficial con ocho hombres baxaron a la bodega quedando los otros quatro marineros sobre combés. Pocos instantes después subió el citado Oficial, tomó la bocina y llamó al Navío hablándole a su capitán en una lengua que ni yo ni mis marineros podíamos entender.

Entonces el barco referido echó su lancha al agua, la que inmediatamente fue abordo con diez hombres más. Y baxando estos con los demás a la bodega de mi Navío, sacaron ocho barricas de agua y las metieron dentro de la lancha. Después baxaron a la cámara de víveres y sacaron 2 barriles de vaca, 2 barriles de puerco, 2 barriles de manteca, quatro sacos de biscocho, 3 piezas de xarcia menuda, el uno a 3 pulgadas, otros de dos y el tercero de una; y se llevaron el todo para su navío con las dos lanchas.

Una vez de embarcados los reglones citados, volvieron otra vez a bordo de mi Bergantín; y en varios viajes sacaron de la cargazón los siguientes: un cable de 6 ½ pulgadas y 120 brazas, 2 piezas de lona, 6 barriles marcados I.W. con los números 51, 52, 53, 54, 55, 62; 3 Caxas marcados I.W., 22, 23, 24; 2 Paquetes con la misma marca y numerados 65, 66; 2 caxones marcados C, 6.15; 1 Caxon marcado R.P. 2C9; 1 Fardo marcado A nº19; 1 dicho idem B nº16; 2 barriles de manteca marcados Ceres Ship Stores; 2 Cestos de quesos marcados del mismo modo; 20 Cestos de cervezas.

«…el corsario que se hallaba a sotavento de mi navío, cambió y se puso a barlovento; ignorábamos el motivo; pero luego juzgamos fuese el de descubrir una vela…»

Y siguieron pasando estas mercancías a su bordo hasta las tres y media de la tarde, quando el corsario que se hallaba a sotavento de mi navío, cambió y se puso a barlovento; ignorábamos el motivo; pero luego juzgamos fuese el de descubrir una vela a sotavento.

Una vela a sotavento ahuyenta al capitán corsario

El viento empezó a refrescar y con marejada, y la referida vela, vista a sotavento, parecía dirigirse hacia nosotros. Entonces el Capitán de dicho corsario llamó a su oficial que estaba a bordo de mi Bergantín, hablándole siempre en una lengua desconocida. Luego se acercaron las dos lanchas con la gente que tenían a bordo del Bergantín; y baxaron vacías a la misma las ocho barricas de aguada, mandando a mis quatro marineros que se embarcasen, y a mí que saliese de la cámara y me fuese a mi Bergantín diciéndome que tenía bastantes razones para llevarme a Francia y que yo sería condenado; pero que como allá había bastantes barcos viejos, y que no podría vender este fácilmente, me lo regalaba; y que si acaso encontrábamos la vela que se avistaba y le participáramos algo de lo sucedido, me echaría a pique sin misericordia siempre que me volviese a encontrar.

«…diciéndome que tenía bastantes razones para llevarme a Francia y que yo sería condenado; pero que como allá había bastantes barcos viejos, y que no podría vender este fácilmente, me lo regalaba…»

Me fui a bordo con mi lancha algo maltratada y llena haciendo agua. El Corsario subió la suya; hizo fuerza de vela, y se separó de mí.

El otro barco a la vista siguió igualmente su rumbo y no nos volvimos a ver. El Corsario luego después baxó sus juanetes. Este era un Bergantín de doce cañones y 4 pedreros pequeños de fábrica Ynglesa o Americana, y era tal la astucia con que andaba, que solo a mi corta distancia se podría divisar su artillería pareciendo más bien de lejos un barco mercante. Nosotros celebramos consulta sobre lo que debíamos practicar; no teniendo ya a bordo más que 6 ½ barricas de agua, un barril de Naca, las tres cuartas partes de un barril de puerco, tres y medio quintales de pexepalo, tres y medio quintales de biscocho, las tres quartas partes de un barril de manteca, y 2 barriles de biscocho de centeno. Nos determinamos a entrar en Lisboa.

Deduzco que el corsario trabaja para los franceses, pues amenazó con llevar al Ceres a un puerto de ese país, pero es confuso pues la fábrica del navío aparentemente era inglesa o americana. Da lo mismo, pues los corsarios no tenían patria y lo mismo servían simultáneamente para potencias enfrentadas. Sólo espero encontrar más crónicas tan apasionantes como ésta, que me permitan vivir la historia como testigo directo. ¡Gracias capitán!

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