Carlos Cólogan

El discurso de Napoleón con sus planes para España, en Tenerife

«Los canarios estábamos muy alarmados ante las malévolas intenciones de Napoleón y esta copia de su discurso se guardó en el archivo familiar hasta hoy en día», escribe Carlos Cólogan en esta entrega de Virtus Probata Florescit, su columna en PELLAGOFIO. [En PELLAGOFIO nº 65 (2ª época, junio 2018)].

columnista-carlos-cologan-3bPor CARLOS CÓLOGAN SORIANO
Escritor e investigador especializado en el comercio atlántico del siglo XVIII.

Quizás el título pueda parecer un reclamo publicitario, porque Napoleón no vino jamás a la isla a dar ningún discurso. Sin embargo, el 25 de octubre de 1808 el emperador francés se prestaba a dar una arenga ante el Cuerpo Legislativo francés antes de entrar con sus tropas en España, y eso convirtió ese discurso en un texto crucial para el devenir de la historia de nuestro país.

En la mente del emperador ya anidaba la intención de conquistar España, por tanto, es muy probable que los servicios secretos españoles se temieran lo peor

En la mente del emperador ya anidaba la intención de conquistar España, por tanto, es muy probable que los servicios secretos españoles se temieran lo peor y algún agente seguía con discreción los movimientos franceses. Todo eso pudo ser, pero lo relevante es que en Tenerife no éramos ajenos a la peligrosa situación y alguien se hizo con una copia de ese discurso y lo hizo llegar a la isla. Decía así:

Las últimas leyes han echado los cimientos de nuestro sistema de Hacienda. Este es un momento de poder y de grandeza de la Francia. En lo sucesivo podremos cubrir los gastos que las circunstancias exigirán, aun en caso de una coligación general de la Europa, con solas nuestras rentas anuales, jamás nos veremos reducidos a los fatales expedientes del papel moneda, de los empréstitos, o de anticipaciones de dichas rentas. En este año he reparado y abierto más de mil millas de camino. El sistema de obras públicas que he establecido para adelantar nuestro territorio, se continuará con el mayor empeño.

Manuscrito en español del discurso de Napoleón Bonaparte que guardaba Juan Antonio Cólogan de Franchi (1793-1854) en Tenerife. | ILUSTRACIÓN ARCHIVO CARLOS CÓLOGAN

El texto localizado debió pertenecer a Juan Antonio Cólogan de Franchi (1793-1854), uno de los miembros de la Junta Suprema de Canarias. La junta, en ausencia de un gobierno legítimo en España, buscaba otras posibles salidas viables para el archipiélago canario. En el seno de la misma, las opiniones eran discutidas y la opción de entregarnos en los brazos de los ingleses, como potencia extranjera solvente, tomaba forma. De hecho, Juan Antonio era un fiel seguidor de los usos y costumbres británicas. Pero al margen de tan cruciales debates, lo que me cautiva o, tal vez, me llama la atención, es apreciar la incidencia que sobre las islas tenían las decisiones del por entonces incontestable emperador de Francia.

Leer el texto manuscrito y plasmado en un perfecto castellano nos pone en situación, pero lo más sorprendente es que difiere, en muchos aspectos, del que quedó para los libros de historia, otorgándole con ello un mayor interés.

El emperador, retroalimentado con su propia arenga, decía:

La vista de la grande familia Francesa, hasta ahora poco presa de la variedad de opiniones y de las agitaciones intestinas, pero que al presente vive dichosa, tranquila y unida, ha hecho en mi alma una sensación que no puedo expresar. He conocido que para ser feliz debía asegurarme primero que la Francia lo era.

Así pues, los tinerfeños y todos los canarios estábamos muy alarmados, por no decir agobiados, ante las malévolas intenciones de Napoleón y, por medio de algún agente o quizás un amigo, esta copia de su discurso se guardó en el archivo familiar hasta hoy en día.

El plan del emperador
Desde luego que esto no hace sino motivarme más y más preguntas que no sabría contestar. Lo cierto es que el emperador ejecutó su plan y, por primera vez desde la expulsión de los musulmanes en el siglo XV, nuestro país volvió a ser invadido por una nación extranjera. Proseguía diciendo el emperador:

NAPOLEÓN BONAPARTE:
«Parte de mi Exército ha marchado contra el que la Ynglaterra ha formado en España, y ha desembarcado en aquel país. Es sin duda a favor señalado de la providencia que ha protegido constantemente nuestras armas»

La Paz de Presburgo, la de Tilsitt, el ataque de Copenhague, los planes de la Ynglaterra contra todas las naciones en el Océano, las diferentes revoluciones de Constantinopla, los negocios de España y Portugal; todos estos sucesos han tenido un influjo grande sobre los negocios del mundo.
La Rusia y la Dinamarca se han unido conmigo contra la Ynglaterra. Los Estados Unidos de América han preferido abandonar el comercio y el mar, más bien que reconocer su esclavitud.
Parte de mi Exército ha marchado contra el que la Ynglaterra ha formado en España, y ha desembarcado en aquel país. Es sin duda a favor señalado de la providencia que ha protegido constantemente nuestras armas, el que la pasión haya cegado el gabinete Ynglés hasta el punto de abandonar la defensa de los mares y mostrar por fin su Exército en el Continente.
Dentro de pocos días voy a ponerme al frente de mi Exercito y con el auxilio de Dios, a coronar un Rey de España en Madrid y plantar mis águilas sobre los fuertes de Portugal.

El caso es que lo que dijo se cumplió, pero, como todos los dictadores, el francés murió empachado en su propio ego y su discurso ya daba muestras de ello. El presidente del Cuerpo Legislativo le alababa el sermón:

Señor, la mano que os ha conducido de milagro en milagro hasta la cima de la grandeza humana, no habrá de abandonar a la Francia ni a la Europa que todavía os necesita por mucho tiempo.

A lo que Napoleón respondió:

Mi deber y mi inclinación me inducen y obligan a que participe de los peligros de mis soldados. Somos mutuamente necesarios unos a otros. Poco pienso en las fatigas, quando pueden contribuir a asegurar la gloria y grandeza de la Francia.

En septiembre de 1837 hacía escala en Tenerife el joven teniente de la marina francesa Francisco de Orleans, hijo de Luis Felipe I, camino de Santa Helena a buscar los restos fúnebres del emperador

El resto fue historia, la Junta Suprema de Canarias se desmanteló y el emperador con sus ínfulas fue derrotado por los británicos en la batalla de Waterloo de junio de 1815. El propio Wellington decía que la presencia de Napoleón en el campo de batalla equivalía a 40.000 soldados. Si bien era un genio militar, con una innata capacidad de intuir lo que el enemigo iba a hacer, no pudo volver a realizar muchas más hazañas.

Preso por los británicos, fue desterrado en julio de 1815 a la isla de Santa Helena. Allí sobrevivió con una cohorte de seguidores y murió, dicen que envenenado, el 5 de mayo de 1821. Quince años más tarde, en septiembre de 1837, hacía escala en Tenerife el joven teniente de la marina francesa Francisco de Orleans, príncipe de Joinville, hijo de Luis Felipe I, último rey de Francia (1830-1848). Iba camino de Santa Helena a buscar los restos fúnebres del emperador. Juan Antonio, entonces, recordó la carta relativa a aquel discurso que tanto le atemorizó, y se sonrió.

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