Carlos Cólogan

Impuestos al vino y triquiñuelas como los “falsos Madeira”

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump nos ha atizado con un incremento en impuestos del 25% sobre la importación de vinos, aceites y otros productos hortofrutícolas. Los impuestos y aranceles no son nada nuevo para los españoles que hemos exportado vinos a los EEUU en siglos pasados y en cantidades muy superiores a las actuales. Cuando las Trece Colonias eran “propiedad británica” y nos enfrentábamos a ellos, los ingleses nos apretaban las tuercas cargando impuestos al vino canario, relata Carlos Cólogan en esta entrega de la serie “Virtus probata florescit” [En PELLAGOFIO nº 80 (2ª época, noviembre 2019)].

columnista-carlos-cologan-3bPor CARLOS CÓLOGAN SORIANO
Escritor e investigador especializado en el comercio atlántico del siglo XVIII.

“En este mundo no se puede estar seguro de nada, salvo de la muerte y los impuestos”. La frase, atribuida a Benjamin Franklin, no puede venir más al caso. En estas últimas semanas el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, nos ha atizado con un incremento en impuestos del 25% sobre la importación de vinos, aceites y otros productos hortofrutícolas. El impacto en nuestras exportaciones a ese país será severo, y se enmarca dentro de una soterrada guerra económica entre americanos y europeos que protegen, cada uno a su modo, a sus dos gigantes aeronáuticos: Boeing y Airbus. Y es que ambas empresas tecnológicas son estratégicas en muchos sentidos, pues cada una es vital en el desarrollo industrial y en el valor de sus exportaciones y, no digamos ya, como contratistas de los gobiernos.

Dicho esto, ¿qué tienen que ver los aviones y los cohetes con el vino y el aceite? Pues, simplemente, que Trump decidió que las ayudas de la CEE a su empresa señera eran muy abultadas y le perjudicaban en la competencia o en el equilibrio que ambas mantienen desde hace décadas. ¿Cómo molestar un poco? Sencillo, dañando las importaciones de pequeñas empresas sin poco poder de presión sobre Bruselas. El daño se concretó en las tres naciones que conforman el accionariado principal de Airbus: Alemania, Francia y España.

“Comerciantes de vino como Hugh y Alexander Wallace de Nueva York advirtieron a su cliente Sir William Johnson en 1772 que las tabernas en el interior del país de Nueva York vendían impunemente vino adulterado de Tenerife como ‘hecho aquí”

De las tres, nuestro país ha sido el más perjudicado, pues en los últimos años habíamos invertido mucho en abrir el mercado estadounidense a vinos, quesos y aceite en abierta competencia con Francia (que está mucho más diversificada) y con Italia (a la que no le afecta la subida de impuestos). Ahora, antes de desembarcar un contenedor de vino u aceite, se deberá abonar un 25% por ciento más, algo que nos deja fuera del mercado en beneficio de Italia, Chile, Nueva Zelanda y otras naciones que pugnan por ese suculento mercado.

Documento con información precisa sobre precios e impuestos a las importaciones de los Estados Unidos en 1790. | FOTO ARCHIVO FAMILIA CÓLOGAN

Siglos de impuestos y aranceles
Los impuestos y aranceles no son nada nuevo para los españoles que hemos exportado vinos a los EEUU en siglos pasados y en cantidades muy superiores a las actuales. Cuando las Trece Colonias eran “propiedad británica” y nos enfrentábamos a ellos, los ingleses nos apretaban las tuercas cargando impuestos a los vinos canarios y dando preferencia al Madeira portugués.

Para sortearlos, tanto nosotros como los importadores americanos, dábamos “gato por libre” enviando vino tinerfeño a Madeira y tras un cambio de documentación y, a veces de barco, se reexportaban a Filadelfia o Nueva York lo que se conoce como “falsos Madeiras” e, incluso, mezclando unos y otros. Estas triquiñuelas dieron resultado porque Madeira tenía una escasa producción vitivinícola y nos necesitaba, cosa que ahora no sucede con nuestros actuales competidores, pues todos producen en cantidad y calidad.

En el lado estadounidense del océano, desde Kingston a Louisbourg, los mayoristas y los minoristas también estaban muy ocupados en el negocio de la imitación. Comerciantes de vino como Hugh y Alexander Wallace de Nueva York advirtieron a su cliente Sir William Johnson en 1772 que las tabernas en el interior del país de Nueva York vendían impunemente vino adulterado de Tenerife como “hecho aquí”, y más al sur, John Guerard un comerciante de Charleston que trabajaba productos secos y los vinos en las décadas de 1750 y 1760, encontró los vinos de Madeira “excesivamente caros”; por ello, la mayoría de las personas estaban “obligados a utilizar los vinos importados desde las islas Canarias a un precio mucho más barato.”

Para remediar la situación, dio instrucciones a su capitán de cargar vinos en las islas Canarias y “colorearlos como Madeira” a bordo del mismo buque. Para él resultó una solución a un problema planteado por los altos precios de envío del Madeira. Guerard y otros empresarios sabían de primera mano que “una variedad de mezclas pasaría por Madeiras, agravado con el hecho de que algunos de estos vinos nunca crecieron en la isla”. Sin embargo, los muy canallas tenían la ventaja de vender más barato alterando la calidad de los verdaderos vinos. [1]

Tal vez esa táctica ahora no sirva, pero la historia nos puede ayudar a pensar en cómo resolver este problema. Primero teniendo perspectiva, antes el entorno era de guerra y ahora no, antes no había tantas posibilidades de comunicación y ahora sí. Digo esto porque por entonces Tenerife, Madeira y Faial se conectaban de tal manera que lo que uno no tenía lo aportaba otro. Era una suerte de regiones ultra periféricas del siglo XVIII, hecha de facto entre los comerciantes y sin instituciones de por medio.

Su nexo de unión era ser cosmopolitas, casi todos de ascendencia británica, muy bien informados de la situación internacional, pero, sobre todo, pragmáticos que no dudaban en intercambiar vino y acreditaciones en el momento necesario. Pero, sobre todo, manejaban información precisa y casi en tiempo real sobre precios e impuestos en cada puerto, como se acredita en la imagen que acompaña este artículo.

Islands of Wines
Las conversaciones que se aprecian en los archivos de Tenerife, revelan que la unión y el intercambio comercial entre territorios dispersos les permitieron sobrevivir durante siglos. De alguna manera es algo parecido a lo que vemos en el presente con los productores europeos de plátanos y bananas de las regiones ultra periféricas (RUP) de la Unión Europea, que han logrado medidas específicas (ficha financiera) en los presupuestos de la Comisión Europea. En esa agrupación se encuentran: Islas Canarias (España), Azores y Madeira (Portugal), Guadalupe, Guayana Francesa, Martinica, Mayotte, Reunión y San Martin (Francia). Nunca mejor dicho, la unión hace la fuerza.

Es importante mencionar que las tres mayores islas productoras de vinos del Atlántico en los siglos pasados eran las islas Canarias, Madeira y Azores y en los mercados de los EEUU se les conocían por el llamativo sobre nombre de Islands of Wines, algo así como una denominación común que los diferenciaba de los vinos continentales. Esta terminología anglosajona, que ahora está tan moda y que algunos machaconamente desean apropiarse para destacar en el hipercompetitivo mundo del vino, fue en cierta medida una herramienta “anti impuestos” inteligente y eficaz.

Podría dar otros ejemplos de cómo se evitaban los impuestos en siglos pasados, pero tal vez cometería una ilegalidad o una deslealtad con quienes las emplearon. Tampoco podría juzgarles por sobrevivir en aquellos calamitosos años, donde cada uno se buscaba la vida como podía pues tanto el gobierno como los tribunales españoles eran ineficaces. Tal vez por ello, se empleaban tan profusamente los seguros privados para paliar contingencias tales como ataques corsarios, roturas, averías, robos e impuestos sorpresivos como nos toca ahora.

El caso es que los impuestos empleados como arma económica son solo temporales y se suelen arreglar con “tú me das de aquí y yo te doy de allí”, que, como las tormentas, al final siempre sale el sol y las cosas vuelven a su curso. Mientras tanto, toca sufrir el momento y aguantar como sea porque peor, mucho peor, eran las guerras de entonces.
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[1] David Hancock, “Commerce and Conversation in the Eighteenth-Century Atlantic: The Invention of Madeira Wine”. Journal of Interdisciplinary History, XXIX:2. 1998.

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