Carlos Cólogan

El bergantín ‘Conde de Sándwich’, motín y tragedia

La codicia de unos marineros del bergantín ‘Conde de Sándwich’ provocó que se amotinaran y asesinaran a casi todos los tripulantes y pasajeros para llevarse el botín de oro y plata oculto en unas sacas que iban de contrabando. Aquellos pasajeros no eran otros que el marino, explorador y comerciante George Glas, su esposa y su hija. Entrega 34ª de la serie de Carlos Cólogan “Virtus probata florescit”. [En PELLAGOFIO nº 88 (2ª época, septiembre 2020)].

columnista-carlos-cologan-3bPor CARLOS CÓLOGAN SORIANO
Escritor e investigador especializado en el comercio atlántico del siglo XVIII.

El sábado 23 de marzo de 1765, al amanecer, salían de la pequeña y oscura bodega de la Gorvorana, El Realejo (Tenerife), las primeras pipas de malvasía que desde hacía dos años envejecían en aquel sótano. Con una vieja y desgastada polea los mozos izaron cinco pipas al carromato y las ataron entre sí para que no se movieran lo más mínimo. Calzadas con maderas, las pipas quedaron arriostradas y entonces, Manuel, el mozo, arreó a los dos bueyes que trabajosamente tiraron del carro.

Bajaron por el tormentoso camino y dos horas más tarde ya estaban en el puerto nuevo, junto a la aduana. Manuel, con la grúa portuaria las bajó a la barcaza, que se encontraba arrimada al pescante, y ayudados por cuatro marinos remaron para aproximarla al barco de Gabriel González, que esperaba ansioso completar el embarque.

Anotación del transporte en barco de unas pipas de malvasía y vidueño de la empresa Cólogan desde La Orotava a Santa Cruz para su embarque en el ‘Conde de Sándwich’ en marzo de 1765. | ARCHIVO FAMILIA CÓLOGAN

Tres horas después ya habían llegado cuatro carros más, que completaron el envío de Matías a Santa Cruz y Gabriel partió a las doce, temeroso de que se levantara el mar. La travesía costera le llevó ocho horas de lenta y cuidadosa navegación. Una vez fondeado en la capital, Gabriel puso su barco en el lado de babor del bergantín Conde de Sándwich que le esperaba presto para partir.

Así, nuevamente y con un meneo incesante, pasaron las veinte pipas a la bodega del navío, colocándolas junto a otras cincuenta de vidueños llegados por tierra desde Valle Guerra.

Matías quería cerciorarse personalmente que sus vinos viajaban a Inglaterra junto a los vidueños y aquellas extrañas sacas que no acertó a identificar

En el único espigón del muelle se presentó Matías con su lustroso uniforme de capitán de milicias. Saludó al agente portuario Nicolás Padilla y le firmó los recibos. Matías quería cerciorarse personalmente que sus vinos viajaban a Inglaterra junto a los vidueños y aquellas extrañas sacas que no acertó a identificar.

Tres pasajeros escoltados
Tras separarse el barquillo de Gabriel y antes de que soltaran las amarras, llegaron apresuradamente un grupillo de soldados procedentes del castillo de San Cristóbal que escoltaban a un inglés (en realidad era escocés), acompañado por las que parecían ser su mujer y su hija. Tras subirse a una barcaza se trasladaron al navío.

Meses después se supo que esa familia había sido asesinada durante la travesía, él ensartado y ellas lanzadas vivas por la borda por tres sanguinarios amotinados que no atendieron a sus súplicas. La crueldad de tan trágico final ocultó qué era lo que había detrás del asunto y que no era otra cosa que las 250 sacas de monedas de plata y oro que viajaban a bordo del navío desde Tenerife rumbo a Londres.

Muchos rastrearon una playa cercana a Waterford que ahora se conoce como Dollar Bay, buscando las sacas que los amotinados escondieron

La codicia de los amotinados les dejó literalmente colgados por las autoridades en una plaza de Dublín y durante los siguientes meses muchos rastrearon una playa cercana a Waterford que ahora todos conocen allí como Dollar Bay, buscando las sacas que los amotinados escondieron en la arena. Sin embargo, sólo encontraron pipas de vino destrozadas contra las rocas.

Al final, un comerciante tinerfeño perdió una inmensa fortuna y un londinense su navío, cuyo nombre coincidía curiosamente con el del mismo primer secretario de Estado y luego Lord del Almirantazgo. La plata y el oro de las Indias españolas llegaba al corazón de Europa por medio de navíos canarios. El ilícito contrabando de metales preciosos costeaba fuertes inversiones británicas y el vino era solo una tapadera.

La historia dejó anotada que estas sacas eran la fortuna del desgraciado George Glas pero la realidad es que éstas eran de Juan Cólogan Blanco, que las enviaba a Londres de contrabando.
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[1] George Glas, marino, explorador y comerciante escocés, escribió en 1764 The History of the Discovery and Conquest of the Canary Islands. Una de las partes del libro ha sido traducida al español como Descripción de las Islas Canarias 1764 (Instituto de Estudios Canarios, 1982). Después de publicar el libro, donde propone que su país desarrolle industrias de salazón en la costa de Berbería cercana al archipiélago canario, él mismo, que hablaba árabe, intenta emprender allí. Mientras se “hallaba comerciando en la costa africana con licencia británica a bordo de su navío el Millsborough, decidió desplazarse a Lanzarote con el propósito de dirigirse luego a Tenerife (…) a la que llega el 29 de noviembre [de 1764]. En el puerto de Santa Cruz de Tenerife comienza su calvario. Apenas pone el pie en tierra, es reducido a prisión por un oficial y un destacamento de soldados. La orden de arresto procedía del comandante general, al parecer sin mediar causa criminal”, escribe J. M. Rodríguez Yanes en su artículo “George Glas y su prisión en Canarias (1764-1765), un asunto de Estado” (Revista de historia canaria nº 182). La razón es que a las autoridades españolas no les gustaba nada la empresa que había emprendido Glas, porque “podría arruinar la pesca de las islas y contribuir al fortalecimiento de la presencia inglesa en esta zona española”, continúa Rodríguez Yanes. La presión diplomática británica logró al fin su liberación y éste embarcó en el Earl of Sandwich rumbo a Londres en un viaje trágico que acabó con su vida y la de su familia (N. del e.).

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