Carlos Cólogan

Las “islas del vino” y las extrañas alianzas entre sí y con Londres

«A finales del siglo XVIII no había barco procedente de Madeira o Tenerife que no descargara centenares de pipas de vino en los puertos de la Costa Este norteamericana», escribe Carlos Cólogan en Virtus Probata Florescit, su columna en PELLAGOFIO. [En PELLAGOFIO nº 69 (2ª época, noviembre 2018)].

columnista-carlos-cologan-3bPor CARLOS CÓLOGAN SORIANO
Escritor e investigador especializado en el comercio atlántico del siglo XVIII. 

En el siglo XVIII dos archipiélagos separados por miles de leguas de mar, uno portugués y otro español, tenían en común un idioma y una moneda: el inglés y la libra. Eran islas frecuentadas por navíos británicos que, como si de un rosario se tratara, viajaban a sus colonias norteamericanas ávidos por vender cualquier cosa de la metrópoli o aquello que encontraran por el camino, en este caso el Océano Atlántico.

Mientras las Trece Colonias fueron británicas se desarrolló un triángulo comercial que conectaba Londres con Santa Cruz o Funchal y, finalmente, los puertos de Nueva York y Filadelfia. El control de ese tráfico estaba monopolizado por los británicos, que vieron en los vinos de las islas un producto muy apreciado en sus colonias, básicamente porque los norteamericanos no tenían viñedos.

El paladar americano y los Madeira
Con el paso de los años se estableció en las islas una pléyade de comerciantes irlandeses, escoceses y, en menor cantidad, ingleses, interesados en ese comercio de malvasías, vidueños y madeiras. En el caso de Tenerife la mayoría arraigaron en el Puerto de La Cruz, por tener en su entorno los mayores viñedos de la isla.

La pugna comercial entre ambas islas se decantaba de un lado u otro cuando se iniciaba un conflicto, es decir, cuando España y Gran Bretaña entraban en guerra

La pugna comercial entre ambas islas se decantaba de un lado u otro cuando se iniciaba un conflicto, es decir, cuando España y Gran Bretaña entraban en guerra, teniendo casi siempre ventaja los vinos de Madeira, pues Portugal solía ser aliado británico. Tantas guerras mantuvimos con los ingleses que el paladar americano se habituó al Madeira, desplazando los vinos tinerfeños a una segunda posición y compartiendo mesa con los Oporto, Jerez y los vinos franceses.

A mediados del siglo XVIII, con unas exiguas ventas de Malvasía, los tinerfeños decidieron probar una estrategia diferente para recuperar su cuota de mercado creando un vino blanco muy parecido al Madeira.

Los “falsos Madeiras”
Se le conoció como Vidonia o Tenerife Wine en la lengua de Shakespeare. Tanto se parecían que en el circuito británico se les conoció como “falsos Madeiras” y así, poco a poco, ambas islas se entrelazaron y en muchísimas ocasiones colaboraron cuando tenían las bodegas vacías.

La relación entre los comerciantes de ambas iba más allá de lo económico, pues sus hijos eran acogidos en las casas de los comerciantes rivales para aprender tanto el idioma como para adiestrarse en el comercio

Esta relación entre los comerciantes de ambas islas es muy fácil de apreciar en los archivos, pero lo más cautivador es que iba más allá de lo económico, pues sus hijos eran acogidos en las casas de los comerciantes rivales para aprender tanto el idioma como para adiestrarse en el comercio.

Así fue como comerciantes británicos de Madeira y Tenerife forjaron alianzas para sobrevivir en un inmenso océano lleno de peligros. Las colaboraciones comerciales eran hasta cierto punto lógicas, pero lo que últimamente se va desvelando es que iban más allá y se extendían a otros ámbitos mucho más oscuros.

Gracias a la lejanía de Lisboa y Madrid los comerciantes de ambas islas orientaron sus ventas al teórico gran enemigo, el gobierno británico.

Si bien Portugal solía ser aliado británico, aliarse con los tinerfeños era aliarse con el enemigo de su socio

Aliados enemigos
Si bien Portugal solía ser aliado británico, aliarse con los tinerfeños era aliarse con el enemigo de su socio. El caso es que mientras las guerras se desarrollaban ambas islas surtían, de forma secreta, al gobierno inglés mediante complejos tratos con navíos neutrales. En el caso de Tenerife este hecho está refrendado en documentos localizados recientemente, que desvelan contratos con la Royal Navy a una escala inimaginable y que puede explicar el interés británico por invadir Tenerife.

Estos acuerdos popularizaron los vinos de ambas islas en el Caribe inglés, donde operaban las fuerzas navales británicas. Por último, también los consumieron las tropas terrestres británicas, divulgándose de esta forma nuestros vinos como nunca antes se había hecho, pues en casi todos los hospitales de campaña se empleaban como base para medicamentos.

Todos los barcos, con vino
A finales del siglo XVIII, Madeira y Tenerife eran conocidas como “las islas del vino” en toda la Costa Este norteamericana, pues no había barco procedente de ellas que no descargara centenares de pipas de vino.

Es de justicia reconocer que la calidad de los vinos de Madeira debió ser algo superior pues tenían una mayor graduación alcohólica y una mejor consistencia

Es de justicia reconocer que la calidad de los vinos de Madeira debió ser algo superior pues tenían una mayor graduación alcohólica y una mejor consistencia, algo muy valorado entonces. También era reconocido que sus comerciantes mostraron siempre una especial cualidad para satisfacer el gusto de cada paladar, pues fabricaban distintos vinos según la ciudad a la que los remitían. Esta exclusividad, ahora tan obvia, no lo era tanto en aquel siglo.

Otro dato es que algunos capitanes de navíos británicos, pese a cargar “vino de contrata” en Santa Cruz de Tenerife, siempre exigían unas pocas pipas de vino de Madeira para su consumo privado; eso sí, también pedían malvasía. Por supuesto, el precio de éstos siempre era mucho más caro y más aún si tenían dos o tres años de antigüedad. Por tanto, dos islas muy separadas en lo geográfico pero muy unidas en lo económico y con muchas historias entrelazadas que merecen la pena ser recordadas.

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