Carlos Cólogan

Una momia para el emperador Maximiliano I de México

«Me decían que, en un día gris plomizo de diciembre de 1859, un antepasado nuestro paseaba distraídamente por La Orotava y que ese día el destino le llevó a conocer a un emperador y a mantener con él una amistad de por vida», inicia su relato Carlos Cólogan. [En PELLAGOFIO nº73 (2ª época, marzo 2019)].

columnista-carlos-cologan-3bPor CARLOS CÓLOGAN SORIANO
Escritor e investigador especializado en el comercio atlántico del siglo XVIII.

Érase una vez una vieja historia que me contaban mis mayores, a la que no prestaba demasiada credibilidad. Me decían que, en un día gris plomizo de diciembre de 1859, un antepasado nuestro paseaba distraídamente por La Orotava y que ese día el destino le llevó a conocer a un emperador y a mantener con él una amistad de por vida.

Aquella tarde la lluvia le sorprendió y comenzó a arreciar con gran intensidad, obligándole a refugiarse en uno de los soportales del pueblo. Casi inmediatamente le siguió una segunda persona con la misma intención de guarecerse. Pasaron los minutos y como el temporal no remitía, surgió de forma casual una cortés conversación sobre lo inoportuno del clima. El español se presentó: “Me llamo Diego Benítez de Lugo”.

El conocimiento de varias lenguas, incluido algo de español, y unas maneras muy distinguidas le atrajeron y se convirtieron en inseparables compañeros

El extraño, alto, muy alto y de apariencia regia, dijo su nombre y tras las cortesías habituales la conversación derivó al idioma francés, lo cual agradó a Diego, que dominaba varias lenguas y que pocas veces tenía la oportunidad de ejercitar. Tras esperar a que amainara la lluvia continuaron juntos el paseo, terminando ambos en un animado almuerzo. El extraño le indicó que estaba en Tenerife de paso, en espera de un barco que lo trasladaría a América, por lo que estaba abierto a realizar varias excursiones por la isla y, de camino, indagar sobre algo que le apasionaba, la antropología.

La educación, el conocimiento de varias lenguas, incluido algo de español, y unas maneras muy distinguidas le atrajeron y, por unos días, se convirtieron en inseparables compañeros. Pasaron los días, se sucedieron varios almuerzos y numerosas excursiones, destacando entre todas ellas la particular visita a unas cuevas en el Teide. En el transcurso de la misma surgió de las conversaciones una chispa que desató la pasión común de ambos, los guanches, los primitivos habitantes de las islas Canarias.

Diego, que disponía de varias fincas en la isla, sabía que en ellas se podían encontrar numerosos vestigios aborígenes. Así pasaron animados los días buscando rastros y antigüedades de los primitivos canarios. Pero el viaje finalizaba y el europeo debió abandonar el valle de la Orotava para trasladarse junto a sus acompañantes a Santa Cruz, donde les aguardaba el navío Elisabeth. Este fue su primer y único encuentro, pues nunca más se volvieron a ver. Meses más tarde Diego recibió esta carta.

Triestre a 3 de Octubre de 1860

Señor Don Diego Benítez de Lugo a Tenerifa
Muy señor mío,

Tengo mucho placer en contestar a Ud. el recibo de su carta de fecha 9 de mayo a.c., prueba más graciosa y más satisfactoria que Ud. no hubiera ya olvidado al viajero que visitaba aun muy de paso la lindísima Villa de Orotava en el mes de diciembre del año pasado, y el cual, por lo que toca á su persona, se recuerda aun con mucho gusto la gratitud la acogida sincera y afectuosa que Ud. había preparado en su deliciosa casa de campo.

Quédeme también, muy sorprendido y honrado del precioso regalo de un cráneo de Guanche, descubierto en una cueva en la Cumbre de las Cañadas, de la isla de Tenerife, y remitídome por conducto de nuestra Embajada a Madrid. Este recuerdo muy raro y curioso de un pueblo de pastores salvajes pero valientes, cuyo origen está envuelto en tantos misterios y dudas, este recuerdo digo, regalo muy estimado ha sido puesto con otros objetos curiosos, traídos del mismo viaje, en mi museo etnográfico adornándolo todavía y marcado todavía con el nombre del generoso donador.

¿Quizá si este hueso insignificante en apariencia ahora, no fuera el cráneo de un achimeney o de un faycán, ocupando en el tiempo antiguo un destino poderoso? La historia de Canarias, cuya publicación, según Ud. me dice en Su carta, será probablemente hacia el año entrante nos dará sin duda algunos nuevos informes y explicaciones sobre aquel pueblo extinto.

Acepto con mucho agradecimiento la oferta de Ud. de regalarme también con una momia más o menos entera en caso que se encontrase una en adelante en las cavernas descubiertas algunas veces por casualidad por montañeses y pastores.

FERNANDO MAXIMILIANO: “Será para mí el más grande regocijo, lo de haber estas semillas sembradas en el jardín de mi sitio a Miramar y de verlas germinar y crecer como tantos recuerdos florecientes de mi visita a esa isla benigna de Tenerifa”

Su bondad y atención sin límites quiso además alegrarme con algunas semillas de árboles que ofrecen mayor interés por la naturaleza Canaria, como también con algunas cristalizaciones que suelen encontrarse en Teide a donde Ud. tiene la intención de subir tan luego que la desaparición de las nieves se lo permita.

Debo a Ud. muchos reconocimientos por todas estas atenciones y finuras, asegurando a Ud. en el mismo tiempo que será para mí el más grande regocijo, lo de haber estas semillas sembradas en el jardín de mi sitio a Miramar y de verlas germinar y crecer como tantos recuerdos florecientes de mi visita a esa isla benigna de Tenerifa como tantas pruebas olorosas de las cortesías graciosas de uno de sus más nobles y distinguidos habitantes.

Y en cuento a la manera en que usted me ha recibido á la Villa de Orotava, es el trato y las buenas prendas las que marcan y distinguen al verdadero y más perfecto caballero; acogiendo al viajero curioso, enteramente desconocido de Ud., con toda la sensibilidad y cortesía a un caballero de sangre, sacrificando con el más grande agasajo muchas horas, enseñándole todo lo que posee Orotava de cosas notables, especialmente a los restos humanos de esta raza maravillosa, que en los tiempos pasados gobernó sobre esas islas.

La acogida amable que Ud. en Su sitio, tanto más honorífica é inolvidable para mí, como que un obsequio manifestado a mi persona, y no a mi posición en la sociedad, será para siempre uno de los más bellos y agradables recuerdos a Tenerifa. También pienso dedicar á mi huésped en la villa de la Orotava un pasaje especial en la descripción de mi viaje cuya cortesía y generosidad nunca desaparecerán de mi memoria agradecida.

Con estos sentimientos de aprecio y gratitud tengo en honor de firmarme.
Señor,
Su muy afectísimo.
Fernando Maximiliano Archiduque de Austria.

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