Carlos Cólogan

Vino para la Royal Navy, negocios de guerra y trapicheos

En 1795 el bergantín ‘Johanna’ debía transportar vino que dos comerciantes de Tenerife enviaban a la Royal Navy en el Caribe, pero el capitán del buque tenía sus propios planes y negocios con terceros. Relato de Carlos Cólogan en su serie Virtus Probata Florescit [En PELLAGOFIO nº 76 (2ª época, junio 2019)].

columnista-carlos-cologan-3bPor CARLOS CÓLOGAN SORIANO
Escritor e investigador especializado en el comercio atlántico del siglo XVIII.

TComo si de una película se tratara, los hechos narrados en este artículo son verídicos y sucedieron en febrero de 1795 en el Puerto de la Orotava (Tenerife). Pertenecen a un tiempo en el que, en gran medida, el vino de la isla era el sustento de muchos, si no su modo de vida, y los comerciantes mandaban, moviéndose en un entorno geopolítico desconocido para otros.

En este año también fueron frecuentes las llegadas de navíos de nacionalidad danesa, sueca e, incluso, algunos rusos que venían siendo contratados, secretamente, desde hacía más de un año por los exportadores de vinos de esa localidad. Sólo dos compañías tenían conocimiento de la llegada de esos barcos, y sus agentes en Santa Cruz y el Puerto de la Orotava (hoy Puerto de la Cruz), es decir Patricio Murphy y Charles Rooney.

Las empresas de Tomás Cólogan y Archibald Little mantenían en completo secreto sus tratos con el Almirantazgo. Bueno, tal vez sí lo sabían aquellos que tenían la opción de detenerlos…

Acuerdos secretos
Las empresas de Tomás Cólogan y Archibald Little mantenían en completo secreto sus acuerdos, de forma que nadie en las islas supiera de sus tratos con el gobierno inglés, más concretamente con el Almirantazgo. Bueno, tal vez sí lo sabían aquellos que tenían la opción de detenerlos, pero esos ya tenían su comisión y nada ni nadie lo pondría en riesgo.

En 1795 se esperaba la llegada del bergantín inglés Johanna (Juana en el libro contable) para cargar vinos, pero ya era jueves y el susodicho barco no aparecía por el horizonte: los nervios atenazaban a ambas compañías. La guerra entre Inglaterra y Francia era muy lejana, pues se desarrollaba en el Caribe, y sólo algunos bien informados conocían que los ingleses habían destacado allí a miles de soldados para arrebatar las islas de Martinica y Guadalupe a los franceses. En la isla de Tenerife pocos sabían de su existencia, salvo estos dos comerciantes que tenían parte de su negocio depositado en esa misma guerra.

Hacía un año que una enorme flota británica se había desplazado hacia el Caribe y en su sigiloso paso por Madeira despachó varias cartas a Tenerife, dirigidas a Cólogan y Little, a fin de que dispusieran lo necesario para poner en marcha el acuerdo firmado previamente en Londres por su bróker.

El almirante John Jervis y el general Charles Grey habían dado la orden para que, desde Tenerife, partieran los vinos con que proveer a sus tropas

Dirigían las tropas el almirante John Jervis y el general Charles Grey y ambos habían dado la orden para que, desde Tenerife, partieran los vinos con que proveer a sus tropas. Por aquel entonces se habían anulado otros contratos con los portugueses, por ser más caros, y desde ningún otro lugar de Europa se iba a abastecer a sus marinos, salvo Tenerife. ¿Por qué? Bueno, eso es tema para otra entrega…

Vidueños contra la disentería
Siendo estrictos, lo preciso sería decir que los vinos iban destinados más a curar que a alimentar, pues su consumo principal era en los hospitales de campaña. El motivo era que las bajas se debían más al escorbuto y a la disentería que a las balas y las cuchilladas, y sólo el vino les aliviaba.

Habían probado a darles brandy, luego cerveza, también algo de ron y algún que otro licor llamado Porter, pero nada les daba mejor resultado que el vidueño

Antes de vino habían probado a darles brandy, luego cerveza, también algo de ron y algún que otro licor llamado Porter, pero nada les daba mejor resultado que el vidueño. Ello era debido a su adecuada graduación alcohólica, a su sabor agradable y, sobre todo, a su durabilidad, que superaba a los otros. Cualquier cosa menos beber de un manantial de agua del Caribe.

Finalmente, el sábado por la mañana apareció el bergantín y fondeó fuera del conocido como Puerto Viejo, junto a la Real Casa de la Aduana del Puerto de La Orotava. Una lancha se aproximó al Johanna con la intención de recoger el contrato de fletamento y ver los detalles del embarque. Las caras de los marineros reflejaban cierta tristeza y cuando Luis Lavaggi accedió a la cubierta vio la caja fúnebre. El asiduo capitán John Hunter había fallecido durante la travesía desde Londres, tomando el mando el piloto Juan Belgrafe. Se avecinaban problemas, pues todos conocían al rastrero y conflictivo nuevo capitán.

El enfado acabó en bronca
Dos días después aún no se habían podido subir a bordo las 232 pipas y 20 medias pipas contratadas a Juan Cólogan e Hijos y a Pasley & Little con destino a la isla de Barbuda. Por el contrario, Belgrafe había cerrado varios negocios con otros proveedores fuera del contrato de fletamento. El enfado de ambos comerciantes con el nuevo capitán acabó en una bronca, debiéndose tomar medidas. Juan Belgrafe no era dueño del barco ni tenía poder para rebatir los contratos estipulados desde Londres, es más, sus negocios en la isla no tenían más interés que sacar beneficio económico.

Temerosos de que se malograra el envío para Barbuda, llamaron al escribano Nicolás de Currás y Abreu para que diera fe de las irregularidades, por no decir trapicheos del piloto

Temerosos de que se malograra el envío para Barbuda, llamaron al escribano Nicolás de Currás y Abreu para que diera fe de las irregularidades, por no decir trapicheos del piloto. Los testigos declararon ante el notario que éste aprovechaba la escala para llevar, además de las 132 pipas y 20 medias pipas de contrata, otros vinos por cuenta de terceros, algo que prohibía su contrato y que le lucraba a espaldas del propietario del barco.

Al final cargó lo obligado y lo demás, y se dio parte al fletador de las maniobras del piloto sustituto. El navío siguió su travesía y llegó a la isla de Barbuda, siendo entregadas las pipas de vino al agente de la Royal Navy, Henry Papps, para luego ser repartidas entre los hospitales de campaña británicos.

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