Carlos Cólogan

Visitas del agriado inglés Cook y el simpático francés Borda

Atareados con embarques de vinos y el habitual comercio con Europa, los comerciantes de Tenerife eran reclamados, de vez en cuando, para atender visitas muy recomendadas desde Europa. En el mismo mes nos agasajaron con dos, Cook y Borda, cada una de diferente nacionalidad y distinto talante. [En PELLAGOFIO nº72 (2ª época, febrero 2019)].

columnista-carlos-cologan-3bPor CARLOS CÓLOGAN SORIANO
Escritor e investigador especializado en el comercio atlántico del siglo XVIII.

Dos meses después de que se firmara la independencia americana, la vida en Tenerife seguía más o menos igual y, en aquel verano de 1776, particularmente caluroso. Atareados con embarques de vinos y el habitual comercio con Europa, los comerciantes eran reclamados, de vez en cuando, para atender visitas muy recomendadas desde Europa. En el mismo mes nos agasajaron con dos, cada una de diferente nacionalidad y, desde luego, con distinto talante. Sin querer tomármelo en serio, cada uno dejó su impronta y, por ello, escribo estas líneas de manera muy ligera y algo jocosa.

El primer visitante fue un tal James Cook, que pasó por la isla con su HMS Resolution casi de puntillas, como si no quisiera que se advirtiera a dónde iba, y no era a otra cosa que a plantar su bandera británica en los confines del planeta, allá en la lejana Oceanía. Lo cierto es que recalaba por pura necesidad y en poco, o nada, se involucró en sus escasos dos días y menos se prestó a un paseíllo. De carácter distante y militar hasta la médula, sus informes de la escala en Tenerife fueron muy escuetos, si no fríos y de un pragmatismo muy británico. Así lo reflejó en sus notas.

En una palabra, me ha parecido que los navíos que emprenden largos viajes deberían hacer escala en Tenerife antes que en Madeira; aunque en mi opinión, el vino de esta última isla sea tan superior al de la primera, como la cerveza fuerte lo es a la cerveza ligera. Pero el precio compensa esta diferencia, pues compré el mejor vino de Tenerife a doce libras esterlinas y la Pipa del de Madeira de mejor calidad me hubiese costado más del doble.

Vale, estamos de acuerdo que no le gustó mucho el vino, pero al menos nos recomendó para que, años más tarde, nos convirtiéramos en los proveedores de la Royal Navy. Por eso le perdono y porque, tras dejar las islas, realizó su último y famosísimo tercer viaje al Pacífico, pues allí falleció a manos de los nativos de Hawái.

Matemático y explorador francés
Desde luego no hizo lo mismo otro explorador, en este caso francés, que llegó un mes más tarde. Tal vez fuera porque había pasado por la isla años antes, pero lo cierto es que Jean Charles Borda era un militar, matemático y explorador de categoría que sí se prestó a patear la isla y a todo aquello que le pusieran por delante.

Llegó con sus dos pertrechados navíos La Boussole y L’Espliégle y una pléyade de científicos y técnicos. Como enlace en la isla contaba con el empalagoso cónsul francés Pedro Lecomte, que le servía de enlace con los locales y le preparaba concienzudamente las excursiones científicas y otras algo más lúdicas. El caso es que escribió al comerciante Tomás Cólogan precisamente para que echara un cabo.

Muy Señor mío:

Haciendo hecho presente don Patricio Murphy, al Cavallero de Borda y a mí, los favores de Vuestra Merced en querer incomodarle quando pasamos al Puerto, debo dar a Vuestra Merced anticipadas gracias en mi nombre y de ese comandante. Aprovechamos su buena voluntad, y mediante el favor de Dios, nos pondremos en marcha el viernes próximo, para ir a comer en el Valle de Guerra, y de ahí seguir hasta el Puerto.

Mess. de Borda no se ha podido negar a que la mayor parte de su oficialidad fuesen de viaje, de manera que la comitiva se compondrá de 15 a 16 personas, número demasiado incómodo para quien quiere favorecerle, con que me encarga de suplicar a Vuestra Merced interesarse con sus amigos para que se pueda divertir dicha comitiva. Vea Vuestra Merced que ya empezamos a abusar de su casa, de su buena voluntad y a darle chasco, que será cuando estemos allá.

En cuanto a mí celebro infinito esta ocasión de ponerme a los pies de mi Señora Doña Isabel y demás Señoras de su casa de Vuestra Merced, y de tomar al mismo tiempo sus órdenes para mi Patria, a donde pienso pasar dentro de poco. Es inútil reiterar a Vuestra Merced que allá y en cualquiera parte, siempre estos con deseos de manifestar a Vuestra Merced mi fina voluntad de complacerle. Quedo con todas veras rogando a Dios que a Vuestra Merced guarde muchos años.

Santa Cruz de Tenerife, octubre 24 de 1776. Besa la mano de Vuestra Merced su mayor y más afectuoso y seguro servidor. Pedro Lecomte.

Como buenos franceses, consumieron y degustaron de su gastronomía, se bebieron todos los vinos que les pusieron delante y, por supuesto, realizaron todo el trabajo científico que tenían previsto

La comitiva pasó muchos días en la isla y, como buenos franceses, consumieron y degustaron de su gastronomía, se bebieron todos los vinos que les pusieron delante y, por supuesto, realizaron todo el trabajo científico que tenían previsto llevar a cabo, entre el que estaba medir la verdadera altura del Teide, cosa que hicieron con gran precisión.

El señor Borda se quedó tan encantado que incluso se llevó varios suvenires para sus amigos…

…además de Sr. de Montluc me encarga de solicitarle a usted, cuando regresemos de Tenerife, un barril de 60 a 80 botellas de Malvasía. Me despido, señor, y le reitero mis sinceros agradecimientos a la vez que le ruego tenga por seguro mi consideración hacia usted por toda mi vida. En Santa Cruz de Tenerife, el 16 de octubre de 1776. Su muy humilde y obediente servidor. Charles de Borda.

La imagen que acompaña este texto es del propio Borda midiendo la altura del Teide desde los Llanos de la Paz, en el Puerto de La Cruz, junto a la casa de Tomás Cólogan donde se alojó en esos días. Lo cierto es que el talante de ingleses y franceses era diametralmente opuesto, pero a ambas naciones les unía un interés desenfrenado por colonizar y explorar el planeta. Tenerife era, simplemente, la última escala (antes de perderse en los mares del sur) donde aún se podía disfrutar de los placeres de la civilización.

Una cosa más. Como buen militar, Borda se reenganchó y entre 1777 y 1778 participó activamente en la Guerra de Independencia bajo el mando del conde d’Estaing. En 1781 Borda, y varias naves de la flota militar francesa, recibieron la orden de escoltar a una fuerza expedicionaria a la Martinica. El 6 de diciembre de 1782 su fragata fue tomada por un escuadrón británico, siendo trasladado hasta Inglaterra donde fue puesto en libertad poco después y pudo regresar a Francia.

A él le debemos las tablas trigonométricas decimales y las tablas de logaritmos, los senos y tangentes que se cruzan, a raíz de la división de los cuadrantes de 100 grados. Eso, para quien los use, claro. Así que los canarios estuvimos a una altura que no es la del Teide, sino la de tratar amablemente a todos los que nos visitan, ilustres o no. Luego Dios dirá.

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