Chip de morenaFrancisco Belín

Alimentación, del instinto a los umbrales del misterio

«Canarias aporta un particular caudal de muestras que se entremezclan a lo largo de su historia con rasgos antropológicos y hechos constatados o atribuidos a santiguadoras, curanderos o a cosas de brujería», escribe Fran Belín en esta entrega de su columna “Chip de morena”. [En PELLAGOFIO nº 107 (2ª época, mayo 2022)].

columnista-fran-belinPor FRANCISCO BELÍN
Periodista gastronómico

La alimentación constituye la acción primaria, esencialmente básica, destinada a sostener la vida y, como tal, se puede relacionar con las más diversificadas y curiosas vertientes del conocimiento humano. Por ende, también es aplicable a todo lo que resulta desconocido, incomprensible, inexplicable. Encuadremos esta vez el acto de ingerir nutrientes, de comer, en el marco del misterio, de lo enigmático y de lo paranormal, ámbitos que también ofrecen sabrosas pinceladas basadas en una gastronomía y una materia prima realmente sui géneris.

En este sentido, Canarias aporta un particular caudal de muestras que se entremezclan a lo largo de su historia con rasgos antropológicos y hechos constatados o atribuidos a santiguadoras, curanderos o a cosas de brujería. Por otra, cabría resaltar también aquellas inquietudes, entre los exploradores, que suscitó la isla imaginaria de San Borondón, donde –se suponía– había exuberancia de géneros que podían calmar las hambrunas que sufrió el Archipiélago allá por el siglo XVIII.

José Gregorio González, conductor del programa de TVAC ‘La Isla Misteriosa’.
Si alguien ha aquilatado un amplísimo y contrastado bagaje de lo ignoto es el periodista y escritor especializado José Gregorio González, conductor del programa televisivo La Isla Misteriosa (Radio Televisión Canaria), que en este “Chip de morena” abre las puertas a esa alimentación fuertemente relacionada con nuestra parte subjetiva, con el alma, expresada en manifestaciones mágicas y sagradas de la comida como rituales religiosos o en ofrendas dedicadas a los dioses.

José Gregorio González apunta al mundo de las hadas y los extraordinarios banquetes de los que, se advertía, «no se podía probar de aquella comida porque el que lo hacía quedaría sumido en el encantamiento»

Se trata de una visión antropológica que en las Islas ofrece muchas y diversas singularidades, según el periodista e investigador tinerfeño, que subraya episodios en clave alimentaria y convertidos en tabúes, ya sea en casos de milagros, fenómenos Ovni o, incluso, animales misteriosos o míticos.

Como punto de partida, José Gregorio González apunta al mundo de las hadas y los extraordinarios banquetes de los que, se advertía, «no se podía probar de aquella comida porque el que lo hacía quedaría sumido en el encantamiento». Otros casos más extraños se vinculan a sucesos extraterrestres, como los de viajeros interestelares «que solicitaban a un campesino un vaso de agua y unas galletas (estamos hablando de Estados Unidos) después de tan agotadora singladura espacial, algo que parece realmente extravagante si se plantea desde el punto de vista de seres con una tecnología supuestamente avanzada».

Se cuenta que una madre del barrio de San Juan envió a su hija a por la fruta. La pequeña se encontró en el camino a una señora que la animó a que la acompañara hacia una gruta

La niña de las peras. Si entramos de lleno en materia, el alma máter de La Isla Misteriosa invita a saborear el relato de «La niña de las peras», acaecido hace 60 o 70 años en el barranco de Badajoz, en Güímar (Tenerife). «Por entonces, se cuenta que una madre del barrio de San Juan envió a su hija a por la fruta, cuando la zona era transitada y contaba con zonas cultivadas. La pequeña se encontró en el camino a una señora muy dulce, amorosa, resplandeciente, que la animó a que la acompañara hacia una gruta. En ésta observó habitaciones lujosas en las que se celebraba un banquete y animados festejos en los que la pequeña invitada quedó reconfortada».

«De vuelta a su casa –continúa–, la niña reparó en que el entorno del barranco y los paisajes se habían transformado y al llegar encontró a una anciana: ¡se trataba de su madre 40 años después!, pero apenas unas horas para ella. Expone claramente teorías de puertas dimensionales muy entroncadas a leyendas irlandesas o inglesas, como la del leñador que bebe de una barrica de los duendes, duerme una siesta y despierta… 10 años más tarde. Lo que para él fueron minutos».

En San Juan la decoración de arcos, con las más lustrosas frutas y verduras que adornan las fuentes de agua, supone una suerte de ofrenda para compartir la comida en comunidad a modo de ritual

«Las peras son el alimento; la dama blanca, el hada; la gruta luminosa, el mundo élfico; y la distorsión del tiempo, una seña de identidad de ese mundo alternativo –afina González en su análisis–. También en nuestros relatos sobre brujas aparecen ocasionalmente alimentos y pócimas, y, cómo no, en los significados, doblemente mágicos, en los rituales de la noche de San Juan».

En esta festividad, la decoración de arcos, con las más lustrosas frutas y verduras que adornan las fuentes de agua, supone una suerte de ofrenda para compartir la comida en comunidad a modo de ritual y con nexos, de algún modo, con ceremoniales sagrados que también practicaban los guanches, en el caso de Canarias.

El periodista y experto en estas temáticas relacionadas con el misterio, en las que aquí experimentamos hoy, destaca también el amplio listado de hierbas y plantas medicinales en un largo y frondoso listado de elementos comestibles para la medicina popular canaria. «Siempre se manifestó en las Islas un valioso conocimiento de estas plantas, no sólo para la particular botica de elementos curativos, sino también de uso nutricional, como el toronjil o la ruda que, mezcladas con gofio, servían para engañar al hambre».

Milagro del pan en Arure. Citamos ahora parte del contenido de un artículo de José Gregorio González, centrado en este pueblo de La Gomera y en sor Azucena de Santa María, que fue considerada santa en la Isla Colombina. «Se cuenta que en una ocasión la madre preparó el pan y lo dejó al horno, pidiendo a la pequeña María que lo atendiera mientras ella acudía a misa. Sin embargo, la futura santa también se presentó en la iglesia quedando el pan sin vigilancia, y por ello quemado».

«Ante el pesar de su madre –prosigue el relato–, la niña rezó y el pan quedó milagrosamente en el mejor de los estados. Pues bien, la impronta de este cándido portento quedó en la tradición local de bendecir los productos horneados, panes, tortas, bollos y demás delicias. Tras el amasado se recita al introducirlo: “Santa Azucena Bendita, quédate aquí luego vuelves”, haciendo una señal de la cruz en el aire sobre la bandeja, o bien en la puerta del horno. Pensar en que lo que ha salido del horno durante siglos en este pueblo está marcado, de alguna manera, por la impronta de nuestra protagonista, no deja de ser evocador».

Después de los temporales llegaban a las playas rastros de ramas, frutas y verduras supuestamente procedentes de la codiciada isla imaginaria

En Garachico contamos, asimismo, con la figura de sor Martina de San Jerónimo Mejías, a la que se le atribuye el prodigio de «la aparición divina de un pan todos los días en el torno del convento, sin que fuese posible identificar nunca al benefactor».

La isla que aparece y desaparece. Una temática de lo más interesante –subraya González– es la de las referencias de observación acerca de San Borondón, principalmente en épocas de hambrunas del siglo XVIII. Se describía que después de los temporales llegaban a las playas rastros de ramas, frutas y verduras supuestamente procedentes de la codiciada isla imaginaria. Esto impulsaba la búsqueda de aquel destino en el que habría recursos sobrados para aplacar el hambre, entendido en el contexto de una época de exploraciones geográficas y de escasez de alimentos en el Archipiélago.

José Gregorio González invita a profundizar en estos aspectos relacionados con la alimentación en enclaves rurales con alto grado de aislamiento como podía ser buena parte de La Gomera, la Isla Baja (en Tenerife), o Artenara (en Gran Canaria). La dificultad en la movilidad contribuyó a preservar determinados oficios relacionados con todo lo que nos ocupa esta vez en el “Chip de morena”.

No quiere olvidar el periodista la curiosidad de épocas en las que se compartía comida en los camposantos en los días de finados, no sólo para recordar a los seres queridos que habían partido, sino también para invocar, de algún modo, su presencia sirviendo el correspondiente plato de comida a quien ya no estaba entre los vivos.

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