Come con cienciaLluís Serra

Alimentos ecológicos, ¿cuánto más sanos?

«Una zanahoria, un tomate o una lubina pueden ser ecológicos o no, de proximidad o de origen remoto, de producción extensiva o a gran escala. Los conceptos no son ni incluyentes ni excluyentes», escribe el doctor Serra, que analiza los beneficios para la salud y el medio ambiente de los alimentos ecológicos en esta entrega de la serie “Come con ciencia”. [En PELLAGOFIO nº 111 (2ª época, octubre 2022)].

Es importante escoger productos de proximidad, de cultivos extensivos y, a ser posible, ecológicos, pero por encima de todo debemos consumir tantas frutas y hortalizas como nos sea posible

Por LLUÍS SERRA
Catedrático de Medicina Preventiva y Salud Pública (Universidad de Las Palmas de Gran Canaria)

En general, la denominada alimentación ecológica, orgánica o biológica ha experimentado un crecimiento exponencial en los países desarrollados, incluido España y, por ende, en las islas Canarias. No obstante, la población desconoce a menudo los posibles beneficios de la misma, que suele confundirse, a veces, con la producción de proximidad o la extensiva. Veamos por tanto en primer lugar algunos conceptos.

Se denomina alimento orgánico, alimento ecológico o alimento biológico al producto agrícola o agroindustrial que se produce bajo un conjunto de procedimientos denominados «ecológicos». En general, los métodos ecológicos evitan el uso de determinados productos sintéticos, como pesticidas, herbicidas y fertilizantes artificiales y, en el caso, de la ganadería, la acuacultura o la avicultura, utilizan alimentación ecológica para su cría y crecimiento y evitan antibióticos y otros fármacos.

La alimentación de proximidad o kilómetro cero es aquella que se basa en la adquisición preferente de productos cuya materia primera procede de un radio inferior a 100 kilómetros de distancia respecto al consumidor, que en el caso de Canarias serían producidos en la misma isla o, a lo sumo, en islas contiguas.

La agricultura extensiva o explotación agropecuaria extensiva (opuesta a la agricultura intensiva) es un sistema de producción que no maximiza la capacidad para la plena productividad a corto plazo del suelo o el mar, con la utilización de productos químicos, el riego o los drenajes, sino, más bien, haciendo uso de los recursos naturales presentes en el lugar.

Por tanto, una zanahoria, un tomate o una lubina pueden ser ecológicos o no, de proximidad o de origen remoto y de producción extensiva o intensiva (a gran escala). Los conceptos no son ni incluyentes ni excluyentes.

La siguiente pregunta sería: ¿son los alimentos ecológicos más sanos o beneficiosos que los que no lo son, llamados convencionales? Y esa es una pregunta que no tiene una fácil respuesta. Diversos autores admiten que los alimentos ecológicos o bio tienen un mejor valor nutritivo, con mayores niveles de vitaminas, minerales y antioxidantes y menores niveles de metales pesados y residuos como los pesticidas y los antibióticos. Además, son más sostenibles porque tienen un menor impacto sobre el medioambiente y, en el caso de islas, adquiere una mayor relevancia dada la fragilidad más acusada de sus ecosistemas.

Generalmente, la producción ecológica es extensiva y, por ende, los animales tienen un mejor bienestar. En el caso de la agricultura, los productos ecológicos son perfectamente seguros y, si se respeta su estacionalidad y se recolectan en su estado de madurez óptimo, hasta más sabrosos, aunque a veces con peor apariencia.

Un aspecto negativo, no obstante, de estos productos es que suelen ser más caros, y, por tanto, menos asequibles para familias con menos recursos. Ello se ha podido solucionar en alguna iniciativa como la de los «ecocomedores canarios», en los cuales el compromiso institucional y de las partes implicadas no ha redundado en un mayor coste para los menús escolares. Pero son excepciones: los sobreprecios de los alimentos ecológicos frescos respecto a los convencionales oscilan entre el 25 y 50%, según fuentes ministeriales, y son superiores al 100% en algunos estudios.

Por tanto, y como primera conclusión es mucho mejor consumir 500 gramos de frutas y hortalizas frescas convencionales diarias (la cantidad recomendada por la Organización Mundial de la Salud), que la mitad de ecológicas; ello es debido a que los beneficios superan ampliamente los posibles efectos adversos.

Las revisiones sistemáticas de la literatura no ofrecen una respuesta plenamente convincente de que los alimentos ecológicos reduzcan significativamente la mortalidad y la incidencia de enfermedades comparados con los convencionales. No obstante, apuntan a una posible reducción del riesgo de infertilidad, defectos congénitos, alergias, menor desarrollo cognitivo en niños, otitis media, síndrome metabólico y obesidad y, tal vez, linfoma no hodgkiniano. Aunque, al tener los consumidores de estos productos mejores estilos de vida es posible que esos beneficios se expliquen en parte por los mismos.

Los compuestos más estudiados han sido los pesticidas, metales y antibióticos, estos últimos involucrados en resistencias antimicrobianas. Especial relevancia tiene el análisis del Profesor Axel Miel del Karolinska Institute (Environmental Health, 2017; 16:111) para quienes quieran profundizar en el tema.

Los vinos, además de ecológicos, pueden ser naturales, u obtenidos con la mínima intervención posible, tanto en el cultivo del viñedo y la obtención de las uvas como en el proceso de elaboración en bodega, sin clarificar ni filtrar, ni estabilizar y tampoco añadiendo sulfitos u otros compuestos. Un vino probablemente más sano.

En Canarias solo el 5,7% de la superficie agraria útil se cultiva en ecológico, esto representa algo más de 7.400 hectáreas de terreno. Hay, por tanto, mucho camino por recorrer. Es importante escoger productos de proximidad, de cultivos extensivos y, a ser posible, ecológicos, pero por encima de todo debemos consumir tantas frutas y hortalizas como nos sea posible. Y si tenemos que ahorrar, que no sea en frutas y hortalizas, pues ya saben: cosas de huerta, no entran en cuentas.

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