Francisco Belín

Casa Romántica, pinceladas culinarias con raíces

«Se intuye, al serpentear por la carretera entre los verdes del Valle de Agaete, que habrá recompensa. Y con creces. Nos aguarda la Casa Romántica de la familia Lugo y el despliegue gastronómico del chef Aridani Alonso», escribe Fran Belín en esta entrega de su columna “Chip de morena”. [En PELLAGOFIO nº128 (2ª época, abril 2024)].

En la sobremesa son irrenunciables los postres. Cítricos, chocolate, café de Agaete… La placidez y la conversación acurruca la mesa

Por FRANCISCO BELÍN
Periodista gastronómico

Agaete sobrecoge como escenario natural. Siempre. Observar sus farallones impacta a la vez que tonifica el espíritu. Nos devuelve esa evidencia a nuestra dimensión humana de ínfima apariencia, frente a toda la inabarcable inmensidad de esta naturaleza domada por hombres y mujeres que aman su patria chica. Asimismo, se intuye, al serpentear por la carretera entre los verdes, que habrá recompensa. Y con creces. Nos aguarda la Casa Romántica de la familia Lugo y el despliegue gastronómico del chef Aridani Alonso. Nombre respetado y guardado el del restaurante, que hunde raíces y filosofía desde la década de los 70.

Justo me he sentado en una ubicación que da la razón a lo ya mencionado. Si alzo la mirada ahí está el imponente crestón que, a su modo, lanza guiños de complicidad:

«¡Ese plato es increíble! ¿Verdad?». Verdad y veraz. Lo cierto es que durante la conversación anterior y ahora con Jéssica Armas Jorge, directora de sala y gerente de este espacio gastronómico —entre otros cometidos—, se me había activado el particular radar de detectar la atmósfera, plácida y positiva en el caso de esta casona extraordinaria en todos los sentidos. El itinerario por la recreación de iconos de los 21 municipios de Gran Canaria, créanme, abre y mucho el apetito además de la admiración.

El chef del restaurante Casa Romántica (Valle de Agaete), Aridani Alonso.

Aquí se percibe un gusto especial en el detalle: la atención en sala, el estilo festivo y cromático pero riguroso desde cocina, una búsqueda de referencias vitícolas que asombran al comensal y le deleitan.

Esta vez me decido a hacer spoiler del menú degustación: tallarines de calamar marymonte con salsa de caracoles y hierbas aromáticas… ¿recogidas dónde?

Exacto, en este entorno explosivo de pura vida, claro que sí. Aridani Alonso, que por cierto defendió ponencia en la última Feria Alimentaria de Barcelona, demuestra que tiene mano, intuición especial para delinear sabores en los que los caracoles hacen del producto marino un bocado suculento.
Por mi parte, alzo la copa de espumoso al crestón y parece que asiente: «¡Te lo había dicho!».

«Casa Romántica creo que funciona porque ya su nombre le va a la perfección. Aquí todo se basa en el cariño y mucho amor, que es lo que marca la constancia y perseverancia que tenemos cada uno de nosotros» JÉSSICA ARMAS, jefa de sala y gerente

«Casa Romántica creo que funciona porque ya su nombre le va a la perfección. Aquí todo se basa en el cariño y mucho amor, que es lo que marca la constancia y perseverancia que tenemos cada uno de nosotros —asevera Jéssica Armas—, desde mi primo Víctor Lugo y la familia al completo, a todo el equipo involucrado en una propuesta gastronómica de excelencia». En los preludios del menú degustación «Alonso Quesada» aparece el cochafisco y mojo de cilantro.

Ni se les ocurra despistarse ante tamaña sencillez que desemboca en semejante rotundidad coquinaria. A grandes rasgos, hablamos de millo bien doradito a la sartén y que muy bien sirve de entretenimiento, de enyesque en el que el chef se inspira para reconvertir en textura esponjosa y sutil. He de afirmarlo sin paliativos: ¡me encantó!

Ya los snacks y aperitivos fríos, como el túnido curado en cítricos y escabeche de guayaba o la mousse de foie de conejo con dulce de temporada, habían anticipado ribetes gustativos de refinamiento pero incisivos a la hora de captar la atención del comensal a las primeras de cambio. Certeramente secundados, en todo momento, los vinos elegidos para cada maridaje, específicamente en el risotto de camarones de Agaete con emulsión de sus corales, tomillo, limón y yemas curadas en vino tinto de Los Berrazales.

A ustedes les dejo —y les sugiero— la correspondiente visita y que se dejen mecer por estas notas sápidas y vitícolas tan agasajadoras

Como están comprobando, ni me da hoy por especificar la secuencia culinaria tal y como la viví ni tampoco diseccionar las propuestas hasta la extenuación. A ustedes les dejo —y les sugiero— la correspondiente visita y que se dejen mecer por estas notas sápidas y vitícolas tan agasajadoras.

Siempre sonreiremos —recuerden la complicidad con el farallón— ante el pescado de temporada capturado en las aguas cercanas y, cómo no, el cochino y manzana (crujiente de cochinillo con salsa de sus propios jugos y manzana en texturas). Sobresaliente, gustoso, espléndido… No se puede comentar otra cosa.

Jéssica Armas subraya que en Casa Romántica se procuran hábitos vinculados a la sostenibilidad, el desperdicio cero y el incentivo a la economía circular dentro del municipio norteño. «Tenemos el compromiso con Agaete, pero queremos siempre asegurar la representación de toda la isla en el producto local y de temporada». Claro que sí.

Me plantaría en este nirvana que es antesala de la sobremesa pero son irrenunciables los postres

Vienen a la mesa los quesos (de NBA) de la zona —la elección de vinos, otro día les cuento, de lo más afortunada—. ¿Quién apuesta más? Seguramente no encontraremos mejor muestrario en veinte mil leguas de viaje gastronómico. Queda dicho.

Me plantaría en este nirvana que es antesala de la sobremesa pero son irrenunciables los postres. Cítricos que dan paso a chocolate y café de Agaete, y los petit fours acompañados del propio café del Valle de Agaete. La placidez y la conversación acurrucan la mesa. Sin los garapiñones artesanales de la Casa (finísimas galletas crujientes, dulces y con almendra, patrimonio repostero de Agaete) no me podía marchar. Tal y como llegué me hice la conjura de volver, la próxima vez con compañía, aunque en esta la tuve e incomparable. La de Jéssica, por supuesto. Disfruté de la charla y de su sabiduría que, como sumiller titulada, atesora del mundo del vino.

Juraría, cuando me dirigía al Puerto de Las Nieves, que el crestón que había presidido nuestra comida me estaba mandando un saludito.

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