Francisco Belín

Crónica viajera de vinos que me removieron cimientos gustativos

«Volvía a El Hierro. Llegar al aeropuerto de La Estaca sobrecoge en el magnífico sentido de la palabra. Hay un no sé qué de naturaleza monumental «, escribe Francisco Belín en el artículo de su columna mensual “Chip de morena”. [En PELLAGOFIO nº 65 (2ª época, junio 2018)].

columnista-fran-belinPor FRANCISCO BELÍN
Periodista gastronómico

No hace mucho de la oportunidad de patearme las siete de cabo a rabo, de Lanzarote a El Hierro, en 15 días. Así que aún me quedan reflejos del moreno que cogí en todos y cada uno de nuestros terruños y, créanme, da orgullo decirlo y escribirlo. Pero, después de esto, volvía a El Hierro. Ya puedo presentarme las veces que sean menester: llegar al aeropuerto de Los Cangrejos o al puerto de La Estaca sobrecoge en el magnífico sentido de la palabra. Hay un no sé qué de naturaleza monumental de la que no se puede rehuir, o desprender, el canario que se precie de su comunidad. Acuarelas, aguafuertes y electricidad indefinibles que te acompañarán allá por donde culebrees, entre atajos, carreteras místicas, neblinas apacibles y gente franca, directa, formidable.

Mis pertrechos, como casi siempre, los justos en mochila ligera, fueron a parar a la parte de atrás del coche. Muy temprano me había dejado el Pejeverde de Binter, pero también la cita como catador del Certamen de Vinos de la Isla del Meridiano estaba ajustada a la 10:00 am en el Ayuntamiento de El Pinar.

Uno ya ha estado en unos cuantos certámenes y paneles de distintas vertientes, aunque aquí, en tierras herreñas, sabía que me esperaban sorpresas. E inquietudes

Café negro de urgencia en la Villa de Valverde. Ligero con coche deportivo que dista de mis prestaciones al volante –aunque uno tiene sus mañas, no crean–. Sobrevenían como en travelling más acuarelas y aguafuertes, más verdes, ocres y bermejos, con algunos animales pastando en el paisaje imperturbable. Me picaba el gusanillo de esa liturgia previa y de la expectativa. Uno ya ha estado en unos cuantos certámenes y paneles de distintas vertientes, aunque aquí, en tierras herreñas, sabía que me esperaban sorpresas. E inquietudes.

Durante la cata en el Certamen de Vinos de la Isla del Meridiano. | Certamen de Vinos de la Isla del Meridianos. | FOTO ARCHIVO PELLAGOFIO
Me recibía Alfredo Hernández, técnico del consejo regulador y, posteriormente, Carmelo Padrón, director del certamen. Todo dispuesto. Ya Alfredo me había pasado una copa con el prodigioso baboso blanco, durante la fase final del Campeonato de Cocineros de Canarias que a la postre se llevó el brasileño-conejero João Henrique Faraco.

Cata y ambiente gastronómico
En El Pinar se notaba ambiente gastronómico: la cata de la mañana y por la tarde conferencia de la experta Francesca Fort (de la Universidad Rovira i Virgili, de Tarragona) acerca de varietales y vinos que no dejaban indiferente, y entrega de premios, entre ellos el Mejor Vino de El Hierro y ante la presidenta del Cabildo, Belén Allende. También la designación de la tapa más votada de El Pinar –que recayó en el Bar El Chachi– y una ponencia de los chefs Jorge Bosch (La Bola) y Arabisén Quintero (Casa Juan, La Restinga). Completito el cartel, como pueden comprobar.

Pronto empecé a hablar para mí mismo, señal de que aquello era distinto. Me dije, “me voy a venir un par de días, mejor cuatro, para sentarme y catar y preguntar»

Pero a lo que iba. Todo dispuesto y allí estábamos los catadores –locales y de otras islas– y los colegas periodistas Federico Oldenburg y Antonio Casado. Ahí, ante las copas servidas y sus respectivos códigos: afinando la concentración para las fases (visual, olfativa, gustativa). Eran 22 elaboraciones, presentadas en cuatro categorías (blancos jóvenes secos; blancos semidulces y semisecos; tintos jóvenes; y dulces y licorosos, de la que saldría el Mejor Vino de El Hierro, Bodega HM Las Vetas).

Pronto empecé a hablar para mí mismo, señal de que aquello era distinto. Comenté alguna peculiaridad con un compañero de al lado. Oldenburg se removía en su asiento. Esto era diferente, a fe que lo era.

Me dije, “me voy a venir un par de días, mejor cuatro, pero con cuaderno de viaje y páginas en blanco para apuntarlo todo”. Para sentarme y catar, y catar, y preguntar, por qué este matiz en nariz, porqué este comportamiento en boca, qué conforma esa paleta cromática en los dulces, o qué es la magia que le echan a ese baboso blanco, o a ese verijadiego…

Entendí algunas cosas con la visita a varias fincas: su viña perfectamente preparada y ordenada en un contexto canario, pero que podría ser céltico o del filme ‘El señor de los Anillos’

Entendí algunas cosas con la visita a varias fincas, acompañados por Alejandro Carlos Déniz Betancor, presidente del Consejo Regulador de la Denominación de Origen de Vinos de El Hierro, y de Juanjo, un viticultor de la zona: su viña perfectamente preparada y ordenada en un contexto canario –pero que podría ser céltico o del filme El señor de los Anillos–. Un trago de un vino de pata –ya había flipado con un vino de solera que me había ofrecido hace unas semanas el “morineador” local Darvin–. ¡Chaaaaaaas!

Algunos que parecen más comerciales casaron a la perfección con la cena en La Posada –asentían Federico y Antonio–, en los contrastes de un blanco a estupenda temperatura con una sartenada de lapas –o dos–; una vieja guisada talludita, incluso un conejo frito estupendo.

He de decir que persistía el encanto de la cata. Escuché a la doctora Fort durante la conferencia (“Ustedes tienen una riqueza varietal inimaginable”) aún con mis impresiones de la cata latentes (me vengo, que me vengo a patear y a sentarme, a llenar el cuaderno de jeroglíficos y a comprender). Estamos desconociendo todo esto e instituciones como las universidades, la citada de Tarragona y La Laguna, le dan visibilidad a un mundo que ahora es sorpresa pero que tiene una labor por desarrollar.

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